La Historia registra que el mar Caribe es una zona de naufragios de diferentes signos. Vale decir que cientos de años atrás sólo figuraba en los mapas una parte de lo que hoy ha quedado identificado como Caribe insular y continental.
Ahora en el atlas el Caribe cubre desde Quintana Roo, en la mexicana península de Yucatán hasta los extremos norte de Colombia y Venezuela; así como seis de los siete países de Centroamérica e incluye las Antillas Mayores y Menores. Además, hay consenso en que la cartografía científica sigue produciendo nuevos hallazgos.
Fue en esta zona que naufragó la bula del papa Alejandro VI, la cual contenía pretensiones de reparto geográfico entre España y Portugal. Entonces se impuso la tenaz oposición del rey francés Francisco I, quien no aceptó que Francia fuera marginada de ese botín colonial.

Luego llegaron los hundimientos de diversas embarcaciones de armadas colonizadoras y expediciones conquistadoras. Pero los mayores desastres en el Caribe, más que ciclones y tormentas, fueron o son de índole política.
Decenas de dictadores se han montado como fieras en el lomo de muchos países caribeños. Esta vez me referiré a tres: Rafael Trujillo Molina, en la República Dominicana, así como Fidel Castro Ruz y Fulgencio Batista Zaldívar en Cuba. Ellos protagonizaron un largo tramo del siglo XX en el Caribe insular, dejando en la página política de sus países, y más allá, huellas controversiales que todavía general candentes debates.
Los tres surgieron en un área definida por un intelectual colombiano con características que en conjunto son únicas en el mundo: “El Caribe está lleno de infiernos y paraísos…el destino del Caribe es la aventura…el Caribe es el más ruidoso y loco de los mares, pintoresco con sus historias de tesoros y ladrones, divertido con sus generales de operetas”.(América Ladina. Editorial Fondo de Cultura Económica, 1993.Pp314-318.Germán Arciniegas).
Dichos gobernantes fueron cubiertos por aduladores que lanzaron a su favor los más increíbles y absurdos elogios. Por el contrario, sus adversarios los describieron como la hez política de los pueblos que mantuvieron bajo su control implacable. En el caso de Castro hubo, además de las críticas per se, una sombra proyectada desde dos espectros ideológicos diametralmente opuestos.

Ejemplo a la vista: Hace más de veinte años (2005), en la ciudad de Washington, un famoso novelista peruano se refirió a Castro de la siguiente manera: “Ese fósil autoritario, Fidel Castro…el dictador más longevo de la historia de América Latina”. (Sables y Utopías. Editorial Aguiar, 2009.P333. Mario Vargas Llosa).
En el lado opuesto a lo anterior, el politólogo argentino Atilio Borón, al referirse a un encuentro colectivo en Chile con Castro, escribió que: “… Fidel iba saludando a todo el mundo, y nos saludó, en ese momento sentíamos que habíamos tocado el cielo con las manos”.
Muchos kilolitros de aguas albañales se pusieron a rodar por las alcantarillas abiertas de la política dominicana sobre Trujillo. Uno de los operadores más abyectos en eso fue Abelardo R. Nanita, quien no escatimaba esfuerzos para lanzar ditirambos en favor de su jefe político. Él y otros siempre estuvieron ciegos ante el latrocinio y los crímenes de sangre de ese chacal entorchado de jefe.
Entre muchas de las mentiras que regó por toda la geografía nacional el aludido lambón están estas: “Nadie como él ha sabido despertar la dormida conciencia de su dignidad en el pueblo dominicano…la figura, vertical y prócer, del generalísimo Trujillo, ha traspuesto las fronteras y los continentes…” (Trujillo. Enero 1945.Pp 2 y 38. Abelardo R. Nanita).
Contrario al disparate que antecede un digno abogado e historiador dominicano escribió desde su exilio en Venezuela que Trujillo se destacó por “el terror, la extorsión económica y el relajamiento de todo concepto de dignidad humana…La escala del crimen la ha recorrido impávidamente, con morbosa delectación, sin que la sombra de un remordimiento asome en su conciencia…El procedimiento favorito del generalísimo es matar de sorpresa”. (De Lilís a Trujillo. Editora de Santo Domingo, 1976. Pp 309 y 310. Luis F. Mejía).

Las descripciones de Luis F. Mejía se ajustan a lo que ocurrió aquí desde desde el principio hasta el final de dicha satrapía, tal y como lo demuestra un profesor de la Universidad de París VIII, estudioso de un tramo tenebroso de la historia dominicana.
En efecto, en una minuciosa obra que abarca todo el régimen de Trujillo el aludido Capdevila señala que: “Mientras más se confirma su declive, más acusa sus rasgos fundamentales, las funciones policíaca y militar se anticipan claramente a todas las demás”. (La dictadura de Trujillo 1930-1961.SDB. Editora Búho, 2010.P 281. Lauro Capdevila).
Lo anterior es una comprobación lastimosa de que en estas tierras ribereñas los desastres constantes de la naturaleza son superados por las tragedias humanas alentadas y ejecutadas por gobiernos de fuerza.

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