«En Santo Domingo no hay más que un pueblo que desea ser y se ha proclamado independiente de toda potencia extranjera, y una fracción miserable que siempre se ha pronunciado contra esta ley, contra este querer dominicano, logrando siempre por medio de sus intrigas y sórdidos manejos adueñarse de la situación y hacer aparecer al pueblo dominicano de un modo distinto de cómo es en realidad». Juan Pablo Duarte
Hace años en el Museo del Prado, contemplé el Sísifo de Tiziano, donde el legendario fundador de Corinto, se representa empujando una piedra cuesta arriba. La leyenda griega nos dice que antes de llegar a la cima, la piedra volvía a deslizarse cuesta abajo, repitiendo una y otra vez, el infame castigo que le habían impuesto los dioses del Olimpo. El destino de los dominicanos no ha sido distinto del que llevó Sísifo en el inframundo. En 1856, tras la batalla de Sabana Larga, y después de haber mantenido la Independencia, a sangre y fuego, durante 12 años, los ejércitos dominicanos llevaron a los haitianos hasta las fronteras de Aranjuez. Pero la piedra conducida hasta la cima heroica, volvería a rodar, y de nuevo volveríamos a enfrentar los desafíos de mantener la Independencia . Inmediatamente concluyó la batalla por la Independencia, comenzaron los conflictos fronterizos, perdimos los territorios de Las Caobas, Rancho Mateo, San Miguel de la Atalaya, el valle de la Miel por una incesante política de penetración y de conquista. Al rebasar las fronteras de Aranjuez, Haití paso de 21.085 km2 territorio heredado de la colonia francesa a 27.750 km2 en detrimento de los dominicanos. Nacimos encerrados con el enemigo en una misma isla. Es decir, que tenemos la misión permanente de preservar la independencia, manteniendo las tres fronteras:
- la frontera intrainsular, que salvaguarde el territorio histórico de los dominicanos; el único lugar del mundo donde los dominicanos podemos ser realmente libres; y acaso soñar algún día con ser felices.
- la frontera jurídica, que nos dé la autodeterminación como pueblo independiente, dueño de nuestro porvenir y amo de nuestras decisiones;
- y la frontera cultural, que defienda nuestra lengua, nuestra cultura, nuestras creencias, vale decir, nuestra identidad nacional, y que mantenga inalterable la lealtad que deben tener todos los dominicanos a los hombres y mujeres que el 27 de febrero de 1844 fundaron el Estado dominicano, y terminaron arrebatándole la libertad a las ambiciones de un enemigo avieso y hostil.
El rasgo principal de la Independencia dominicana es el equilibrio. Nacimos con la posibilidad permanente de perder el sentido inicial de nuestra vida, y con el peligro constante de ver rodar la piedra cuesta abajo, y ver deshecha toda la obra llevada a cabo por todas las generaciones pasadas. Nacimos con la probabilidad de revertir el proceso de Independencia. Es decir, con el riesgo de volver al pasado, de regresar en cualquier momento a 1822, a la ocupación del territorio por parte de los haitianos, a la ruptura del equilibrio que somos, al desvanecimiento de nuestra autodeterminación. Estamos, pues, condenados a mantener, sin treguas temporales, el esfuerzo llevado a cabo por aquellos hombres gloriosos que nos dieron la Independencia. Toda esta misión ha sido resumida por un merenguero, Fernando Villalona: “que los sepan los adentro, y lo sepan los de afuera, en tierra dominicana, no caben dos banderas”.
Cuando se le niega significación a la existencia que llevamos, cuando se considera que no vale la pena pertenecer a una nación, ni defender a un país, cuando se nos vende el embuste de que todos somos de todos los sitios, y que las naciones compaginan con un estadio superado de la evolución humana, llegamos al territorio del cosmopolitismo. Estas viejas ideas se presentan, ahora como un hallazgo. En las páginas de su ideario, Duarte nos advierte que los cosmopolitas, aquellos que menosprecian el patriotismo, nos han metido en un infierno. Esta viva entre nosotros esa idea. Ha sido asumida como un credo. Uno de sus trovadores internacionales, Mario Vargas Llosa, se ha convertido este año emblemático en el escritor laureado con el premio Pedro Henríquez Ureña, la más alta distinción internacional que otorga el país, precisamente por llamarnos hitlerianos, nazi, fascistas, por insultar al cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez y por haber colocado todo su prestigio de Nobel como instrumento de descrédito contra nuestro país. Del nacionalismo dice lo siguiente:
El nacionalismo es la cultura de los incultos, una entelequia ideológica construida de manera tan obtusa y primaria como el racismo (y su correlato inevitable), que hace de la pertenencia a una abstracción colectivista -la nación- el valor supremo y la credencial privilegiada de un individuo. (Vargas Llosa: “Raza, caudillos y nacionalismo” El País, 16/1/06). En su ideario se define a sí mismo como “antinacionalista”, defensor del aborto, del matrimonio gay, del Estado laico, de la legalización de las drogas” (El País, 8/3/07). No tiene una pertenencia nacional. Porque se presenta como:” Peruano, latinoamericano, español, europeo” (Ídem). En resumidas cuentas, Vargas Llosa exhibe una nacionalidad de aeropuerto.
