Proyecto de nación antes que el poder
Hay un cansancio que no aparece en las encuestas ni se mide en reacciones. Se percibe cuando la gente baja la voz al hablar de política, evita el tema en la mesa familiar y tantos jóvenes miran hacia fuera porque aquí ya no esperan nada. No es apatía: es desgaste. Y ese desgaste es, quizá, la victoria más silenciosa de un sistema que ha aprendido a sobrevivir alimentándose de la resignación.
Cuando la ciudadanía se acostumbra a no esperar nada, el problema deja de ser electoral y pasa a ser moral.
Si el problema es estructural, la pregunta es inevitable: ¿cómo se sale de un sistema político capturado sin caer en el caos, el autoritarismo o la repetición de lo mismo con otros nombres? La respuesta no es cómoda, pero es clara: no se sale disputando el poder primero; se sale construyendo un proyecto de nación antes.
El error recurrente ha sido confundir cambio con alternancia. Se sustituyen rostros, colores y consignas, pero se conserva el mismo patrón: poder sin límites reales, controles débiles y responsabilidades diluidas. El resultado es frustración acumulada. Entonces el ciudadano concluye —con razón— que “todo da lo mismo”. Y cuando “todo da lo mismo”, lo que muere no es una preferencia política: muere la esperanza cívica.
Por eso el punto de partida no puede ser electoral. Un proyecto de nación precede al poder: fija principios, límites y objetivos que ningún gobierno debería violar sin consecuencias. Si el poder llega antes que el proyecto, lo secuestra; si el proyecto llega antes, el poder queda obligado a servirlo.
Un proyecto de nación no es un programa partidario ni un catálogo de promesas. Es un acuerdo ético y constitucional mínimo sobre el país que queremos ser y sobre las reglas que no estamos dispuestos a negociar, gobierne quien gobierne. En el caso dominicano, ese punto de referencia no es abstracto: está en la Constitución, en el modelo de Estado Social y Democrático de Derecho que ella consagra.
Hablar de Estado Social y Democrático de Derecho no es retórica jurídica. Significa poder limitado, ley aplicada a todos, derechos que no dependen del favor político y ciudadanía con mecanismos reales de control. En términos simples: un país no progresa cuando el privilegio es la regla y la justicia la excepción.
Conviene decirlo con claridad, porque la salida empieza por la verdad: “sistema capturado” no es una consigna. Es la normalidad de instituciones subordinadas a intereses particulares, contrapesos debilitados, clientelismo que convierte derechos en favores e impunidad selectiva. La captura no siempre se presenta como un golpe; muchas veces se disfraza de rutina.
Ese modelo constitucional no se traiciona por falta de normas, sino por falta de voluntad y, sobre todo, por ausencia de presión cívica organizada. Cuando se fragmenta a la sociedad, se desacredita la verdad y la política se convierte en espectáculo, cualquier intento de transformación queda aislado. Se empuja a la gente a elegir entre apatía y fanatismo; entre “no me meto” y “sígueme a mí”.
De ahí la tarea central no sea buscar salvadores ni vengadores, sino reconstruir el tejido cívico: formar ciudadanía, elevar conciencia crítica, crear espacios de deliberación y articular voluntades alrededor de mínimos compartidos. Un país no se rescata con un hombre fuerte; se rescata con una sociedad firme.
Para que un proyecto de nación sea auténtico debe cumplir condiciones claras: debe ser constitucional y no ideológico; incluyente y no tribal; anterior al poder y no rehén de calendarios electorales; y, sobre todo, verificable. Lo verificable exige metas públicas, indicadores y auditoría social: transparencia como método, rendición de cuentas como obligación y mérito como regla.
Este enfoque no promete resultados inmediatos, y precisamente por eso es creíble. Las salidas rápidas suelen ser las más peligrosas: en nombre del orden se sacrifican libertades; en nombre de la eficacia se sacrifica justicia. El país no necesita atajos emocionales ni liderazgos mesiánicos; necesita dirección moral y disciplina cívica.
La alternativa es más exigente, pero también más segura: conciencia antes que movilización, proyecto antes que poder, principios antes que líderes. Solo así la indignación legítima no degenera en nihilismo ni en autoritarismo. Solo así la unidad deja de ser miedo compartido y se convierte en convicción compartida.
En este contexto, las organizaciones cívicas no sustituyen a la política: la obligan a elevar su estándar. Iniciativas como el Foro y Frente Cívico y Social asumen esa responsabilidad al trabajar en el territorio, promover debate informado y articular ciudadanía, devolviéndole dignidad a la conversación pública.
La historia demuestra que los sistemas capturados no colapsan por sí solos. Cambian cuando una masa crítica deja de normalizar el abuso y decide organizarse alrededor de una idea clara de país. Ese proceso no siempre regala victorias inmediatas, pero evita derrotas irreversibles.
Por eso, el desafío no es solo resistir un sistema agotado, sino imaginar y construir, con paciencia y firmeza, el país que debe reemplazarlo. Cuando el proyecto de nación precede al poder, el poder deja de ser botín y vuelve a ser lo que nunca debió dejar de ser: un mandato temporal al servicio de la República.
Y cuando una sociedad recupera esa idea —que el Estado no se hereda, no se reparte ni se usa; se administra y se sirve— comienza, de verdad, el camino de la liberación.
Despierta, RD
jpm-am

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Este tipo de análisis devuelve esperanza, no por prometer soluciones rápidas, sino por apostar a lo correcto y duradero.
Este artículo invita a una madurez política que el país necesita con urgencia. Gracias por ese llamado.
El énfasis en la presión cívica organizada es fundamental. Sin sociedad activa, no hay democracia real.
Ojalá más espacios se atrevan a publicar reflexiones así, que ponen el foco en lo estructural y no en lo superficial.
Este texto debería circular más. Ayuda a entender por qué tanta gente se siente frustrada
La idea de que el proyecto debe preceder al poder es clave. Sin eso, todo gobierno termina repitiendo los mismos vicios.
Leer esto es un recordatorio de que la política debe servir al país, no secuestrarlo. Gran aporte.
Muy acertado señalar que el problema no es electoral, sino moral. Ahí está la raíz del desgaste democrático.
Este artículo devuelve dignidad a la conversación pública. No apela a emociones fáciles, sino a conciencia y responsabilidad cívica.
Excelente reflexión: sin proyecto de nación, cualquier cambio político es solo maquillaje. Gracias por elevar el nivel del debate.
Un texto valiente y profundamente necesario. Pone palabras a un cansancio que muchos sentimos pero pocos se atreven a explicar con tanta claridad.