Jamás he hecho alarde de comunista, marxista o de izquierda, o abanderado de un ultranacionalismo descerebrado o de matices patológicos. Jamás he abrazado causas extremistas y divorciadas de conciencias sanas y de provecho colectivo para la sociedad dominicana de estos tiempos y los del porvenir.
Para mí, esas causas e ideologías abyectas han fracasado de extremo a extremo, de norte a sur, de este a oste. En todas partes solo han parido y ejecutado destrucción, robos, atrasos, exclusión, y hasta esclavitud.
Con un solo ejemplo basta, Cuba, Venezuela, Camboya, Nicaragua, Argentina y Corea del Norte. China es la excepción.
Jamás confiaré en el supuesto amor por nuestro país que pregona el nieto del tirano Rafael Leónidas Trujillo, aunque no dudo de su entero desprecio hacia las huestes haitianas. El mismo desprecio que siento yo por la descontrolada inmigración y su presencia permanente en nuestro territorio. También es el mismo desprecio por la perversa fusión de la isla, preconizada por algunas potencias occidentales.
Voy al grano. Lo que no entiendo ni entenderé jamás, por qué la Junta Central Electoral nuestra aprobó un partido político al señor Ramfis Domínguez Trujillo, en base a qué parámetros organizativos, administrativos o de méritos nacionales. No, no lo entenderé nunca.
Jamás comprenderé las razones en que se basó la JCE para reconocer el partido de Ramfis Trujillo, porque a mi juicio su entelequia política no satisface los requerimientos legales para su aprobación, y él, de por sí, no es un factor de equilibrio y salud para nuestra democracia. No puede exhibir ningún mérito social e histórico en este país durante los últimos 30 años. No ha hecho nada por este pueblo, sólo hablar y hablar, y prometer falsamente la redención de los irredentos de ahora.
Ese Ramfis es un falso profeta que persigue engancharse en la Presidencia de la República para revivir el nefasto trujillismo.
Quizás lo único sano y conveniente para el interés colectivo es el antihaitianismo que profesa y exhibe a carcajadas anchas, el nieto del dictador felizmente eliminado el 30 de mayo de 1961, acompañado de su deseo de parar o eliminar de cuajo, la inmigración masiva de los haitianos a suelo dominicano, heredado, quizás, del mismo pensamiento y accionar de su abuelo. Si Trujillo mató 37 mil haitianos, si Ramfis resultare llegar a la Presidencia, mataría, de entrada, 370 mil intrusos.
Es para mí, su única divisa, su única carta de presentación. Después no veo en él otras virtudes, otros dones y otros sanos y convenientes propósitos para nuestra imperfecta democracia y para el bienestar colectivo. Pero por suerte, él no llegará a la Presidencia de la República, por lo menos en los próximos 20 años.
Y si un día, Dios nos libre, Ramfis asciende al poder cimero político, nos joderemos todos, porque su pensamiento y deseo es emular y reinventar al generalísimo en un gobierno de fuerza, oprobio y muerte.
Su mente solo discurre y cavila los propósitos de reivindicar las acciones y actitudes de su abuelo.
Creo que tener a Ramfis de presidente, un día cercano o lejano, sería para el país un gran retroceso, una maldición extrema que nosotros no necesitamos ni merecemos. Por suerte nuestro sistema y discurrir democrático ha madurado lo suficiente, en los últimos 60 años, y contamos con muchos jóvenes y experimentados líderes y dirigentes políticos para asumir esas responsabilidades, y para impedir cualquier amenaza del nieto del tirano Trujillo.
jpm-am