Hace años escribió un artículo en el diario español El País (véase “El mundo es ancho y ajeno” 9/3/97) para contradecir un artículo que yo había publicado en El Listín Diario (véase “La ceguera voluntaria”,25/2/97). En mi artículo me oponía a la desnacionalización del empleo y a que se le traspasen al pueblo dominicano las obligaciones sanitarias y educativas del Estado haitiano. Demagógico, irresponsable, Vargas Llosa justifica la invasión de nuestro territorio por los pobres de la tierra, y hace esta profecía: “me apresuro a pronosticar, con los aspavientos de un brujo haitiano de Site Soley, que aunque correrá sangre y habrá innumerables tragedias y padecimientos, los pobres ganarán inevitablemente esta guerra (y me alegro mucho de que así sea)”. ¿Y los pobres dominicanos no tienen derechos? A nosotros, desde luego, nos parecía absurdo, que se pretenda mantener, de manera permanente, al pueblo dominicano excluido de sus conquistas sociales, en nombre de los derechos humanos de un país extranjero. Se puede ser un gran escritor, y Vargas Llosa, sin duda lo es; y ser, al mismo tiempo, un idiota moral. Imagínese cuál sería el destino del país, si los que nos gobiernan asuman el enfoque de Vargas Llosa en las relaciones con Haití. Con las ideas de ese señor, Juan Pablo Duarte, no hubiera llegado a fundar al Estado dominicano.
Desde luego, que nos opondremos– aunque el Gobierno, agradecido por el maltrato, los premie– a aquellos que siguen clamando en todos los foros internacionales para que se resuelva en el territorio dominicano la desgracia del Estado haitiano.
Al igual que los héroes de opereta, entran a escena personajes ansiosos de ganar aplausos con nuestra desgracia. Se sienten imbuidos de una misión superior, la de salvar a un pueblo entero de la miseria, del abandono, de la degradación humana, del hambre y del olvido, plataforma para ganar el premio nobel de la paz. Así lo entendió el padre Christopher Hartley Sartorius, quien llevó a cabo la más extraordinaria campaña mundial, presentándose como un paladín de la justicia, y llegando a exigir una intervención internacional, que permitiera la desintegración del país y la implantación definitiva de todos los haitianos en la tierra prometida. En esos cálculos nunca se tomó en cuenta al pueblo dominicano. Nación a la que menosprecia, y la que, al parecer, carece de derechos. Ese personaje embustero, prepotente y desquiciado, pretendió fundar su gloria sobre nuestra ruina. Su heroísmo antidominicano, la insolencia que exhibió cuando se hallaba en el país, sólo puede ser comparable con los atropellos que padecimos del comisionado del ACNUR en el país, don Gonzalo Vargas Llosa.
En nombre de qué principios superiores puede considerarse nuestra existencia como algo absurdo, en nombre que cuáles normas internacionales del derecho deberíamos renunciar a la independencia nacional de 1844, perder los recuerdos y el suelo que sustenta nuestras vidas, considerar que toda nuestra historia no ha valido la pena, y convertir nuestro país en un albergue de locos donde nadie pueda ejercer plenamente la soberanía. Es que ¿Puede haber un sentimiento superior al que funda mi pertenencia a mi país, el derecho a defender la independencia, la identidad y la historia de lo que hemos sido los dominicanos, circunstancia de la que no podremos escapar? Defender una ideología, por muy redentora que sea, envolverse en la pertenencia a un partido, podría superar este sentimiento, encarnaría una superioridad moral? ¿En qué lugar colocaríamos entonces a los próceres que nos dieron la libertad, fundaron naciones y entregaron sus vidas para que exhibiéramos, orgullosos, nuestra bandera?
