POR ANTONIO SALOMÓN
En política, las buenas intensiones rara vez son suficientes.
Cuando el poder se busca solo por el poder, sin propósitos ni visión de Estado, quienes llegan al gobierno – sobretodo aquellos que surgen del «hambre de cambio» promovido por intereses fáctico – terminan rápidamente mostrando su verdadero rostro.
A poco andar aflora la soberbia comunicacional, las promesas incumplidas, el doble discurso, la improvisación en las políticas públicas, el nepotismo y el amiguismo.
Es entonces cuando la ilusión del cambio se desvanece y la frustración ciudadana vuelve a ocupar el centro del escenario.
Sin embargo, no basta con señalar a los políticos. También es necesario mirar hacia la sociedad misma. Los verdaderos responsables del deterioro institucional son, en gran medida, los ciudadanos que con su indiferencia o con su silencio cómplice permiten que la historia se repita.
La democracia se fortalece con vigilancia. Callar frete a los abusos o resignarse ante la mediocridad es también una forma de traicionar al país.


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