La retícula, el poder, la reelección, el modelo

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EL AUTOR es escritor, poeta y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.

El país está en ascuas. Es necesario pisar fino para no quemarse los pies con una brasa ardiendo. Pero en el mundo de hoy lo real no existe sino como una abstracción que organiza muchas cosas a su alrededor. Leer lo que está pasando ahora mismo es introducirse en ese complejo entramado de informaciones, hechos, réplicas y contraréplicas, retículas de poderes, tácticas y estrategias, etc; todo solapado en gran medida en el complejo semiótico de la lucha por el poder.

Esa, sin embargo, es la apariencia. Danilo Medina enfrentado a Leonel Fernández ya no encarna la misma confrontación que se verificó en el 2008. El danilismo está muy lejos ahora de aquellas dos lágrimas cansadas, que colgaban de las mejillas de quien es en este instante Presidente de la República, la noche en que tronó diciendo: “Me derrotó el Estado”. Ambas facciones ya han probado las “mieles del poder”, y pertenecen a la misma estirpe. Una buena parte, pues, de lo que está ocurriendo ante nuestros ojos no necesita ser justificada, ha sido creada, manipulada, organizada como un engendro del poder. No podemos confundir el efecto con la causa. El efecto es convertir la reelección en un “clamor del pueblo” y un territorio de confrontación jurídica; pero la causa es la continuidad del modelo de dominación social implantado por los doce años de leonelismo. Ese modelo tejió para el PLD una retícula de poder exitosa. Subordinó todo el tinglado institucional del país a los intereses del grupo dominante, legitimó la corrupción, enriqueció a la cúpula partidaria, originó acumulación originaria de capital que permitió crear grupos económicos pujantes, convirtió al Estado en fuente de financiamiento del partido, y se constituyó en garantía de los triunfos electorales.

De las bonanzas que ese modelo generaba los danilistas habían sido únicamente beneficiarios marginales. Si el danilismo sobrevivió a la embestida del Estado y permaneció como proyecto, fue porque contó con la “inversión” de rentistas que creyeron en su opción de poder. El danilismo no es un pensamiento, no es una propuesta de redención social, no encarna un imaginario ideológico que apunta a la liberación. Ni siquiera aspira a ser un referente ético de la acción política. Es una práctica, un proyecto político-económico cuya fuente de explotación es el Estado. Contrario al leonelismo, que forjó su costado económico desde dentro de la administración del presupuesto público expandiendo la corrupción, el danilismo arribó al poder con sus rentistas para quienes el Estado es tan solo una oportunidad de negocios. Al danilismo el modelo de dominación leonelista le viene como anillo al dedo. Danilo no lo ha tocado en lo más mínimo, y lo reproduce y le pelea el espacio.

Por lo que Leonel Fernández y su grupo quieren volver al poder es exactamente lo mismo por lo que Danilo Medina y su grupo quieren quedarse. Gonzalo Castillo, José Ramón Peralta, José Manuel González Cuadra, José del Castillo Saviñón, Carlos Amarante Baret, y muchos otros; pueden proclamar que la reelección es una “jornada patriótica”. Pero eso no es más que lo que Michel Foucault llamó “discurso-poder”, un recurso de legitimación que emplean todos los grupos dominantes. No existe poder sin retórica propia, y los discursos con los que los modelos jurídicos se legitiman, son las máscaras con las cuales el poder se presenta. Leonel es “el guardián de la Constitución”. Danilo Medina responde al “clamor del pueblo”. Ambos son el mismo modelo. La sociedad no es más que un sistema de fuerzas y poderes, y por debajo de esa retórica se esconde la mano férrea de la dominación. Lo real es que los dos grupos hegemónicos dentro del PLD practican la misma explotación del Estado. El danilismo no tiene ninguna sucesión que le garantice seguir disfrutando del modelo que erigió Leonel Fernández, y se lleva por delante todo el marco de la Constitución para mantenerse con el dominio del presupuesto. El leonelismo tiene urgencia de regresar al Gtobierno del aparato del Estado, oxígeno y cordón umbilical de su riqueza. Para el leonelismo es de vida o muerte; para el danilismo, que se le abrió el apetito, es la consolidación y el pago exhaustivo a sus rentistas y militantes que invirtieron el proyecto. El objetivo es el dominio del presupuesto.

Uno sabe que el poder se ejerce más bien que se posee. Hay que conocer la esencia para entender la apariencia.

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