POR JULIO MARTINEZ
Un recorrido por República Dominicana revela el abandono institucional y la falta de planificación urbana que afecta a nacionales y visitantes
Recientemente emprendí un viaje a mi tierra natal, República Dominicana, con la ilusión de mostrarle a mi esposa de origen chileno las bellezas y encantos del país que me vio nacer. Lo que comenzó como un reencuentro emocional con mis raíces, terminó convirtiéndose en una dolorosa confrontación con una realidad que muchos dominicanos residentes en el exterior experimentamos al regresar: un país irreconocible, donde la ausencia de planificación urbana y señalización básica refleja un mensaje tácito pero contundente: los dominicanos no valemos ni un letrero.
El Cibao: nostalgia convertida en decepción
Nuestro periplo inició en el Cibao, específicamente en Constanza, un municipio que guardaba en mi memoria como un paraíso de naturaleza exuberante donde solíamos ir de excursión a «La Confluencia» en los años 70. Mi primera sorpresa fue lo accidentada de la carretera, pero mayor fue mi consternación al descubrir la absoluta ausencia de señales de tránsito y la presencia de peligrosas zanjas sin protección alguna.
En estas condiciones, resultó imposible disfrutar del majestuoso paisaje montañoso que caracteriza a la zona. Mis ojos y sentidos permanecieron fijos en la carretera, mientras mis manos se aferraban al volante con tensión. Para colmo, apenas encontramos un mirador al llegar al pueblo, privándonos de la experiencia contemplativa que esperábamos.

Jarabacoa presentó un contraste interesante: un municipio visiblemente más organizado y limpio, con comunidades adineradas exhibiendo mansiones dignas de Hollywood. Sin embargo, incluso esta zona privilegiada sufre del mismo mal endémico: señalización deficiente y escasa.
Los pocos letreros existentes tienen tipografía diminuta, imposible de leer hasta estar prácticamente debajo de ellos. Durante la noche, el problema se agrava considerablemente, pues estas señales suelen estar colocadas debajo de semáforos, haciendo que el reflejo de las luces las vuelva completamente ilegibles.
Valverde
Continuamos hacia Mao (Valverde), mi pueblo natal, buscando llegar con luz natural para visitar a mi tía Beatriz y primos, los únicos familiares que me quedan en la provincia. Decidimos pernoctar allí porque, como bien saben quienes conocen el país, conducir de noche por carreteras dominicanas equivale a una ruleta rusa: motocicletas, automóviles y camiones circulan frecuentemente sin luces, creando situaciones de alto riesgo.
Al llegar a Mao, experimenté la mayor decepción de mi vida. El pueblo de mi infancia, completamente irreconocible, ha sido víctima de una arrabalización extrema. Las aceras han desaparecido, ocupadas por construcciones informales. Calles que antes continuaban ahora terminan abruptamente porque alguien decidió edificar al final.
El antiguo canal o «zanja», como lo llamábamos popularmente, prácticamente ha desaparecido bajo estructuras improvisadas: se han tomado ambos lados y hasta han construido plataformas encima, creando viviendas sobre el mismo cauce.
El caos urbanístico es tan severo que, con profundo pesar, no pude ubicar la calle ni la casa donde nací. Casi ninguna vía posee letreros o identificación alguna. Los políticos han permitido la degradación sistemática de mi pueblo, y la decepción que experimenté fue tan intensa que, honestamente, no deseo volver.
Esta situación se replica en Navarrete: calles sin identificación y autopistas que súbitamente se integran a barrios residenciales. Mi memoria no registraba semejante desorden; evidentemente, la falta de planificación ha creado un entorno irreconocible.
El terror de las carreteras
El verdadero pánico, sin embargo, se apoderó de nosotros al dirigirnos hacia Puerto Plata, tomando la vía del túnel. Es aquí donde se evidencia claramente que el problema no radica en los ciudadanos comunes, sino en la negligencia gubernamental y la complicidad de las autoridades.
Desde la carretera Duarte, han permitido la proliferación de asentamientos informales a orillas de la vía, sin planificación alguna. Estos residentes se incorporan a la carretera caminando o conduciendo sin precaución, generando condiciones para accidentes fatales. Una gestión responsable habría contemplado la creación de vías marginales, entradas y salidas elevadas, y una organización urbana que permitiera proveer servicios básicos a estas comunidades de manera ordenada y segura.
