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Un día cualquiera Dulce Corporán llegó a su casa descalza. Había regalado sus zapatos a una que no tenía, ella tenía más en su armario siempre abierto a ayudar y al amor por los demás.
Dulce Corporán fue mí madre, la más madre de todas, porque era un torrente de amor de profunda fe en aquel divino Rabit de Galilea que nos mando a dar y perdonar por encima de todo.
Hoy la recuerdo, y la recuerdan muchas personas, cientos quizás, porque no podía dar más de lo que dio, hasta dando el pan de la enseñanza, vistiendo al desnudo, dando de comer al hambriento y enseñando a los suyos, como su hermano Rafael Corporán de los Santos, que hay más placer en dar que en recibir.
Así era mí madre, que nació para el mundo un 10 de septiembre en el otoño del 1935, perfumada flor que se le olvido a la primavera, y fue a morar con Dios el 28 de marzo del 2002. Una flor que iba al cielo como el primer regalo al Padre de los cielos de esa nueva primavera.
En el amor a mí madre descansa mí fe y mi alegría.
En el amor a mí madre va todo mí amor para todas las madres, la de mis hijos y todas bendita presencia de Dios en nuestras vidas!
sp/am
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