En una sociedad donde la mentira se ha vuelto rutina, donde el disfraz sustituye la esencia y la conveniencia se impone sobre la ética, decir la verdad ha dejado de ser un acto simple para convertirse en una posición incómoda, solitaria y muchas veces peligrosa. No es que la verdad sea dañina. Es que desnuda, expone, sacude y obliga a mirar de frente lo que muchos prefieren ignorar por comodidad, complicidad o miedo. La verdad no pide permiso ni se arrodilla ante intereses; llega, irrumpe y rompe estructuras construidas sobre la falsedad.
Hoy, quien dice la verdad paga un precio. Se le ataca, se le desacredita, se le aísla, se agrede, se atenta contra su integridad física y moral, se activan maquinarias de difamación, se fabrican narrativas para confundir y se intenta convertir al mensajero en el problema, cuando el verdadero inconveniente es aquello que se denuncia. Es la vieja estrategia: matar la credibilidad para que la verdad pierda fuerza.
Hay algo que no han podido entender quienes viven del engaño: la verdad puede ser incómoda, pero es indestructible. Puede ser silenciada momentáneamente, pero siempre encuentra la forma de salir a flote. Porque la verdad no depende de mayorías, tendencias ni campañas; depende de hechos.
Lo más preocupante no es que existan mentirosos, eso ha sido parte de la historia de la humanidad, lo verdaderamente alarmante es cuando una sociedad empieza a normalizar la mentira, a tolerarla y convivir con ella como si fuera parte natural del sistema. Ahí es donde se pierde el rumbo, se debilitan las instituciones y la justicia comienza a tambalear.
Y es precisamente en ese punto donde el rol del periodista cobra mayor relevancia. No estamos para agradar, para encajar ni para ser voceros del poder. Estamos para incomodar cuando sea necesario, cuestionar cuando corresponda y decir lo que otros callan sin mordaza, aunque eso tenga consecuencias.
Porque callar ante la mentira también es una forma de participar en ella. La verdad no necesita aplausos, necesita valentía. Y en estos tiempos, decirla no es solo un deber profesional… es un compromiso moral con una sociedad que merece despertar.
jpm-am


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