Uno solo reconoce la vida cuando la está perdiendo
De repente uno se da cuenta de que se está yendo. No solo se lo dice el espejo, sino, que lo siente. Siente el «brumor» que lo va desconectando de la vida. Se va cayendo por partes y el anhelo, aquello que le inyectaba «gasolina» se enrarece y se va disipando lentamente.
La fuerza vital se pierde y los deseos son arrastrados a «un área de espera» de la que nunca volverán. Es el tiempo de volver atrás, de «intentar» rescatar lo tenido, que solo lo alcanza la memoria, esa, que también sufrirá sus fallos, y terminará en el olvido.
Cuando uno va cayendo, existen «los momentos inquietos», esos que nos darán el regalo de meditar el largo camino andado. Desde «uno mismo» saldrán los juicios «a favor»… o en contra.
Que hice, que no hice. Una ambivalencia de la que «todos» gozaremos y que será «el regalo» de enmendar lo que haya que enmendar. Principalmente con los hijos, los padres o los amigos. Los demás siempre estuvieron «por ahí», apareciendo y desapareciendo, como los fantasmas.
Meditamos sobre la vida, ese jolgorio interior y misterioso que nos hace caminar y correr y sentir y… existir. Esta que nos coloca al frente de todos y nos presenta e introduce en tantos y tantos escenarios. La que nos lleva en una actuación permanente en un teatro de diversos personajes.
Las máscaras fueron cambiando sin remedio, no pudimos «quedarnos» con la más anhelada. El acto final implica «desapego y humildad». Esas cosas que pocas veces aplicamos y que ahora, nos han posesionado con el «disfraz» adecuado… ¿O inadecuado?…
Ya no hay vuelta atrás para «evitar» lo que uno piensa hizo mal «el destino», ese que nos lleva y nos trae y que «esperemos» sepa bien lo que hace. Mientras tanto, seguimos de pie viendo como salvar «algo» de lo poco que nos queda.
Ya no es material lo que importa, sino, que tanto de compasión se le puede dar a esta alma confundida que va surgiendo en una transición de confusiones entre ser y no ser. Que va saliendo desde «esta prisión» que tanto rodó por el mundo en un mar de ambiciones y extenuantes afanes «por ser» lo que no se es…
Cuando vamos perdiendo la vida, es cuando apreciamos lo hermosa que era, así nos hubiese llevado el Diablo, siempre insistimos en vivir. Siempre supimos que el escenario era mágico y que la magia éramos nosotros, pero no supimos sacar al mago y terminamos siendo uno más de los otros.
Reconocemos que dejamos de vivir tanto, solo por estar pendientes de los otros y de lo que «ellos» opinaran de uno. Vivimos una falsa «por ceder» en guiones no escritos para nosotros y terminamos siendo malos actores de nuestra propia existencia.
No esperes llegar al final de tu vida. Sal ahora mismo corriendo a la calle y piérdete para siempre de «esos escenarios» equivocados en los que te has o han metido.
El telón bajará de todas maneras, pero mientras este arriba, hazte dueño de tu propia película para que al final de la función recibas el único aplauso que valdrá la pena y que escucharás cuando te veas, a ti mismo, sentado solo, en medio de la sala vacía, emocionado por ¡La gran vida que tuviste! ¡Salud!. Mínimo perderciero
jpm-am

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como siempre.muy bueno descripcion ma.gistral sobre lo que es la vida.
magistral
Vaya que verdades mas !verdaderas!