Como elementos de una obra de teatro macabra o de película de terror que nadie debe presenciar, esta semana y en secuencia, han ocurrido hechos horribles que nos hacen rasgarnos las vestiduras, rabiar, clamar por justicia.
Ojalá que esta vez esa indignación, esa sed de que las cosas cambien, no sea por poco tiempo, no dure hasta que los días arrastren esa secuela de espantos, como ocurre en este universo convulso, de un ajetreo que envuelve en neblina el existir.
Las cosas que han ocurrido tan juntas, son para dejar estupefacto al más flemático. Ya hemos presenciado horrores similares, solo que ahora llegaron muy seguido, con tan chin margen para que la siquis asuma, para reponernos.
Dos de estos casos son atribuidos a agentes policiales, a los uniformados, por cierto, con uniforme nuevo, que están para protegernos y cuyo lema antes “ley y orden” fue variado preciso por “proteger y servir”.
El conteo empieza en Santiago. Una joven de 18 años es baleada por una patrulla que confunde el vehículo en el que viaja con uno que habría participado en un asalto, sigue en Villa Mella, con una de 28, también tiroteada por agentes en un cumpleaños. Ambas están graves.
En la primera agresión, las denuncias indican que los policías además golpearon a los dos muchachos que la acompañaban. En esa misma localidad, un chofer de camión recolector de basura fue herido por degenerados que le perseguían por una supuesta deuda y a esa persecución entraron motoconchistas ajenos al acoso.
Murió ¡oh ironía!, a las puertas del Palacio de Justicia y después de pasar por un destacamento policial. Pereció cuando clamaba una ayuda que nadie ofreció, porque quienes podían hacerlo estaban ocupados en otra cosa, incluso en grabarlo cuando pedía socorro.
En Hatillo, San Cristóbal un conductor de un “volteo” en competencia con otro pierde el control del guía (porque del cerebro parece que nunca tuvo) y mata a cuatro personas, un niño, un hombre y una embarazada de siete meses de gestación.
En Los Girasoles, Distrito Nacional, el cuerpo de una pequeña de un año es hallado en una mochila y nadie sabe nada y así va esta sociedad, sin saber, entre charcos de sangre que la cubren, estremecida por la barbarie, por actos espeluznantes que la apatía no debe relegar.

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