Un terrícola desenfrenado
El tirano, asesino, ladrón y conculcador de las libertades públicas por cerca de 31 años en la República Dominicana se llamó Rafael Leónidas (no Leonidas) Trujillo Molina.
Gobernó, este personaje de carne y hueso, desde 1930 hasta el 30 de mayo de 1961, es decir hasta hace 53 años.
Fue un guardacampestre, luego guardia rural, después oficial de policía y finalmente un “político práctico y pragmático” que los invasores norteamericanos (1916-1924) permitieron se hiciera y quedara con el Poder durante tanto tiempo.
Rafael Trujillo fue un personaje digno de ser llevado al cine pues sus truculencias, sus crímenes (dentro y fuera del país), sus robos, sus amenazas a potencias, sus incansables deseos sexuales y sus costumbres insólitas carecen de imitaciones o ejemplos en nuestra América.
Trujillo no sólo “arrodilló” ante sus pies al Pueblo dominicano, sino que se jactó de “comprar” senadores y funcionarios norteamericanos, cubanos, mexicanos, panameños y, en algunos casos de mayor atrevimiento, se atrevió a organizar complots contra titulares de otras naciones americanas.
Este “señor de horca y cuchillo” empleó todos los métodos habidos y por haber para mantenerse en el Poder durante tantos años.
Llegó al colmo de nombrar a personajes en funciones públicas de importancia, mientras al mismo tiempo se “acostaba” con sus esposas, con sus hermanas o con sus hijas.
Fue un terrícola desenfrenado, un ser ambicioso, un asesino y troglodita que obsequiaba al pueblo diez monedas de las mil que había robado; que anheló ser el dueño de todas las mujeres, de todas las vacas, de todos los caballos, de todas las tierras.
Nunca se inmutó o arrepintió de haber ordenado los asesinatos de la familia Mainardi, de Desiderio Arias, de los españoles José Almoina y Jesús de Galíndez; de las hermanas Mirabal y su chofer; de Jean Awad Canaán y esposa; de intentar asesinar al presidente venezolano Rómulo Betancourt, esposa y seguridad.
Y, por supuesto, tampoco dijo ni pío ante los miles de crímenes cometidos contra ricos, poderosos o pobres, a quienes detenía, encarcelaba, torturaba, desaparecía o mataba. Y después les daba o enviaba el pésame a los deudos. ¡Bárbaro!
Ese Rafael Trujillo, cuya esposa, cuyos hermanos, cuyos hijos e hijas le apoyaron en todas esas maléficas y endiabladas aventuras, cumple este viernes otro año de haber sido ajusticiado.
Y eso deberíamos celebrarlo no solo por todo el mal que le hizo a este pueblo sino porque dejó a casi toda su población en la ignorancia más absurda y denigrante.
¡Y ahora un malvado nieto pretende decirnos que esta bestia fue bueno, que gobernó en democracia, que no mató ni robó a nadie.

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