La historia que cuento a continuación puede ser irrelevante para muchos lectores; pero quiero revelar que cuando mi padre falleció, antes de expirar y estando yo ausente, en su estado agónico, me vio parado al pie de la cabecera de su lecho.
Cuando ello aconteció, luego de unas vacaciones en Santo Domingo; ya había regresado a Nueva York. Un hermano que vive en Utah me telefoneó para darme la infausta noticia, pero, previamente, había presentido su deceso. Al celebrarse recientemente el Día de los Padres, con dificultad, quise abordar este tema.
Si en su agonía mi progenitor aseguró ver mi figura, ello obedeció a que partió hacia mejor mundo siendo presa de un mea culpa como consecuencia de prejuicios y complejos de una rancia sociedad que terminó doblegando su nobleza. Sí, porque aunque nunca compartí con él en un hogar, lo veía con cierta frecuencia. Nunca tuvo dudas sobre quién era yo; estaba orgulloso de mí y al margen de sanos consejos siempre me agenció los libros que necesitaba, y cumplió con otras necesidades.
Antes de fallecer-ya sabíamos de sus malestares-, paseábamos por la peatonal calle El Conde y visitábamos su lugar preferido, que es también el mío: La Cafetera. En el establecimiento, les decía a sus amigos que yo era su hijo mayor.
Es irónico que este hombre afable, buen conversador y bella persona, siempre-como me comentaban-hablará de mí con sus amigos y que, aunque tuviera gran parecido físico con él y sus familiares, por atavismos de la clase media alta; apellido todavía sonoro y cierto status social, no se atreviera a presentarme en su lar de matrimonio.
Debo confesar que debido a esa falla-no soy el único-,muchos de nosotros provenientes de hogares monoparentales, tutelados sólo por una madre de la que llevamos orgullosamente su apellido, hemos atravesado por muchas vicisitudes porque hasta gente que se supone inteligente, en una sociedad atrasada como la nuestra, todavía habla de bastardías, e “hijos de la calle”.
Por eso cuando nació Lenin Arturo, no de un matrimonio ni de hogar alguno; comprobando su autenticidad por señales y rasgos físicos, en lo inmediato, lo reconocí como mi hijo. Tal vez para muchos esta historia, no es trascedente, pero quiero dejarles un mensaje a los futuros padres.


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