Preguntas incómodas sobre la crianza (OPINION)

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La Autora es escritora e ingeniero. Reside en Santo Domingo

POR E. MARGARITA EVE 

Hay lecturas que no se leen con prisa porque obligan a detenerse y pensar. 10 cosas que habría querido saber antes de enfrentar el mundo real, de María Shriver, fue una de ellas para mí. En especial dos capítulos que no ofrecen consuelo: El matrimonio implica trabajo pesado y los hijos sí afectan nuestra carrera. Criar no es un ideal romántico, es una decisión que atraviesa toda la vida.

Esa lectura me llevó a una verdad personal. Durante muchos años estuve enfocada en mi carrera, persiguiendo sueños y construyendo proyectos. Por eso decidí ser madre más tarde. No fue ausencia emocional, fue conciencia. Sabía que traer un hijo al mundo implicaba tiempo, atención y una presencia que no se puede delegar.

Cuando finalmente tomé esa decisión, también tomé otra igual de importante: detenerme. Estar. Acompañar de cerca el desarrollo de mi hija. No renuncié a mis sueños, los reorganicé. Comprendí que crecer no siempre significa avanzar rápido y que, a veces, quedarse es una forma más honesta de avanzar.

Con el tiempo entendí otra lección silenciosa: saber soltar. Estar presente no es controlar cada paso, sino acompañar con atención y límites sanos. Permitir que los hijos sean quienes son, dentro de lo que su edad permite, también forma parte de una crianza consciente y responsable.

Nada de esto es improvisado. Estas reflexiones también las desarrollé en mi libro «30 consejos prácticos para la madre de hoy», donde parto de una premisa fundamental: los niños no vienen con un manual debajo del brazo. Esa ausencia de certezas no nos libera de responsabilidad; por el contrario, nos exige informarnos y formarnos de manera constante.

En ese mismo libro planteo otra idea que considero esencial: tener hijos es una decisión sin retorno. No se trata de miedo ni de renuncia, sino de conciencia. Por eso debe pensarse con profundidad, honestidad y disponibilidad real de tiempo, presencia y compromiso.

Las cifras globales confirman una realidad incómoda. Organismos internacionales advierten que millones de niños han sido víctimas de abuso sexual en distintos países del mundo. No se trata de casos aislados ni de realidades lejanas, sino de un fenómeno transversal que atraviesa culturas y contextos sociales.

A esto se suma una amenaza menos visible. El abuso hoy también ocurre a través de las redes sociales, donde niños y adolescentes pueden ser expuestos, manipulados o contactados sin que los adultos lo sepan. La vida digital exige la misma vigilancia consciente que la vida fuera de las pantallas.

Hablar de esto no es una teoría para mí. Estar cerca y alerta me permitió proteger a mi hija en situaciones que otros habrían pasado por alto. No ocurrió en escenarios extremos, sino en espacios cotidianos. La presencia consciente no es miedo, es prevención.

El caso de la niña Brianna en la República Dominicana nos confronta precisamente con eso. No solo por la gravedad del hecho, sino porque nos obliga a preguntarnos qué tan presentes estamos como adultos. Más que indignación momentánea, deja una reflexión pendiente.

Pensar que estas situaciones solo ocurren en ciertos entornos es una negación peligrosa. En Inglaterra, Charles Spencer, hermano de la princesa Diana, confesó públicamente haber sufrido violencia en su infancia. El abuso no distingue países, clases sociales ni apellidos.

Brianna deja una pregunta abierta más que una acusación. Esto puede ocurrir en cualquier lugar y con una frecuencia que ya no puede ignorarse; la perversión no tiene sexo ni edad. Tal vez el desafío más profundo no sea solo reaccionar cuando el daño está hecho, sino pensar qué medidas, presencia y responsabilidad adulta estamos dispuestos a asumir para proteger a la infancia.

emargaritaeve@gmail.com

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