Renovación de la solidaridad y la concertación

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EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.

Los fenómenos de la naturaleza y las epidemias, ponen en presente las miserias, las exclusiones y el abandono en la sociedad dominicana. Los cuadros  de atraso y estancamiento sólo salen a relucir cuando son  masificados en los medios de información.

El antes y el después van hermanados dentro de la miseria de una parte de los dominicanos. Se vio con la indiferencia total al problema de los excluidos hasta que llegó la desgracia. Cuando los damnificados dejen de ser noticia de primera, también se olvidarán los donantes de hoy.

La sociedad dominicana necesita una renovación de la solidaridad y la concertación. La minoría que lo tiene todo olvida al que no tiene nada, que es la gran mayoría. Son desechables aquellos cuya gran preocupación es salvar un pantalón o una falda adquirida en un tienda de buhoneros de paca.

Se nota un  reducido  espíritu de solidaridad cuando solo  se ve la miseria que desvela la lluvia y el viento. La sorpresa peca de inhumana, es confesar que se puso  la cara para no ver los rictus del hambre. Sociedad de hipocresía y venta a granel del oropel de las vanidades.

Lo que se necesita es trabajar de forma unitaria para mejorar las condiciones de vida de los desarrapados. De esos de casas de cartón piedra y zinc agujereado. De los que temen a la tormenta, porque la lluvia y el viento le dá en carne viva. Solidaridad, para nivelar las injusticias sociales.

Sería más que una simple utopía hablar de una equilibrada distribución de las riquezas. Ello no es posible en el mundo de hoy. Ha triunfado el capitalismo con sus dos caras, la de la avaricia y la del paternalismo. El desequilibrio social es peligroso, porque rechazando el trato humano y  la mayor igualdad,  se pueden forjar  ebulliciones sociales, superiores a ciclones y terremotos.

Es necesario un  trato considerado para los excluidos. Una sociedad que quiere lograr su desarrollo no puede permitir que se abra en un total espiral las desavenencias económicas y sociales.

Hay que poner control a los de  arriba y a los de abajo. Hay que controlar para que haya menos integrantes de los privilegiados, de los que dominan el capital, y asimismo, hay que llevar a su mínima expresión a los pobres.

Para muchos el individualismo florece, pero es necesaria la unidad. No se puede construir un proyecto de nación sino hay unidad para la acción, donde todos deben deponer algunas de sus necesidades y exigencias. La totalidad del país lo reclama, pero cada cual tratando de mantener cerca los matices que le favorezcan.

Hay que vencer a la intolerancia, a la exclusión, a la discriminación, y levantar la bandera de la unidad y la concertación.

No se olvide que con 20 siglos de diferencia  cristianos y marxistas levantaron, cada cual en su coyuntura de lograr al hombre nuevo, la frase para la acción que dice “un día es como mil años, y mil años es como un día”. 

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