Liderazgo político, improvisación y costo de la mediocridad estratégica
POR LUIS M. GUZMAN
El liderazgo político en la República Dominicana atraviesa una crisis que no es ideológica ni generacional, sino profundamente estructural. Se habla de renovación, de caras nuevas y de cambio, pero en la práctica lo que predomina es la improvisación. Se lanzan candidaturas sin planificación territorial, sin estructura organizativa y sin una estrategia definida. Se confunde entusiasmo con método y popularidad momentánea con construcción política sostenible.
Uno de los efectos más visibles de esta cultura improvisada es el encarecimiento alarmante de los espacios de elección, diputados, senadores y síndicos se han convertido en posiciones cada vez más costosas. No porque el electorado sea más exigente o sofisticado, sino porque la falta de organización obliga a gastar más dinero para compensar la ausencia de estructura y seguimiento estratégico en cada demarcación.
En provincias y municipios del país se repite el mismo patrón, candidaturas que dependen casi exclusivamente de la presencia física del aspirante. Todo gira alrededor del candidato como si fuera el único motor del proyecto. No existen equipos consolidados que mantengan el trabajo cuando este se retira del lugar. La política se vuelve itinerante, episódica y superficial, sin continuidad ni acumulación real.
La centralización absoluta de la responsabilidad en una sola figura no es liderazgo, es precariedad organizativa. Cuando el candidato se convierte en el único referente operativo, la candidatura muere cada vez que termina un acto público. No hay personal clave que articule compromisos, que transforme simpatía en estructura ni que dé seguimiento sistemático hasta el día de las elecciones.
La falta de estrategia clara provoca que los recursos económicos se diluyan en improvisaciones constantes. Se organizan actividades sin continuidad, se celebran encuentros sin planificación posterior y se anuncian compromisos sin cronograma de ejecución. El dinero se consume en logística efímera mientras la estructura territorial sigue siendo débil o inexistente.
El problema no es solamente financiero, sino cultural. Se ha instalado una política del arribismo permanente, donde la celebración anticipada sustituye al trabajo disciplinado. Se festeja el rumor de crecimiento antes de consolidar la base real. Se invierte más en caravanas, tarimas y espectáculos que en formación de equipos y levantamiento estratégico de datos electorales.
La cultura del corto plazo agrava esta distorsión. Muchos candidatos reaccionan según la coyuntura del día y no según un plan previamente diseñado. Se persigue la fotografía viral, el titular momentáneo y la tendencia digital, mientras la planificación territorial queda relegada. La improvisación termina institucionalizándose como método de campaña.
Esta práctica no solo encarece la competencia electoral, sino que debilita la calidad del liderazgo. Sin equipos estratégicos con responsabilidades claras, sin coordinación entre sectores y sin evaluación permanente, la candidatura depende del desgaste personal del aspirante. El agotamiento sustituye la estrategia y el dinero intenta llenar el vacío organizativo.
Además, la ausencia de personal clave en cada municipio impide que la candidatura mantenga presencia constante. No se crean núcleos organizados que sostengan el mensaje ni estructuras que multipliquen apoyos. Cada visita es un evento aislado que no forma parte de una secuencia planificada. Así se desperdician recursos y se pierde coherencia.
La improvisación también impide medir resultados con rigor. Sin planificación no hay indicadores claros; sin indicadores no hay corrección oportuna. Se actúa por intuición, no por análisis territorial. Se confunde percepción con intención de voto real. Y cuando llega el día decisivo, muchos descubren que el ruido mediático no se traduce en votos efectivos.
El liderazgo político auténtico exige disciplina estratégica, división de responsabilidades y estructura permanente. Requiere equipos que ejecuten tareas específicas, responsables que mantengan la candidatura activa en cada comunidad y planificación que articule cada paso hacia un objetivo claro. Sin eso, la política se convierte en espectáculo costoso y en competencia de egos.
La República Dominicana no necesita más campañas improvisadas ni celebraciones prematuras. Necesita liderazgos que entiendan que ganar no es cuestión de gasto desmedido, sino de organización rigurosa. El encarecimiento electoral no es una fatalidad inevitable; es el precio de la mediocridad estratégica. Y mientras no se corrija, seguirá pagándose en cada proceso electoral.

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