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Por años he seguido –sin ni siquiera conocerlo- su trayectoria profesional, su vida pública, su incansable e inclaudicable lucha social y política, su irrenunciable convicción política-ideológica, su inconmensurable condición humana, sus indignaciones ante las inconductas cívicas, su alto sentido de la amistad, su desprecio y repugnancia por la maledicencia, las injusticias, las intrigas, las deslealtades, la falta de principio, de decoro y vergüenza; pero, sobre todo, he seguido su calvario ante el dolor y, de cómo, en medio del sufrimiento, de los ataques y tentativas más abominables y perversas, ha sabido perdonar y elevarse, por encima incluso del que ha tentado contra la vida de uno de los suyos, solamente aferrándose a la justicia divina, sin dejar, eso sí, de clamarla, exigirla y demandarla –aquí en la tierra- con espíritu espartano, insistencia, mesura y determinación indeclinable.
Y no lo niego, muchas veces me he preguntado: ¿de qué está hecho este hombre?, pues unas veces se nos proyecta como un monje tibetano; otras como un revolucionario; una mas como el mas magnánimo de los hombres; y unas últimas, como un profeta que quiere encarrilar –con su impronta publica-ética- ovejas hacia un rebaño de fe y esperanza. Fe y esperanza en una Patria Nueva; pero, como ha dicho sin “venganza”.
Pero más que esas preguntas de orden ético-humana-filosófica, me he preguntado: ¿Por qué no hemos tenido en él al juez, al fiscal, al procurador, o tan sólo, al consejero seguro y confiable que guie algunas acciones-decisiones definitorias hacia el camino de lograr un régimen de justicia que trascienda lo mínimamente justo y garantista en igualdad para todos? ¿A caso –alguna vez-, le habrán hecho la oferta? ¿Se habrá negado? O simplemente, nadie ha osado llamarlo y poner en su íntima decisión asumir semejante empresa.
Me temo que, quizás sí, quizás no, y que, aunque contradiga el viejo refrán, en su caso, una golondrina sí haría verano. Estoy segurísimo.
Y aunque soy un tozudo convencido de que son las instituciones, y no los hombres y sus circunstancias, las que deben prevalecer y arraigarse en toda sociedad, hay veces que, en la historia de los pueblos, algunos hombres son como instituciones. El Dr. Ramón Antonio –Negro- Veras, a todas luces –y sin discusión-, es uno de ellos. Y no hay que ponerse espejuelo para verlo y aquilatarlo. Está ahí, frente a nosotros: incólume e inquebrantable.
Antes de terminar, quiero dejar claro que esto que escribo no es un elogio circunstancial, un halago interesado, un encargo –no creo que nadie se atreva, siquiera, a insinuármelo-, ni mucho menos, un aprovechamiento –pues ni siquiera lo conozco ni me beneficiaría de nada-, sino, la reiteración sincera de un reconocimiento a un hombre público que se revela –ante el país, y en toda circunstancia- tal cual es: integro, auténtico, magnánimo e inclaudicable.
Finalmente, quiero testimoniar que con hombre de reciedumbre así no hay Patria que caiga ni fe en el porvenir que no se recupere…!
Salud y larga vida, Dr. Ramón Antonio –Negro- Veras. ¡Que Dios lo bendiga siempre!
of-am


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