Una elegía por el país que pudimos ser

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El autor es contador público autorizado. Reside en Miami.

El robo al erario es un arte perverso que se perfecciona con los años. Tiene múltiples caras, todas igualmente devastadoras:

La sobre facturación, ese juego macabro donde un ladrillo vale oro y un vial de medicina alcanza precios de joyería fina.

Es el saqueo disfrazado de compra pública, donde los números se inflan como globos hasta reventar, dejando en el aire el polvo de los billetes que nunca se usaron para lo prometido.

El desvío de recursos, ese acto de prestidigitación donde el dinero destinado a comedores infantiles termina financiando yates en el Mediterráneo, el Caribe o cualquier otro destino extraparadisíaco.

Es magia negra de la peor especie, la que convierte el sudor de los contribuyentes en mansiones en Miami, mientras en los pueblos la gente bebe agua contaminada.

Las privatizaciones amañadas, esa ceremonia donde lo público se vende por monedas a amigos del poder. Aerolíneas, minas, bancos, recursos naturales. Todo pasa a manos privadas en negocios tan opacos que ni la luz logra penetrarlos. Y cuando la empresa quiebra, el Estado rescata las pérdidas con más dinero público. Un círculo perfecto de expolio.

Las cifras que estremecen

Los números del saqueo son tan grandes que pierden sentido. ¿Qué significa que la corrupción cueste $3.6 billones de dólares anuales a nivel global? ¿Cómo entender que en RD equivalga al 5% del PIB, más que todo el presupuesto educativo?

Son cifras abstractas hasta que se traducen en vidas: Los $10 millones de dólares en sobornos de Odebrecht hubieran construido 200 escuelas.

Los $120 millones desviados en el caso de la Línea en Alcarrizos y puente guayajayuco hubieran alimentado a miles de niños en el Inabie

Pero el dinero no desaparece, solo cambia de manos. Viaja a paraísos fiscales, se esconde en trusts en las Islas Caimán, offshore como tienen políticos dominicanos y se lava en propiedades de lujo en Nueva York o Madrid.

Mientras, en los pueblos, los maestros dan clase bajo árboles porque las aulas prometidas nunca llegaron.

Esperamos sentencias o justicia y no vemos: Jueces comprados o intimidados que archivan casos con excusas técnicas de peritajes

Leyes hechas a la medida para proteger a la clase alta. Una sociedad cansada que ha normalizado el «roba, pero hace obra», como si el saqueo fuera un impuesto adicional.

Es la gran paradoja: el ladrón de una tienda va a la cárcel, pero el que roba millones desde un despacho público recibe aplausos y hasta se postula para otro cargo.

Cómplices 

Ningún gran saqueo al erario ocurre sin ayuda. Hay toda una arquitectura financiera diseñada para hacerlo posible:
Bancos internacionales que lavan dinero sin preguntar su origen.
Paraísos fiscales que guardan el botín bajo llave, lejos de miradas indiscretas.

Empresas cómplices que inflan facturas y pagan sobornos como si fueran gastos operativos.

Mientras, los medios de comunicación —algunos comprados, otros autocensurados-  narran el saqueo como si fuera un drama lejano, sin víctimas. Otros no.

jpm-am

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Manny
Manny
24 minutos hace

Excelente