Este 2018, he tenido el privilegio -y el honor- de entablar, a distancia, una suerte de intercambio amistoso desigual con el escritor, periodista y ensayista don Federico Henríquez Gratereaux, de quien, como he dicho, tengo una lectura fragmentaria pero de vieja data-periodística, pues he sido un asiduo -casi convulsivo- lector de sus artículos periodísticos (su columna A pleno pulmón, que espero retome pronto); y por supuesto de algunos de sus libros-ensayos.
Dije intercambio amistoso desigual, porque, efectivamente, de ese intercambio quien mas gana soy yo, pues, qué puede ganar un escritor, periodista y ensayista consumado y reconocido, como don Federico, frente a un aprendiz de ensayista -o garabatos- que apenas puede balbucear algunas ideas.
Pero no es de esa vanidad –privilegio-personal- de lo que quiero escribir, sino de dos libros del ensayista: “Empollar huevos históricos” y “Disparatario” que, en cierta forma, me han retrotraído a mis tiempos de estudiante universitario y a aquellas lecturas sobre múltiples-temas históricos, filosóficos y literarios que templaron mi formación -eclética e iniciación en la “Escuela de la Sospecha”- profesional; pero sobre todo, de librepensador.
Ahora, quisiera detenerme en dos resquicios, valiosísimos, que, a modo de reflexión relámpago –y recursos periodísticos-literarios-, don Federico deja caer para el buen ejercicio de escribir, promover y ordenar ideas, o más pretencioso, de elaborarlas. De ambos resquicios, del libro-ensayo “Empollar huevos históricos”, llamó mi atención lo que es una verdad a leguas: “En Santo Domingo los intelectuales no tienen mercado”, y lo escribía en el 2001. Lo curioso del caso, de esa falta de mercado, es que he oído a un autor proclamar que ha vendido centenares de sus libros, casi todos sobre lo que Borges llamó “historia circular”. Vale decir -para el caso nuestro-, sobre un tema fucú y harto traído-llevado. A excepción de ese exitoso autor, no conozco iniciativa editorial –privada-publica- alguna que se haya trazado esa empresa nacional ni mucho menos seleccionar tres o cuatro de nuestros escritores –vivos- para promoverlos y proyectarlos en el plano internacional.
El otro resquicio-tema que llamó mi atención es sobre un sucinto decálogo de reglas que, bajo el titulo “El escritor ante el espejo de Narciso”, don Federico nos deja auscultar si de escribir se trata: 1) Tener que decir, 2) Siempre nos estamos dirigiendo a un público, 3) No improvisar, 4) Dejar entrever tu sello particular, 5) Ser breve; y 6) El título debe llamar la atención (que, para el caso del referido autor, surge después de desarrollar el tema; pero, en mi intrascendente caso, primero, fijo el título; luego, desarrollo el tema).

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