Mañana puede ser muy tarde

Es algo que todos sabemos, por repetido. Lo decían los mayores, “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”, y no se referían solo a los oficios domésticos o a otro tipo de tarea, sino a algo más abarcador y trascendente, aprendido de su experiencia de largos años lidiando con dolores y alegrías, amores y desamores. “La vida es hoy”, también nos dicen, pero no alcanzamos a abarcar todo el sentido de esta oración como si la realidad fuera que no hay manera de que uno “aprenda en cabeza ajena”, sino mas bien viviendo cada quien lo que le toca, sin poder escaparse de su propio destino. En esta primera visita mía a la Florida, desde que regresé a Santo Domingo con las cenizas de mi hija entre mis brazos, me reencontré con un amigo de la infancia a quien no veía desde hacia poco mas de un año. Ambos nos debíamos un abrazo de condolencia: el de él, por la partida de su madre y el mío, por la de mi hija. De entrada me contó lo mal que aún se sentía; me agradeció los correos que le compartía de todo lo que a mi me llegaba relacionado con el duelo, la muerte y demás reflexiones de fe que tan generosamente me envían mis parientes y amigos. Pero de nada le han valido, me ha dicho, porque su pena es doblemente grande ya que al dolor de la partida, se une el de sus remordimientos. Me cuenta que su madre vino a pasarse con él unos meses, que resultaron ser los últimos de su vida; quizás para cumplir el deseo de morir en los brazos del único hijo que le quedaba pues el otro lo había perdido en la “guerra de abril”; y éste, mi amigo, sobrevivió porque se fue del país antes de que se completara “la limpieza” ordenada por los gringos, tras la contienda civil. (A propósito, a mi amigo le apodaron “gringo” y también “Kennedy”, por su gran parecido con el malogrado presidente norteamericano). Pues bien, mi amigo se lamenta de que cuando iba a Santo Domingo pasaba más tiempo en la calle y en la playa con los amigos y visitando a otros familiares, que con su propia madre. “Debí traérmela a vivir conmigo, pude hacerlo y no lo hice”; y así, mil quejas contra si mismo por lo que, según él, pudo haber hecho y no hizo. Traté de consolarlo como mejor podía — la plática fue larga– rebuscando en mi propia experiencia de estos diecisiete meses de duelo. Le dije que ese sentido de culpa es propio del proceso de una pérdida; que las madres no llevamos esas cuentas y que ella disfrutaba viéndolo en ese compartir pues sabia cuan duro trabajaba él aquí; también, que ella quiso mantenerle su nido en Santo Domingo precisamente para que él tuviera adonde llegar y no perdiera sus raíces. Recuerdo que en una ocasión, cuando mi hija estaba presta a dar a luz a la que seria su única hija, tome una licencia en el trabajo y vine a pasarme con ella un mes que se me fue volando. Regresé con el corazón partido pues entendía que mi lugar estaba al lado de mi hija y mi nieta. Pero el deber me exigía regresar al trabajo donde dirigía un departamento de Relaciones Publicas y no podía faltar por mas tiempo. Eso al menos creía en ese momento. Hoy se que nadie es imprescindible en ningún trabajo y que para todo hay una solución, menos para la muerte. Lo que mas consoló al Gringo, –según me dijo luego–, fue que yo le recordara que Dios le dejó a su madre durante 82 años en los que ella pudo ver crecer a sus nietos, y que él siempre la sustento económicamente; en tanto que otros no tienen igual suerte. Les recordé mis propias pérdidas, la corta edad que tenían mis parientes y las penosas circunstancias en que ocurrieron; pues sé, por experiencia propia, que en estos casos escuchamos mejor a los que ya han pasado por situaciones semejantes o, al menos, parecidas a las nuestras. Esto lo cuento con la anuencia del Gringo, para algún lector que necesite acercarse mas a los suyos; para el que necesite perdonar, y dar ahora y no después, todo el amor que guarda en su corazón. Para que no viva para trabajar sino que trabaje para vivir. En fin, amigo lector, para que tome la vida con mas calma porque al final todo se queda, y cuando ese final llega,– muchas veces sin aviso–no respeta edad ni circunstancias. Para que construya, hoy y ahora, los felices recuerdos que dejara en sus hijos y demás parientes. Aunque lo que no le dije al “Gringo” fue que si yo tuviera otra oportunidad de empezar de nuevo, no me habría perdido ni un solo minuto al lado de mi hija y que, al menos, en aquella ocasión, habría mandado al carajo el empleo y disfrutado mas del nacimiento de mi nieta y de la felicidad de mi hija por su maternidad; esa bendición de Dios en la vida de toda mujer. Aún así, hoy atesoro y doy gracias a Dios por todos mis años junto a ella y por tantos recuerdos felices de nuestro amor compartido. También, por todo lo aprendido y lo que aún me falta por aprender de esta irreparable pérdida. Por mis adorados hijos y mi nieta, por mi familia toda y mis amistades que son también como familia. Y por igual, no pierdo la oportunidad de estar, de la forma que sea, mas cercana a los míos; dando y recibiendo amor y afectos; porque al final, es lo único que cuenta; lo único que queda, porque el amor nunca, nunca muere. elsapenanadal@hotmail.com

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