A 73 años de la muerte del cantante nacional Eduardo Brito

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“Mientras haya un cantor, mientras se oiga una canción, tu vivirás en el alma del pueblo dominicano”. Así se expresó el poeta Héctor J. Díaz en una tarjeta póstuma a una de las voces más sobresalientes de toda nuestra América: Eduardo (Eleuterio) Brito, quien falleció el 5 de enero de 1946, y por pura coincidencia, nace el 21 del mismo mes de enero de 1905, en la comunidad de Luperón, provincia Puerto Plata. Fueron sus padres Julián Álvarez y Liboria  Aragonez,  pero, a nivel nacional e internacional, adquirió el nombre artístico de Eduardo Brito.

Debido a las limitaciones económicas de sus padres, Brito se vio obligado a realizar diversos trabajos desde su niñez, como fueron vendedor de dulces, mandadero, aprendiz de boxeador, pero su capacidad para cantar le abrió otras vías, cuando vivía en Santiago y era limpiabotas en el parque Duarte, de la ciudad cibaeña. Y en San Pedro de Macorís,  trabajó como estibador.

En esa ciudad oriental conoció al polifacético músico higüeyano Niño Durán (Racayú), tío de los hermanos Anis Caly (Niño), Waldo (Titico) y Pelagio Durán, figuras destacadas de la sociedad de Higüey.

Brito pudo expresar  su talento para el canto gracias a una excepcional voz cargada de coloraciones, que le permitió interpretar y triunfar como cantante de ópera, de zarzuela y de música popular, cuyas presentaciones fueron todo un éxito en centros de prestigio de Nueva York, La Habana y Europa.

Consumado ya como artista famoso, a principios de la década de los años 40, regresa a Santiago y actúa en la emisora HI5B,  donde  cautivó al público con la interpretación  de los temas musicales “Lamento Esclavo”, “Los Gavilanes” “Mi vida es Cantar” y “La Mulatona”, esta última de la autoría de Piro Valerio, composiciones que tuvo que repetir a petición del público dos y tres veces.

El éxito de estas actuaciones se vio empañado con unas inoportunas declaraciones de Brito, relacionados con el régimen de Rafael L. Trujillo.

EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.

Según narra Jesús Torres Tejeda en su libro “Fichero Artístico Dominicano”,  pronunció esta frase: “Este país se está quedando atrás… muy atrás. Es hora de que Trujillo haga alto. Trujillo tiene que abrir las puertas del país”.

Se cuenta que en otra ocasión,  en una transmisión donde cantaba, Brito interrumpió su actuación y en el aire dijo: “No, porque esta situación esta  mala. Trujillo gobierna muy mal… la gente vive muy pobre”. La transmisión, que se producía por HIN, fue interrumpida sacando la emisora del aire.

Como Elena, una hermana del barítono, estaba casada con el general del Ejército Juan Esteban Pérez Guillén, (Fue jefe del E.N en uno de los gobiernos de Balaguer), se hicieron diligencias para referirlo a Canadá, donde la siquiatría  estaba muy avanzada, pero él se opuso, alegando que lo querían matar. Su delirio de persecución era muy avanzado. El Dr. Eduardo Záiter diagnosticó: “Eduardo Brito tenía sífilis, cerebral, la cual le producía trastornos nerviosos, delirio de megalomanía”.

En los primeros años de la década de los  40 le inyectaban bismuto. A veces actuaba de manera racional, pero, desgraciadamente, su voz no respondía.

Fue internado en la mazmorra de Nigua (manicomio), en el kilómetro 28 de la autopista Duarte. En horas de la mañana del día 5 de enero de 1946, se  escuchó una cavernaria que decía: “Virgen de La Altagracia”… y más adelante, una serie de palabras disparatadas dichas con un sonoro balbuceo. Uno de los barrenderos del centro gritó a voz en cuello: “¡Murió Brito, ya salimos de ese locazo!”

Que el recuerdo de Brito permanezca fresco; que su gloria de cantante y ciudadano sea mantenida a la altura de sus merecimientos, generación tras generación. Que Dios lo tenga en su regazo!

wj/am

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