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Antes de arribar a Nueva York como residente en la época de los 90 ejercíamos un periodismo que, con todo y ser respetuoso, era incisivo, valiente y audaz hasta caer en lo temerario; pero exhibía la rigurosidad de ciertas éticas y normas profesionales.
Aunque en menor medida siempre ha habido una dosis de clientelismo, y ningún periodista es independiente en cuanto a ideologías y simpatías políticas, en la actualidad hay desbordadas pasiones inocultables que atascan a una buena parte-si cabe la comparación-de nuestros colegas.
Admitiendo que estamos en una etapa de tecnología de punta y que hasta las ciencias sociales y exactas han experimentado avances, lo riguroso de una disciplina aunque sea liberal no debe violar sus normas deontológicas. Hemos visto a algunos periodistas -simples comunicadores en demasía- que tratan como su par a algunos entrevistados.
El que un periodista, al margen de otras intervenciones, externe su posición durante un comentario televisivo o radial es una cosa, y mantener ciertas composturas en un panel es otra. Tutear al entrevistado y montar prolongadas polémicas desvirtúa el perfil profesional del periodista. Ello sucede cuando el entrevistado dice algo contrario a su punto de vista o simpatías políticas. Esto sucede se esté de acuerdo o no, con el gobierno de turno.
Estamos contestes en que los periodistas son entes que tienen sus simpatías partidistas. Pero cuando se irrespetan a las figuras públicas, y se les riposta con un lenguaje abiertamente tendencioso y panfletario, el papel del periodista se desnaturaliza.
Lo paradójico es, que muchos de los que exhiben ese comportamiento, son contemplativos y han perdido lo “aguerrido” que debe ser un periodista en defensa de lo institucional y sinérgico; podríamos admitir que muchos estén definidos políticamente, pero es lamentable que hayan perdido la reciedumbre y el arrojo de otros tiempos. En determinados momentos la pregunta clave ni la formulan.
Además, cuando son relacionistas públicos de un funcionario o una figura pública sin importar su parcela política, más que periodistas parecen espalderos o gendarmes que velan por la seguridad del empleador.
Y cabe preguntarse cuándo fue que el clientelismo político envileció hasta la saciedad este oficio; sin ánimo de suspicacias, ¿alguien podría revelar quién jodió todo esto? He ahí la pertinente interrogante.
jpm


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