Alejandro  Magno: Sus reflexiones del tiempo

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El AUTOR es escritor. Reside en Nueva York.
Hoy en día,  los seres humanos vivimos sumergidos en un mundo tan intenso,  problemático, acelerado y arropado por diversidad de factores emocionales, que  nos dejan con   poco margen para  la meditación,  la introspección y profundizar en las cosas que no son tangibles, pero que tienen una gran incidencia en nuestras vidas.
   Una de ellas y hasta ahora no definida con exactiud  lo es el tiempo,  el  que discurre inexorablemente en todos los aspectos de la existencia de los seres vivos e inanimados. Sobre este particular, un hombre dotado de una vasta cultura como lo fue Aurelius Augustinus de Hipona ( llamado por la Iglesia Católica San Agustín), dijo en torno a la definición del tiempo lo siguiente:  “Qué es el tiempo?, si nadie me lo pregunta lo se. Pero si quiero explicarlo a quien me lo pregunta no lo se”. 
   Como podemos ver en estas palabras de este docto del conocimiento, definir lo que es el tiempo, le ha sustraído  el sueño a una diversidad de filósofos, de expertos matemáticos y de notables físicos. Todavía no podemos presentar un concepto exacto del mismo, pero tenemos una conciencia clara y definida de su existencia en el discurrir de nuestras vidas como seres humanos.
   No obstante de todas estas consideraciones filosóficas  y lo complicado de encajar en una acepción, hubo alguien que quiso darle una explicación sencilla, pero con un gran significado y de una verdad irrefutable, en torno al tiempo que pasa en la vida de todo ente humano desde que nace hasta su último hálito de vida: Alejandro Magno. Veamos:
Sinopsis : Alejandro Magno 
 
   Alejandro Magno no sólo fue un Rey de Macedonia, sino que a lo largo de su corta existencia fue un virtuoso en el arte de la guerra, lo cual le permitió cosechar grandes éxitos y cuyas conquistas militares se explayaron desde la Grecia Antigua, Egipto,  hasta llegar a la India,  lo cual dio inicio al espacio que en la historia se conoce como el período helenístico de la Antiguedad.
   Su “padre” lo fue el  Rey Filipo  II de Macedonia  y  su madre  Olimpia, quien era hija de Neoptólemo  I de Epiro.  El Rey siempre mostró un especial interés en dotar a su hijo Alejandro de los conocimientos militares y culturales, a fin de que éste siguiera su legado en Grecia y en los pueblos conquistados. En tal virtud,  lo educó con los mejores poetas y músicos de la época.  Dicen los historiadores que años más tarde, el propio Alejandro Magno se enteró que su verdadero padre no era el Rey Filipo II,  sino que su existencia fue fruto de una relación extramatrimonial de su madre Olimpia con el Faraón egipcio Nectanebo.
   Su  amplia educación fue forjada por varios hombres sabios en la Grecia Antigua, entre los cuales podemos citar a Leónidas, un maestro macedonio que forjó su cuerpo y espíritu; Lisimaco,  un educador de las letras,  que lo condujo a la admiración a los poemas de Homero y su Ilíada,   hacia Heródoto y su narración del pasado y de igual manera, su admiración hacia los líricos versos de Píndaro y, como si esto no fuera suficiente, siendo aún un niño de apenas trece años,  estuvo bajo la tutela educativa también por un lustro con el filósofo Aristóteles en el fascinante mundo de la ciencia y la filosofía.
   A sus 22 años, dio paso a una espiga que tenía en su corazón contra el imperio persa, por éste haber masacrado por mucho tiempo a Grecia y entonces fue así que su época de gloria se dio inicio en el año 334, cuando cruzó el Helesponto hacia el Asia Menor y venció al Rey Darío en las batallas de  Isso, Gránicos, Puerta Persa y Gaugamela. Destruyó a un ejército diez veces superior tanto en hombres como en armas y a partir de entonces, sus triunfos fueron extensos y continuos. Conquistó a Irán, Turquía, Siria, Egipto, Pakistán, Afganistán y la  India. Sus logros militares y sus victorias, dio paso al comercio con el Oriente.  De una manera misteriosa,  dejó  de existir a los 33 años.
Alejandro Magno y el tiempo
   Cuando Alejandro Magno estaba en los últimos estertores de su existencia y postrado en una cama de donde no se levantaría nunca más, convocó a sus generales más cercanos y les manifestó sus tres últimos deseos después de su partida. Estos fueron los siguientes:
 1ro.) Que su ataúd fuera llevado en hombros y transportado por los mejores médicos de la época;
 2do.) Que los tesoros que había conquistado: plata, oro, piedras preciosas y demás, fueran esparcidos por el camino hacia su tumba; y
 3ro.) Que sus manos quedaran balanceándose en el aire fuera del ataúd y a la vista de todos.
   Al escuchar este extraño pedido del Rey,  uno de sus generales sorprendido le preguntó: “Cuáles era los motivos de esta peculiar solicitud”,  a lo que el soberano le explicó:
  1ro.) Quiero que los médicos más importantes carguen mi ataúd, para así mostrarle que ante la muerte ellos no tienen el poder de curar;
 
  2do.) Quiero que el suelo sea cubierto con mis tesoros, para que todos vean que todos los bienes aquí conquistados, aquí permanecen; y
 
   3ro.)  Quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que venimos con las manos vacías y con las manos vacías partimos, cuando se nos terminas el más valioso tesoro que es el tiempo.
 
   En efecto, los seres humanos viven sumergidos en una búsqueda insaciable de riquezas, reconocimientos, tesoros, lujos, pero cuando llega la hora de la partida hacia el encuentro con El Supremo, nos damos cuenta de que todo lo dejamos y no aquilatamos en su real dimensión el tesoro más importante: el tiempo. El ser humano puede tener la virtud de producir a lo largo de su vida más dinero y comodidades, pero jamás más tiempo del que dispone.
   Cuando le dedicamos tiempo a una persona o cosa, les estamos entregando una parte esencial de nuestras vidas que jamás podremos recuperar. Y es que, nuestro tiempo es nuestra propia existencia y ese es el mejor obsequio que le podemos brindar a alguien y siempre en primer orden, se le debe dar a la familia y a nuestros verdaderos amigos.
   Con justa razón fue que el célebre jesuita y escritor español  del llamado Siglo de Oro,  Baltasar Gracían y Morales, autor de la obra insigne “El Criticón”, dijo:
   “Lo único que realmente nos pertenece es el tiempo. Incluso  aquel que nada tiene lo posee”.

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