Todavía en el último cuarto del siglo pasado, la oligarquía arropaba con su manto de poder omnímodo a todo el escenario económico, político y social, de forma tal que terratenientes, financistas y grandes comerciantes decidían todo lo relacionado con el Estado y la economía.
Representantes o servidores de ese sector dirigían de manera directa la política monetaria, recogían los tributos y decidían desde el Poder Ejecutivo que hacer en materia de control social, con dominio también sobre los aparatos represivos del Estado.
La burguesía, que tuvo carácter de insipiente desde el ajusticiamiento del tirano, inició su ascenso a partir de un decreto ley que emitió el presidente Joaquín Balaguer en 1990, que dio formal apertura a la economía, hasta ese momento cerrado bajo el lema del mercado nacional para el producto criollo.
La burguesía crece y se consolida como clase social porque la economía también ha cambiado y dejado atrás los tiempos del monocultivo, la maquila y el monopolio en las importaciones. Ahora se multiplican las industrias, los servicios y se diversifican las exportaciones.
La segunda y tercera generación del otrora liderazgo oligarca, son ahora jóvenes burgueses que invierten los capitales de sus padres en actividades relacionada con mano de obra intensiva y uso de la tecnología. Atrás quedaron los hatos, los dineros frisados y del estrecho círculo del comercio mayorista.
A pesar de que la burguesía dominicana es la beneficiaria directa del crecimiento que ha experimentado el Producto Interno Bruto (PIB), de 19 mil millones de dólares en 2004, a más de US$60,000 al día de hoy, no puede decir que haya rebasado su condición de clase dominante a clase gobernante.
Se supone que la burguesía irradie su ideología al aparato del Estado y su cultura política a toda la sociedad, a través de las instituciones públicas, los partidos, la academia, en el entendido de que los burgueses están en las empresas y no en otra parte.
Preocupa que muchos jóvenes, cuyos padres o abuelos formaron parte de la “rancia oligarquía” expresen conducta política, económica y social, como si fueran sus mayores, al punto de creerse que por ser dueños de los hatos también lo son de todas las personas o bienes materiales que se sienten sobre la tierra.
El extraordinario crecimiento de la burguesía dominicana en los últimos 25 años no ha producido una clase obrera o proletariado en término cualitativo, aun cuando la economía dispone de una mano de obra relativamente bien entrenada, pero no del tipo de proletario consiente de su posición social. Por eso escasean los sindicatos.
La burguesía será como el bejuco que crece alto pero con raíces débiles, a menos que entienda su auténtico rol en la sociedad, que no es el de sustituir a la clase política ni el de negarle a los trabajadores su desarrollo como tales, ni mucho menos, pretender reeditar el comportamiento económico, político y social propio de la oligarquía.
El ejemplo más contundente, de que importante estamentos de la burguesía dominicana aun no superan la conducta de sus mayores, lo presentó esta semana un influyente empresario que personalmente acompañó a un subalterno a inscribir su candidatura ante la JCE.
JPM