POR FRANCISCO URIBE MIRANDA
En la República Dominicana, la socialización no es un lujo, es parte de nuestro ADN. Sin embargo, para el adolescente de hoy, el tradicional «junte» en la esquina (en medio de un apagón), o en el parque ha sido desplazado por el grupo de WhatsApp y el feed de Instagram o TikTok. El principio cartesiano ha mutado: ya no basta con pensar para existir; ahora, si no se comparte, si no se publica no sucedió.
Para un joven en Santo Domingo, Santiago o de cualquier otro lugar del país, no tener presencia en redes sociales no es una elección de privacidad, es una condena al aislamiento. Existe una presión social invisible que dicta que para «ser alguien» o «estar en algo», hay que proyectar una vida que, muchas veces, no coincide con la realidad económica o emocional del hogar (el llamado bulto o paquete).
La cultura del «bulto» y la crisis de identidad
Uno de los fenómenos más marcados en nuestra sociedad es el «bulto» (la proyección de una imagen de éxito o riqueza superior a la real). En el adolescente, esto genera una crisis de identidad profunda. Mientras el joven tiene que lidiar con las carencias propias de su entorno, su «yo digital» debe verse impecable, con el último outfit, en el lugar de moda, en la tendencia o rompiendo ojos ajenos.
La Dra. Jean Twenge, en sus estudios sobre la «iGen», advierte que esta discrepancia entre la vida real y la curada en redes genera niveles de ansiedad sin precedentes. En el contexto dominicano, esto se traduce en una competencia feroz por la validación: un «like» se convierte en el combustible de la autoestima, y la falta de este se percibe como un rechazo social directo.
El adolescente (no importa su nacionalidad y no estigmatizar a los dominicanos), no está construyendo su identidad desde su interior, sino desde el reflejo que le devuelve la pantalla.
El entorno: juez y parte
El entorno dominicano es vibrante pero también sumamente crítico. La presión no viene solo de los amigos cercanos, sino de los influencers, figuras del entretenimiento y demás hierbas aromáticas (local e internacional), que dictan estándares de belleza sobre todo en la población femenina y la aparición de frases (hasta despectivas), para referirse al aspecto físico de algunas damas y la degradación como personas y la duda del crecimiento económico sin justificación, bajo el alegato de que ha sido «bendecida y que solo Dios puede juzgar, así como y consumos difíciles de alcanzar solo con un sueldo, dando lugar a la aparición de los chiperos, hoseadores y cualquier otra figura que es capaz de lo que sea, como sea y contra quien con tal de ser rico o morir en el intento (como el disco Get Rich or Die Tryin del rapero 50 Cents).
Como bien señala el psicólogo social Jonathan Haidt, hemos pasado de una «infancia basada en el juego» a una «infancia basada en el teléfono». En nuestro país, esto ha fragmentado la comunicación familiar. Es común ver cenas donde el silencio solo se rompe por las notificaciones, donde el adolescente está físicamente presente pero mentalmente validando su existencia ante desconocidos en la red.
El «miedo a quedarse fuera» (Fear of Missing Out FOMO, por sus siglas en inglés) no es solo por un evento, es el miedo a perder la relevancia en el mercado de la atención.
La opinión experta y la realidad local
Expertos de la Asociación Estadounidense de Psicología (APA) recalcan que el cerebro adolescente está en una etapa de «remodelación», lo que lo hace particularmente vulnerable a la búsqueda de recompensas inmediatas (dopamina). Cada notificación es un disparo de placer que crea dependencia.
Si extrapolamos esto a la realidad dominicana, donde la brecha digital y la desigualdad son latentes, el impacto es doble. El adolescente que no puede «competir» visualmente con los estándares de las redes sociales se siente doblemente excluido: social y digitalmente. La presión del medio lo obliga a entrar al juego, pero las reglas del juego están diseñadas para que siempre sienta que le falta algo.
Recuperar la existencia real
«Tengo redes sociales, luego existo» es la frase que resume la angustia de una generación que se siente obligada a ser su propio relacionista público antes de saber quién es en realidad. Es vital que, como sociedad, entendamos que la presión digital en República Dominicana no es un «juego de muchachos», sino un reto de salud mental que está redefiniendo nuestra forma de ser.
La identidad debe volver a ser un proceso de adentro hacia afuera, y no un producto diseñado para satisfacer el algoritmo. Existir es mucho más que ser visto; es ser consciente, estar presente y, sobre todo, entender que la vida más valiosa ocurre precisamente cuando la pantalla se apaga.
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