En las décadas de los sesenta, setenta y parte de los ochenta, la actividad política y la lucha por el poder (14J-1959-Manaclas-1963), en nuestro país, tenía un basamento ideológico-doctrinario que orientaba y daba sustento, y hasta cierta forma, brillo y rigor al debate político, pues, mas allá de represiones, crímenes y persecuciones políticas-ideológicas que caracterizó el bonapartismo balaguerista (1966-78-herencia-secuela de la dictadura trujillista-), se debatían ideas orgánicas-programáticas y los paradigmas ideológicos-filosóficos eran portaestandartes de una época si se quiere romántica.
Al fragor de esos debates, luchas-subversivas, desembarco-guerrillero (Caamaño-1973) y arrojo -cuyos epicentros eran: la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y los partidos derecha-izquierdas-, se enarbolaban los mas disímiles discursos políticos-ideológicos-
Tal ocurre hoy día con el ya manido-tema de las primarias: abiertas o cerradas; y el discurso -político-publico- que subyace en los defensores de ambas modalidades, que ha tomado, como justificación básica, dos principios: el primero, taxativo-constitucional (que las primarias abiertas contraviene nuestra Carta Magna, pues no garantizan “…el respeto a la democracia interna…” (pero, ¿desde cuándo no se celebran procesos eleccionarios internos-universales?); y el segundo, un principio democrático-ciudadano (que las primarias cerradas no fomentan más democracia en los procesos internos de los partidos, pues no abren el abanico -democrático-participativo- para que los ciudadanos inscriptos en el padrón universal de la JCE puedan participar y decidir en las elecciones a puestos de elección popular, ya que en esas organizaciones no hay padrones confiables ni árbitros imparciales –pero, ¿acaso un nuevo hallazgo?-). Ambas posturas, defendidas-escritas por los actores políticos -post-Bosch-Balaguer-Peña-
Sin embargo, defensores de una u otra modalidad de primarias, bien recrea el “irse por la tangente”, pues se habla de “democracia” pero no se practica; por lo tanto, el déficits de democracia interna no desaparecerá con una ley de partidos focalizada en primarias -con padrón de la JCE o no- para elegir candidatos a posiciones de elección popular, pues las cúpulas-líderes seguirán detentando el control de las organizaciones políticas, en tanto su permanencia -cuasi vitalicia- sin refrendación eleccionaria. En consecuencia, se hace necesario que la nueva ley de partidos consigne-resuelva, también, esa prevalencia (política-partidaria-interna) anómala-antidemocrática.

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