El amor por Puerto Rico grandioso y eterno

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María  no fue solidaria con Puerto Rico y otras Islas. He dicho que Puerto Rico es el escudo para Dominicana porque si no estuviera allí la gran desgracia fuera la República Dominicana.

He visto lo solidario con la isla de Lola Rodríguez Tío, de Luis Palé Matos, de aquellos poetas líricos y artistas que le dieron a esa isla grandeza. De escuchar a José Feliciano repicar con su repicar la soledad de su pueblo con su Qué será. El pueblo que se solidariza Dios le cuadruplica esas bendiciones.

De Recordar al doctor Betances aquel luchador y cómplice de la Sangre de Santa Águeda, a Roberto Clemente Wolker y a tantos grandiosos de la isla del Encanto. ¿Qué será de Puerto Rico que es el Centinela de la Frontera a favor dominicano?

Porque cuando los huracanes vienen directo a la tierra de Duarte, la isla de Borinquén como escudo grandioso se pone enhiesta recordando al Luis Muñoz Marín de todos los tiempos, para ellos sobrellevar los embates que los dominicanos deberían sufrir. ¡Qué grandiosidad la de esa Isla que tiene la nobleza de defendernos sin esperar nada! ¡Dios es misericordioso!

Tras la destrucción de la Isla por una tragedia natural seguimos pensando que el Cielo, lo llevamos dentro de nosotros mismos, y hay horas en que todos los soles del Universo no alcanzan a romper el Abismo de Tinieblas que hay en Puerto Rico y en nuestra alma, y aparentemente, lo ahoga todo, y ciega, y nos hace perder la visión de los mundos de los cielos, de los hombres y de los dioses. Atentos a nuestro propio dolor, no sabemos ver nada fuera de él… Felices aquellos que alcanzan a ver a Dios a través del velo de sus lágrimas.

Puerto Rico se levanta, porque el corazón de los hombres es bendecido por Dios y nunca se nos olvida que hay un capitán que a dicho: «… He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.» A muchos se les olvidó que Jesucristo es el Señor del Pánico. ¡Puerto Rico está en pie de lucha y de pie agradecido!

En la soledad de Puerto Rico nueva vez se ha revelado su propia grandeza. ¡Y qué grandeza! A los hermanos puertorriqueños que no se olviden que en todos los países se cuecen habas. Que hay muchos abogados de apellido Candelaria y siempre debemos tener presentes, para explicar, que no para justificar, es que estamos frente a unos individuos desvalidos, hostigados por el flagelo de la envidia y el encono y quizás preñados de unos millones de miseria, cegados por la ignorancia y el analfabetismo delirante, urgidos hasta la agonía por necesidades vitales y tratar de hacer vial su propia desvergüenza.

Les recordamos a los hermanos puertorriqueños que el heroísmo no es una proeza común. Y porque el héroe es el que se crea deberes excepcionales, inéditos, hay que ser indulgentes para con aquel que no sintiéndose labrado con sangre de mártir, desfallece, se abate y cae. Así han caído abatidos ante el descrédito mundial estos mercenarios y agoreros de tratar de denigrar la grandeza de Puerto Rico que ha sido tan generosa con los dominicanos.

¿No hay entonces remedios para nuestros males? ¿No hay remedios para las tragedias naturales? ¿Vamos a abandonarnos al fatalismo de la desesperación? ¿Es tan dilemática la situación que no nos quede otro camino que sujetar la cerviz del insulto al yugo natural de esta hecatombe?

No comparto los insultos a los hermanos puertorriqueños ni el parecer invertebrado del abogado ciudadano Candelaria, porque deja mucho que decir de sus propias frustraciones abrazándose de una bandera que no solo a él le pertenecen.

Uno de los buenos poetas que parió Puerto Rico, Luis Pales Matos nos recuerda: «Meriendan con mi canto los perros del camino,/ mientras voy, misionero de un ideal divino, / alumbrando mis noches con un rayo de amor.»

El huracán María no dejó ni el recuerdo del poeta en aquellos famosos versos de «La búsqueda asesina», «La emigración de los gitanos», «La soledad» y «Lagarto verde.» Pero sí las fauces pestilentes que como un reptil balbuceaba un candelabro llamado Candelaria. Al afamado jurisconsulto se le olvidó que pecan los pueblos cuando se azuzan el odio, y cuando olvidan el honor. No borró de su mente que sólo desdeña a los demás quien al conocimiento de sí halla razón para desdeñarse a si propio.

Candelaria no desdeñó a Puerto Rico se desdeñó él mismo. Sé que con esto no te convencerás, porque ya el libro de Eclesiastés lo dice: « Nunca se harta el ojo de ver, ni el oído de oír.»

Nuestro ciudadano Candelaria está repleto de odio y, ¡señores aunque usted no lo crea!, el odio produce temor, y del temor se pasa a la ofensa.

JPM

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