Camino a Puerto Plata, mi ansiedad alcanzó niveles alarmantes al observar casas construidas prácticamente sobre la carretera, incluso en curvas peligrosas donde, increíblemente, se estacionan vehículos. En la llamada «autopista turística», la situación es tan crítica que, si un residente tropieza al salir de su vivienda, caería directamente sobre la autopista. Todo esto sin mencionar la ausencia absoluta de señalización preventiva para curvas o condiciones peligrosas.
Resulta imposible creer que las autoridades desconozcan esta realidad. Estos mismos funcionarios recorren el país haciendo política, pero parecen ciegos ante los evidentes peligros que ellos mismos han permitido.
El Este
Si la situación en el norte resulta preocupante, el Este del país presenta contradicciones aún más alarmantes. San Pedro de Macorís fue la excepción positiva, con calles identificadas y una organización urbana relativamente funcional.
Sin embargo, La Romana, ciudad eminentemente turística, carece casi por completo de letreros en sus calles. Los pocos visibles en carreteras están fabricados con un material similar a cinta blanca que la brisa erosiona rápidamente, dejándolos prácticamente ilegibles.
Al llegar a Punta Cana, ya caída la noche, experimenté un terror genuino en la carretera Coral cuando las líneas divisorias de carriles desaparecieron completamente de mi vista. Desesperado, busqué refugio en el primer hotel que encontré, dispuesto incluso a dormir afuera si era necesario. Afortunadamente, había disponibilidad.
Allí mismo nos enteramos de una tragedia reciente: ese mismo domingo por la mañana, un autobús había atropellado mortalmente a dos hermanos, hijos de un profesor de la UASD, precisamente porque el conductor no pudo distinguir los carriles, tal como me había sucedido a mí.
Miches, El Seibo y Hato Mayor
Nuestro viaje continuó hacia Miches, El Seibo y Hato Mayor, donde la situación no presentó mejoras: ausencia total de letreros en las calles, y los pocos existentes han perdido las letras o no son fosforescentes, dificultando enormemente la orientación. Precavidamente, salimos temprano para evitar que la noche nos sorprendiera en estas condiciones, aunque casi nos alcanzó llegando a Juan dolió, donde la infraestructura parecía algo mejor.
La experiencia fue tan desalentadora que perdí todo interés por regresar a El Seibo o Hato Mayor. El caos es simplemente insostenible. Los políticos, rehuyendo el costo político de implementar regulaciones urbanas, han permitido la arrabalización generalizada del país.
Caminar por las aceras resulta imposible, pues estas han sido ocupadas o simplemente no existen. La contaminación sónica y la anarquía en el estacionamiento de vehículos hacen el desplazamiento una odisea para locales y visitantes.
Samaná: un destello de esperanza entre el caos
Finalmente llegamos a Samaná, donde encontré un remanso de belleza que me enamoró. Su bahía y la calle son más alentadoras. En la Terrena solo la calle del El Portillo fueron los únicos espacios que pudieron destacarse positivamente en nuestro recorrido. El resto del pueblo, lamentablemente, sigue sumido en el mismo caos urbanístico.
Reflexioné que quizás mi percepción habría sido diferente si hubiésemos ingresado por El Portillo, por donde efectivamente salimos, pero el daño estaba hecho. Continuamos hacia Nagua y luego a Santo Domingo, notando que incluso las carreteras nuevas ya están siendo flanqueadas por asentamientos irregulares que inevitablemente comprometerán su funcionalidad y belleza.
Una dolorosa conclusión
Este recorrido por mi patria me confrontó con una realidad desoladora: para el sistema dominicano, quienes residimos en el exterior «no valemos ni un letrero». La ausencia de señalización básica no solo representa un inconveniente logístico, sino que constituye una metáfora dolorosa del abandono institucional que sufre la ciudadanía.
Esta deficiencia hace prácticamente imposible la orientación tanto para dominicanos no residentes como para extranjeros, creando además condiciones peligrosas que cobran vidas innecesariamente. Mientras países vecinos y naciones en desarrollo implementan sistemas de señalización como elementos básicos de infraestructura, y ni las casas posee números o direcciones claras República Dominicana parece asumir que sus ciudadanos pueden y deben navegar en el caos.
Mi tristeza es doble: por no poder mostrar con orgullo a mi esposa el país que imaginaba conservar en mi memoria, y por comprobar que, para quienes tomamos la difícil decisión de emigrar, el mensaje tácito es claro: somos invisibles, no merecemos ni siquiera la orientación básica que proporciona un simple letrero.
Es tiempo de que las autoridades comprendan que la planificación urbana y la señalización no son lujos estéticos, sino derechos ciudadanos fundamentales que reflejan el respeto que un gobierno tiene por sus gobernados, residan donde residan.
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