Reconfiguración política rumbo al 2028
POR LUIS M. GUZMAN
La política dominicana ya entró en su fase estratégica rumbo a 2028, aunque el calendario formal aún parezca distante para muchos. Las elecciones no se ganan en el último año; se construyen en este período silencioso donde se consolidan estructuras, se envían señales calculadas y se definen reglas internas. Hoy se mueven dos dinámicas simultáneas, una oposición que intenta reorganizarse y un oficialismo que deberá demostrar si puede sostener su hegemonía sin su figura más dominante.
La oposición hoy no opera como bloque unificado entre el PLD, la Fuerza del Pueblo y otros actores menores. Sin embargo, esta separación no necesariamente refleja debilidad estructural, sino una etapa natural de medición y consolidación previa a cualquier convergencia formal.
Mientras la oposición calcula tiempos y escenarios, el PRM enfrenta un reto distinto pero igualmente delicado. No podrá repostular a su candidato más competitivo, lo que abre un proceso interno inevitable de sucesión. La pregunta clave no es quién aspira, sino si la fortaleza del oficialismo descansa en su estructura institucional o si dependía principalmente del liderazgo presidencial. Un partido verdaderamente consolidado logra transferir capital político; uno dependiente lo ve erosionarse.

En este contexto adquiere relevancia la encuesta difundida por ACD Media. Más allá de sus cuestionamientos metodológicos y del hecho de no haber evaluado de forma integral a todos los precandidatos oficialistas, el elemento políticamente significativo es la narrativa implícita que proyecta. Al comparar exclusivamente a uno de los aspirantes del PRM —David Collado— frente a la oposición, se construye una percepción selectiva que no es neutra dentro del ecosistema partidario.
Las encuestas no solo reflejan opinión pública; también influyen en la formación de expectativas internas. Cuando una medición presenta a un precandidato como figura dominante sin mostrar el cuadro completo del escenario interno, puede interpretarse como una construcción anticipada de inevitabilidad. En partidos competitivos, esa percepción genera inquietudes y reconfigura alianzas internas antes incluso de que el proceso formal de selección haya comenzado.
El riesgo no radica en que un aspirante tenga competitividad objetiva. El riesgo emerge cuando otros contendientes perciben que existe una narrativa de preferencia o posicionamiento prematuro. En política, la sensación de desigualdad en el terreno interno es suficiente para generar tensiones. Las fracturas rara vez comienzan con declaraciones públicas; suelen incubarse en silencios estratégicos, lecturas cruzadas y acumulación de señales interpretadas como desequilibrios.
Si esa dinámica se profundiza, el PRM podría entrar en una competencia interna más áspera de lo necesario. Una primaria percibida como inclinada o condicionada por encuestas selectivas puede dejar heridas profundas. El candidato que resulte vencedor de un proceso internamente cuestionado podría llegar debilitado a la contienda nacional, aun conservando ventajas organizativas. La cohesión no se decreta; se construye mediante reglas claras y legitimidad compartida.
Mientras tanto, la oposición observa atentamente estos movimientos. Si el oficialismo proyecta fisuras internas prolongadas, el bloque opositor gana margen para reorganizarse y explorar convergencias. La posibilidad de coordinación entre PLD y Fuerza del Pueblo aumenta cuando el oficialismo deja de exhibir cohesión sólida. En la política dominicana, la percepción de vulnerabilidad del adversario suele actuar como catalizador de pactos pragmáticos.
El PRM mantiene ventajas estructurales innegables, presencia territorial significativa, red municipal activa y control de agenda institucional. Sin embargo, ninguna de estas fortalezas garantiza victoria si el proceso interno genera desgaste prematuro. El poder del gobierno no se hereda automáticamente; debe ser administrado estratégicamente para transformarse en capital electoral transferible y sostenible.
La clave estratégica para el oficialismo no es únicamente seleccionar un candidato con altos niveles de reconocimiento, sino garantizar que el método de selección sea incuestionable. Sin reglas transparentes previamente acordadas y sin arbitraje neutral visible, cualquier encuesta parcial puede convertirse en detonante innecesario. En escenarios de sucesión, la percepción de justicia interna pesa tanto como la popularidad externa.
Por su parte, la oposición enfrenta su propio dilema estructural, decidir si las rivalidades históricas pesan más que la posibilidad real de retorno al poder. Una oposición fragmentada llegado el momento de las alianzas, facilita la continuidad oficialista, aun cuando el oficialismo enfrente tensiones internas. En cambio, una oposición coordinada —aunque no homogénea ideológicamente— altera significativamente la matemática electoral y puede cambiar la narrativa de inevitabilidad.
El 2028 no se definirá por quién lidera una encuesta aislada hoy, sino por quién logre llegar con cohesión interna, narrativa creíble y arquitectura electoral organizada. La política dominicana es profundamente pragmática, pero también altamente sensible a las señales internas de poder. Las encuestas pueden ser herramientas legítimas de medición, pero cuando se perciben como instrumentos de posicionamiento selectivo, pueden acelerar fisuras antes de tiempo.
En definitiva, la reconfiguración en marcha es doble y compleja, la oposición mide cuándo y cómo converger, mientras el oficialismo prueba su capacidad de producir liderazgo competitivo sin fracturarse. La verdadera pregunta no es quién encabeza el momento actual, sino quién llegará a 2028 con unidad disciplinada, propuesta coherente y estructura territorial operativa. Todo lo demás es ruido previo al desenlace real.

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