Crimen organizado o narco política (I)
De entrada, la criminalidad organizada no es, ni mucho menos, un fenómeno de nuestros días. Su secuela en la historia social y política de muchos países ha sido ciertamente recóndita, en ciertos casos con resultados que se alargan hasta su realidad actual.
Pero el crimen organizado es igualmente una traba de despótica y espinosa actualidad a nivel tanto nacional como internacional. No obstante durante buena parte del siglo XX se entendió propio de algunos países, una variedad de particularidad cultural, esta idea inició a pasar de un extremo a otro ágilmente en los últimos años del referido siglo.
Pronto, colectividades que habían coexistido extrañas al desuso comenzaron a sufrir probadas sacudidas sociales y políticas incitadas por una nueva y eficaz clase criminal organizada que combinaba miles de millones de dólares ante la impotencia del Estado. El apogeo de los negocios de narcotráfico en Colombia y otros países Latinoamericanos fue una primera señal de alarma, con amplias repercusiones internacionales.
Tras el síncope soviético y la desunión de la antigua Yugoslavia, salieron escenas o acoplaron mayor fuerza lo que unos se activaron a denominar como las “mafias del Este”. Al mismo tiempo, las noticias originarias de África y Asia afines de la criminalidad organizada fueron aumentando. Y al final, todos los países (también nosotros) entablaron a registrar la progresiva presencia del crimen organizado.
Hasta llegar al momento presente, en el que la delincuencia organizada domina casi a diario una o varias páginas de los periódicos, unas veces en la sección sucesos, y otras en las de información nacional e internacional.
Desde hace años entidades internacionales como Naciones Unidas advierten sobre la ocurrencia de una criminalidad organizada transnacional apta de poner en peligro la economía y la seguridad de no pocos países del mundo.
Como si fuera poco, la Estrategia de Seguridad Europea, elaborada bajo la dirección del político español Javier Solana, advertía sobre la posibilidad de futuras conexiones entre el crimen organizado y las otras cuatro amenazas como: el terrorismo internacional, la proliferación de armas de destrucción masiva, los conflictos armados regionales y el incremento de Estados fallidos.
La criminalidad organizada establece un remedio más de la situación de muchas sociedades y uno de los varios poderes que determinan el rumbo de la economía y la política mundial en el siglo XXI. Si curiosearamos a un mafioso siciliano por la mafia, ciertamente nos diría que no existe o que su realidad es muy diferente de la que la gente imagina.
Si pidiéramos a un grupo de juristas, criminólogos y profesionales de la seguridad que nos expliquen en pocas palabras qué es el crimen organizado, seguramente, en vez de recibir una magnífica contestación, se nos brindará un múltiple ramillete y alguna que otra muestra de recelo, parecido a la del mafioso que niega la existencia de la mafia, aunque en este caso la duda sería quitarse la máscara.
Si inquirimos, por último, las definiciones de crimen organizado incluidas en categorizaciones forenses y otros instrumentos de organismos oficiales, volveríamos a tropezar con cierta incertidumbre conceptual y con apreciaciones distintas respecto de la gravedad o categoría de este flagelo.
Por ejemplo, la corrupción de empleados públicos y garantes políticos mediante sobornos, regalos y pagos reiterados es el principal hábito al que acude el crimen organizado para resguardar y escudar de los muchos organismos públicos y estatales (policiales, judiciales y políticos).
La corrupción se esgrime además con soluciones estrictamente bancarias, como un fragmentado para descargar coyunturas de negocio concernientes con el despotismo de entidades y la devastación de fortunas gubernamentales.
Las formaciones criminales suelen esgrimir también el crimen con diversos fines, principiando por la protección y defensa contra las autoridades (sobre todo cuando falla la corrupción es necesario evitar un apresamiento).
JPM

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