Debería haber escrito un texto para mi amigo Pedro Peix, pero no sé por qué he vuelto a escribir sobre “Cartas a Evelina”, ese libro insomne de Francisco Moscoso Puello, en cuya cresta airada se encaramó toda la decepción nacional que venía echando fuego desde el siglo XIX, y que en las tres primeras décadas del XX se hizo ideología. Quizás porque Pedro simboliza un portazo del pensamiento contemporáneo, y un verdadero monje de clausura en lo que respecta a su práctica como creador y a la idea que tenía de sí mismo.
Todo cuanto lo conmovía era el arte, sus únicas armas eran las palabras, lo que anhelaba su alma rebelde era la libertad sin cortapisas, su pasión no era otra cosa que una condena al tiempo sin memoria, y una insolente diatriba contra la quiebra de la razón. Pedro era un hombre incapaz de engañarse, de olvidar; con suficiente coraje como para refugiarse en su verdad solitaria.
¿Cuál es, en definitiva, el desgarramiento de este libro que sobre construye la esencia de una identidad en lo escandaloso, en la ausencia de vida institucional, en el desorden y la ofuscación de la particularidad dominicana; armado de una purga emotiva, desmontando pieza a pieza la fiesta negra de nuestra historia?
Abrumado por la tiranía de un ideal, Francisco Moscoso Puello deja filtrar una mirada aguda que parece extraer fuerza de un bello sueño interior. La amargura que se le ha atribuido a este libro es la comprobación angustiosa de que entre nosotros lo normal es la quiebra de la razón, las grandes formas neutras de los lugares comunes, el triunfo arrollador de los oportunistas y logreros. Justificación profunda que se sustenta en un intento de situar la historia, al mostrar la realidad dominicana al desnudo, y desencadenar la desdicha dentro del espesor mismo del fracaso de la organización social. Signo que está inscrito todavía en la desvergüenza que sopla desde ese ayer sobre la política dominicana de hoy.
Y que un intelectual verdadero, auténtico creador, no podía dejar pasar. “Cartas a Evelina” es, por lo tanto, la proclama furiosa contra ese “largo exilio del país de la razón, del buen sentido y de la sana moral” que el pensamiento ha tenido que soportar, avasallado por la pragmática del poder. Exilio del pensamiento que predomina en nuestros días como un momento furtivo de la espiritualidad del dominicano, que ha sufrido tantos años de autoritarismo en la vida republicana, que todos los excesos del poder le parecen naturales.
Lo lastimero de ese libro, me ha parecido siempre a mí, es que la ironía transforma a su autor en un fantasma intelectual, frente a un país totalmente concreto, tan simple en su mismidad que desconcierta y pone a los pies de la fatalidad todo destino probable.
Quizás por eso frente a la muerte de Pedro he vuelto a leer “Cartas a Evelina”, ese texto insomne en cuya cresta airada se encaramó toda la decepción del pensamiento dominicano del siglo XIX. Talvez en esa ira sublime en la que el pensamiento angustiado se desdobla, encuentre yo aliciente para mi propia decepción y mi asco, que la muerte de Pedro Peix esclarece; porque en este presente de corrupción y degradación total, ya no es posible refugiarnos en la forja de proyectos o ensueños, o en la legitimación sublime de uno mismo.
¿Dónde encaja, en una sociedad semejante, el orgullo, la defensa a rajatablas de lo espiritual, el aura altiva de un escritor como Pedro Peix que no resigna su papel al entramado de un querubín deslucido para adornar los actos protocolares? Como Francisco Moscoso Puello, Pedro Peix estaba condenado a la soledad burguesa más irremediable. Nadie podía purgarlo de su rebeldía.
Resurgiendo como tragedia espiritual, al cerrar las páginas de “Cartas a Evelina”, me topo con ese terrible trance del presente. Quería escribir de Pedro Peix, tantos jenízaros blandieron sus cimitarras contra él porque había cometido el loco error de asumir la vida como una epopeya. Yo fui su hermano, nos reíamos, vivíamos en la palabra. A veces hojeaba su vida ante mí, y yo volvía en el acto a la imagen chata de un mosquetero. Es de Pedro de quien quería escribir, y he vuelto a “Cartas a Evelina”. ¡Oh, Dios!

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