En los últimos días hemos recibido una torrentera de insultos por parte del señor Odalis Pérez, a raíz de la presentación de un libro de mi autoría y del homenaje que le hiciera en la ocasión al Dr. Marino V. Castillo, la Academia dominicana de la Lengua, el 10 de diciembre del año que acaba de concluir. (Véase Acento, Almomento.net). La andanada de ultrajes también ha alcanzado al Dr. Castillo y al Dr. Bruno Rosario Candelier, director de la Academia. Para mis compañeros de patíbulo, se trata de una circunstancia cubierta de incertidumbre. Yo, en cambio, tropiezo muchas veces con sus parrafadas sulfurosas. Que proteste si presento un libro, cosa, a la que al parecer no tengo derecho. Que se sulfure y llene los diarios de infamias, si no está de acuerdo con un homenaje o con un acto en el que yo participe. Porque los libros y los homenajes los pone él. Pero, ¿quién se ha creído este señor que es?
Desde la publicación de su primer libro, no he parado de preguntarme si este sujeto anda bien de la cabeza.
¿Qué debemos pensar de alguien que escribe un libro contra otra persona? Probablemente se halla impulsado por la envidia, por el odio, el deseo de destruir a la persona, por el resentimiento, y desde luego, por la idea de que su fechoría lo llenará de gloria. Todos esos demonios desfilan por la prosa de Odalís Pérez. Cuando escribió su primer libro, el libro con el que empieza una carrera literaria lo hizo para destruir mi reputación. Se trata del panfleto de un hombre completamente indocumentado. Que suplía su desinformación con repeticiones, citándose a sí mismo, con refritos y otros aburridos procedimientos.
Todo el esfuerzo que ha hecho este señor consiste linchar intelectualmente a una persona. Ser un asesino de reputaciones era su ambición. Y, además ser temido. Porque tiene una fama bien ganada de lengüetero, de lengua de máuser. Escribe con mucha saña, como si tuviese entre sus manos una ametralladora Thompson. La nombradía de este sujeto depende de su capacidad para odiar, para despreciar al otro. Tras disparar sus catapultas verbales tiene la sensación de que ha logrado sepultarnos completamente con una salva de insultos zafios.
Por lo general, emplea un pensamiento monosilábico. Un pensamiento hecho de palabras cohetes. Lleva un macuto cargado de palabras insultantes: trujillistas, fascista, nazi, xenófobos, racistas, bárbaro, partidario de una dictadura desaparecida hace medio siglo etcétera, etcétera. Se trata de un pozo nauseabundo cuya exposición nos muestra lo despreciable que puede resultar el alma humana. Pertenece el autor de esas líneas, a esos personajes que nos hacen preferir tratar con el perro o con el caballo, porque suelen ser muy superiores a este señor en nobleza y en gallardía. E incluso puede que nos sintamos mejor comprendidos por el pollino, el famoso burrillo de Platero y yo, que le aventaja grandemente en inteligencia y en sentido común.
¿Cuál es la utilidad de un libro contra alguien, que el propio autor dice que es un personaje que, intelectualmente, no vale nada, que no sabe escribir ni pensar? Si valgo tan poco como sustenta este teoriquillo porque desperdicia las pocas neuronas que tiene en descalificarme.
El señor Pérez se ha obcecado en atacarme. Nunca he respondido a sus necedades porque siempre lo consideré como un caso de la psiquiatría, y voy a demostrar por qué. Veamos. Tras escribir un panfleto para sepultarme, escribió un libro contra el escritor Andrés L. Mateo (El mito de la palabra) y luego ha escrito un libro contra José Rafael Lantigua y Leonel Fernández y todo el equipo del Ministro de Cultura de entonces. Dio a la estampa algunos pasajes de un libro que escribiría contra Diógenes Céspedes. Decididamente es un escritor parasitario. Como el chacal o la sanguijuela, vive de hacer daño. Desafortunadamente para esta mente esquizoide los hombres que se ha propuesto aplastar como a una cucaracha, permanecen vivitos y coleando; nos ha apuntado con la carabina de Ambrosio, una carabina sin tiros. Muchas personas que no le conocen el percal a este sujeto, no se atreven a decir claramente que este hombre delira, alucina, que, como en el cuento de Andersen, el Rey está desnudo.
