El calificativo de leviatán le vino al Gobierno por su condición de entidad supra que en cualquier país administra el Estado y, por consiguiente, está por encima de todos los ciudadanos, ya sea para protegerlos o para oprimirlos.
Se hace así un símil con aquel monstruo que en muchos pasajes de la Biblia y en la literatura universal figura de muchas maneras. John Milton en «El paraíso perdido», lo describe como un monstruo que habitaba en el mar de Noruega y cuyas dimensiones eran tan colosales que los pescadores acampaban sobre él confundiéndole con una isla.
La Biblia y los escritores dieron vida a un espécimen singular que no podía existir en ningún mar, océano o tierra firme, sólo en la imaginación.
Con la natural excepción de la República Dominicana, donde no sólo existe un Leviatán que, contrario a la lógica, no es el Gobierno sino los sindicatos del transporte de pasajeros y de cargas, vinculados de alguna forma por conductos antisociales, sobre los cuales acampan las autoridades, pues el monstruo es más poderoso que ellas.
Los leviatánicos Juan Hubieres, Antonio Marte, el otro Marte del Cibao, Blas Peralta—antes de que la soberbia le moviera el índice hasta el gatillo de una pistola con la que mató a Mateo Aquino Febrillet y recibiera 30 años en las costillas—y así por el estilo en un etcétera que cubre al país de deshonra.
Estos dueños de la libertad de movimiento de empleados y trabajadores y estudiantes y amas de casa y pobres diablos en general, se arrogan el derecho de decidir todo alrededor de un servicio cuya prestación están entre las obligaciones del Estado y se cumple rigurosamente en todas partes…menos en la República Dominicana.
Y lo hacen porque están seguros—segurísimos—de que el Gobierno no moverá una paja para meterlos en cintura, ya que desde hace décadas las instituciones nacionales se arrodillan ante tanto poder.
Un botón: un día a estos leviatanes se les ocurre abrir una ruta de carros, guaguas, motores y hasta camiones atravesando un sector residencial, creando caos, degradando el entorno, deprimiendo las propiedades, en fin, haciendo de la vida allí una mierda. ¿Y qué sucede? Sorpresa: las autoridades oficializan la ruta, es decir, todo el desastre.
Y la gente que ha dejado sus ahorros en una vivienda porque pensó que siempre sería un sector tranquilo, de repente se encuentran que su inversión se fue al carajo porque nadie querrá comprar en un entorno donde decenas de hombres discuten día y noche, se orinan a la vista de mujeres y niñas, arman trifulcas, o sea, el infierno. ¡Por favor hagan algo, lo que sea, sin miedo!

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