El aborto ha sido un drama que de manera oculta se padece en todos los sectores sociales, incluidos en las mejores familias de Gazcue, que han vivido la experiencia de una mujer que voluntaria o por razones terapéuticas y con asistencia de un médico, enfermera o partera interrumpe un embarazo.
Esa práctica ha sido siempre criminalizada en los textos penales, por la censura de iglesias, familia y hasta por las chismosas o chismosos del barrio, pero igual se multiplica y expande a nivel de flagelo social.
En el Congreso cursa un proyecto de reforma al Codigo Penal, ya aprobado en la Cámara de Diputados, que dispone prisión de hasta cuatro años para la mujer que interrumpe un embarazo y hasta diez años para el médico que o personal de salud que le asista.
La Constitución de la Republica garantiza el derecho a la vida desde “el momento de la concepción”, es decir desde cuando el espermatozoide y el óvolo se unen y fecundan, lo que indica que un aborto practicado con unos días de embarazo, constituye un crimen.
La mayoría de nosotros hemos sido educados y formado en la fe cristiana, que conlleva un profundo respeto por la vida, razón por la cual, desde el punto de vista religioso y ético se rechaza la interrupción del embarazo.
Es menester advertir que la criminalización del aborto no resuelve, ni por asomo, el drama de miles y miles de niñas, adolescentes y adultas que a diario intentan abortar por cualquier vía.
Estadísticas oficiales revelan que casi el 25% de las parturientas que acuden a las maternidades públicas, son niñas o adolescentes entre 11 a 17 años, lo que indica que no dan a luz un hijo, sino un hermanito o hermanita. Esas madres prematuras, son o serán también abuelas a destiempo.
El Ministerio Publico carece de capacidad logística para someter a la justicia a los adultos que embarazan niñas, pero se le exige que procese a cualquiera de esas embarazadas si deciden abortar, sin tomar en cuenta que ya han sido condenada por la sociedad.
Bonito seria que las cárceles se llenen de mujeres y médicos por practicar el aborto, mientras miles de niñas y adolescentes son obligados a prostituirse en lupanares con disfraz de centros turístico o en bares de favelas.
La figura del aborto no es solo un problema religioso, ético o jurídico; es en mayor medida un drama social, que debe ser afrontado desde la óptica de la prevención y el salvataje, porque lo demás se inscribe en pura hipocresía.

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