Al igual que las memorias de Daniel Scherer , que le sirvieron a Freud para ilustrar unos de los casos más estrambóticos de paranoia a partir de una publicación ( véase “Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente” (1911) Freud s., Obras Completas, XII, Madrid, Biblioteca Nueva, 1984) estos panfletos de Odalís Pérez, podrían servirnos para estudiar unos de los casos mayores de desenfreno verbal en la sociedad dominicana. Tengo la impresión que estos libelos de un asesino imaginario, donde se expone los afectos, las obsesiones, los desprecios, los sueños reprimidos, los actos fallidos, el exhibicionismo, la castración son una de las mayores canteras para explorar las perturbaciones psíquicas del sujeto. Entre las memorias de Scherer que fueron el instrumento de Freud para ilustrar un estado paranoide y estos libros destructivos, corrosivos escritos por Odalís Pérez hay, desde luego, conexiones innegables:
- Pérez sueña que él no ha sido valorado por el país. Que es una víctima. Que la única fórmula para hacerse valer es matar a los que, según él, inmerecidamente gozan de una fama que debió pertenecerle completamente. Con poco esfuerzo se llega al delirio de grandeza.
- Luego el señor Pérez se considera un elegido para acabar con todos los intelectuales que no piensan como él, a los que él debe anular definitivamente; los demonios que debería combatir, que se hallan representados por las personas que ocupan un espacio que sólo pertenece a su pedantería y a su exhibicionismo nauseabundo.
- Predomina en este señor una mentalidad cargada de odio. A don Odalís no le interesa la verdad, ni le inquieta el conocimiento, lo único que le importa es su pobre persona. En la paupérrima obrilla de teatro que se ha montado, el señor Odalís Pérez, se presenta como el que ha vencido a don Andrés L Mateo, a José Rafael Lantigua y a mi propia persona, ha perdido el tiempo, denostando a personajes que él mismo dice que no valen nada. O, para decirlo, más concretamente combatiendo los fantasmas. Se trata , pues, de un intelectual inútil. Será necesario consagrarle un estudio a esta poderosa maquinaria de insultos expuesta en toda su obra, no para responderle a un pobre diablo, sino para hacerle una contribución a la psiquiatría.
He aquí uno de los pasajes más amenos del señor Pérez; hay que reconocerle una maestría en el discurso embrollado y en la capacidad para enmarañar las cosas. En Francia, se llama langue de bois, en España se dice que se trata de un tipo poseído por un rollo macabeo.
La ponderación y percepción anterior resume, sin embargo, la práctica política de un Estado-nación que respalda la actual institución social, jurídica y cultural en crisis; pero que también justifica una estética, una filosofía del lenguaje y un concepto de obra “homicida” del sujeto de derecho en la tardo modernidad. Y aquí es importante destacar que la servil retórica inherente al tipo de juicio citado, funciona ante todo como “política oportuna” para la sacralización, no sólo de un sujeto político o politiquero, sino de su propia ficción, fabulación y su condición moral etnopolítica. ( O. Pérez “La condición de la palabra política en República Dominicana” 6/1/16)
Cuando se examina lo que escribe este señor: su dispersión, su falta de coherencia, la incapacidad para mirar un punto sin marearse y sin marearnos, los interminables retruécanos; su arraigada pedantería; su tendencia a la digresión. A veces mientras expone una verbosa parrafada, se le meten emisoras de afuera. Esa borrachera desordenada de palabras, lo vuelve confuso, difuso y profuso. Hay gente que se deja deslumbrar por la palabrería de un hombre disperso. Otros se dejan intimidar por el carácter impetuoso y agresivo de lo que escribe este señor. Hay gente , en fin, que tienen tan poca valoración de sí mismos, y tan poca cultura psiquiátrica que suelen rendirse ante la palabrería de este señor. Ruido deshilvanado, sin argumentos. Hay que tener poca autoestima para convertirse en secuaz de un sujeto semejante.
En su último artículo (6(1/16), se refiere al Dr. Marino V. Castillo como “un sujeto de moral dudosa” ¿dónde están las pruebas de ese atentado al honor? ¿Estaría usted dispuesto a mantener esa postura ante los tribunales de la República, si le pongo una querella para que demuestre lo que dice? Si no las tiene, si no las suministra, entonces debo llegar a la conclusión de que, además, de difamador, quedará usted como un charlatán.
La violencia verbal no para mientes en consideraciones, luego de asociar a Rosario Candelier a la “barbarie”, remata con estos mandobles que son una muestra modesta del ejercicio del terrorismo intelectual que le caracteriza:
(Bruno Rosario) le ha propinado un “cacerolazo”, un “batazo”, un “puñetazo” en la cabeza a la intelectualidad, a la moral, a la educación, a la literatura, a la vida pública dominicana, al interiorismo, a la poética, a la estética
Que otras cosas peores pueden decirse en términos personales. ¿Se puede ser más desconsiderado, soez e irrespetuoso? Creo que este señor se empeña constantemente en batir su propio record.
No suelo dar consejos, pero si algún día se baja de su torre de marfil, le sugiero que escuche a Shakira, y que cante con ella: ¡No se puede vivir con tanto veneno! Pesa más la rabia que el cemento.

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