Dos libros –“Civilización Occidente, y el resto” y “El fin del poder”– de Niall Ferguson y Moisés Naím, respectivamente, rastrean, con excesiva meticulosidad -científica-metodológica- y dato enciclopédico, los hilos históricos-fácticos del desarrollo socio-histórico-cultural de las diferentes civilizaciones -con énfasis en la que resultó hegemónica: Occidente- y la historia especifica de la evolución factual del poder en sus secuenciales estadios históricos hasta su “degradación” y fragmentación geopolítica.
De suerte que el primero (Civilización occidente y el resto), resulta una espantosa y monumental historia universal que, sintetiza y descodifica, con apego al dato histórico o, la hipótesis documental, las claves o razones históricas-explicativas del por qué de la hegemonía de Occidente, a pesar del avance de los emergentes (China, India, concretamente) y el rezago o desaparición de otras civilizaciones; mientras que, el segundo (El fin del poder), esboza la ruta histórica que ha recorrido –con ejemplos irrefutables- el poder, entendido como categoría socio-histórico-política, y la “degradación” –o descentralización-fragmentació
Pero, independientemente de su obligada lectura, ¿qué aspectos o qué fenómenos -desde la doble perspectiva de la “Nueva Geopolítica” de Michael Klare y la democracia “refrendaria” de Giovanni Sartori- ponen sobre el tapete estos dos textos-ensayos de indiscutible pertinencia y actualidad política-pedagógica?
Se me ocurre –sin apelar a Robert Green- aproximarme tangencialmente a un tema crucial que nuestra clase política –excesivamente “extractiva”-, sus “aparatos” y los “poderes fácticos” -atrapados en la dinámica de una acumulación rápida de capital o de supervivencia a costa de retrasos institucionales- ni siquiera otea, al margen de preocupaciones políticas-coyunturales o de utilidad mediática: el fenómeno migratorio global, sus desafíos socioculturales y sus bemoles de no pensarse en el ámbito-perspectiva de pequeños países insulares que, como el nuestro, están obligados –estratégicamente- a replantearse, a corto y a largo plazo, no solo desde su sostenibilidad socioeconómica, sino también, desde su sostenibilidad histórica-cultural-medioambien
Porque el pensar y organizar un país no es tarea de un líder o de varios –por más proverbiales y visionarios que sean-, sino también del conjunto de voluntades, ideas y pluralidad que en el marco de una institucionalidad democrática se pongan de acuerdo para avanzar una agenda-país.
Hace falta pues, que los poderes públicos, nuestra clase política, sociedad-organizada y élite pensante, no prejuiciada, comiencen a pensar el país desde la perspectiva de estos enfoques de Ferguson, Sartori y Naím sin que suene a recetas, a nacionalismo-desfasado, o peor, y por inercia, a pendejismo imperdonable.


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