Vayamos al meollo.
¿Cuáles son los factores que pueden llevar a la disolución de esa Independencia?
- La mudanza del pueblo haitiano al territorio dominicano que deje sin efecto la unidad demográfica del Estado. A ese propósito se hallaba destinado el fatídico decreto 327/13 que suspendía sine die las deportaciones, que volvía conflicto judicial el ejercicio de la soberanía territorial del Estado, porque, así consta, el ilegal podía llevar a juicio su propia deportación. Por añadidura, la ley 169/14 que le otorgaba nacionalidad a los hijos de haitianos no residentes, que proclamaren haber nacido en el país, abría una circunstancia totalmente nueva, que podría aniquilar definitivamente los resultados históricos de la Independencia nacional, convirtiendo a la porción del pueblo haitiano que, con chantajes y presiones, se ha convertido en derechohabientes en el territorio nacional, en la plataforma para una fragmentación definitiva de la autodeterminación del pueblo dominicano.
- El desvanecimiento de la frontera geográfica. La frontera intrainsular con el único Estado fallido del hemisferio, sin obstáculos aparentes, se ha transformado en un colador. Todos los días se producen desplazamientos de niños, parturientas, delincuentes, trabajadores, enfermos, armas, contrabando, drogas. Los dispositivos militares y diplomáticos no han estado a la altura de las circunstancias; han fracasado radicalmente. A las amenazas a la seguridad que representa esta situación, se añade la destrucción del medio ambiente, los haitianos extraen del bosque dominicano más de 50.000 toneladas de madera por año para satisfacer sus necesidades; han exportado a tierra dominicana los mismos procesos que en Haití han destruido el territorio.
- La desaparición del reconocimiento internacional. Cada cierto tiempo llueven condenas en contra del Estado dominicano provenientes:
- de las ONG internacionales: Amnistía Internacional, Centro Kennedy, OXFAM etcétera, alimentadas por las ONG implantadas en el país, que se han transformado en el brazo interventor del poder extranjero.
- De los organismos internacionales: Organización de Estados Americanos (OEA), Secretaría de Naciones Unidas (ONU), Corte Interamericana de Derechos Humanos(CIDH);
- De las asociaciones de Estados: CARICOM, Union Europea;
- Y, desde luego, los informes anuales del Departamento de Estado de los Estados Unidos
La otra situación ha sido planteada por el propio embajador dominicano ante el Gobierno haitiano que plantea superar el conflicto, y pasando de la confrontación a la colaboración. Esta declaración grandilocuente merece ser esclarecida. Si cada una de las naciones se halla en su territorio histórico, si cada una de las Constituciones reconoce que el derecho de sangre. Dicho más claramente: que los hijos de dominicanos, sin que entren consideraciones territoriales, son dominicanos, y lo mismo acaece con el que nace en un vientre haitiano es haitiano. ¿Dónde se halla el conflicto, del cual, al parecer, los dominicanos resultan acusados, y además, culpables?
La Cancillería haitiana, las ONG y algunos organismos internacionales han convertido la debilidad de un Estado ocupado por tropas de las Naciones Unidas en un problema internacional, cuya solución se halla en la apropiación por parte de los haitianos de la República Dominicana
Y, finalmente la destrucción del relato histórico. Desconocer la historiografía nacional; anular la historia militar, las hazañas del pueblo dominicano por libertarse del yugo haitiano, el compromiso expresado en el Juramento trinitario de independizarse del influjo haitiano como objetivo permanente, y el surgimiento de una historiografía que no le sirve a la continuidad del Estado dominicano ni al mantenimiento de su Independencia y que destruye todas las lealtades.
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En resumidas cuentas: suplantada su población en los trabajos, en los hospitales, en las escuelas; destruido su territorio por las necesidades de la supervivencia haitiana; desdibujada la imagen internacional del Estado, tildándonos de nazis, racistas, y preparando la plataforma para el intervencionismo internacional y desvanecida la memoria de lo que somos, ¿qué quedará de nosotros? A cada generación le toca la misión de levantar la piedra, y recuperar el país. En los momentos en que la clase política ha abandonado el proyecto de nuestra continuidad. Pienso ahora en aquellos versos de Martí, cuando examinada el vacío que nos deja la pérdida de la patria.
¡Yo sé cuál es ese clavel sangriento
Que en la mano le tiembla! Está vacío
Mi pecho, destrozado está y vacío
En donde estaba el corazón