OPINION: Polonia y la visita de Trump
DANIEL EFRAIN RAIMUNDO
La visita del presidente de Estados Unidos de América, Donald Trump al país de Polonia no fue una casualidad. Regresó allí al punto de partida de lo que ambos países defienden. A muchos se les ha olvidado la historia. Y esa historia tan llena de aromas patrios nos hace viajar y viajar muy lejos ante el flagelo que vive hoy el mundo.
Sucedió en Polonia. Cuando en 1949 el gobierno comunista comenzó a construir la ciudad industrial de Nowa Huta, pasó por alto naturalmente la necesidad de una iglesia. Pero los devotos campesinos de la región, reclutados para accionar las máquinas y los altos hornos de las fundiciones, resultaron ser un material humano al que no se podía con facilidad desarraigar de su tradicional fe católica.
Tal presión ejerció el descontento popular que el jefe del partido y del gobierno, Wladyslaw Gomulka, anunció finalmente que los cien mil habitantes de Nowa Huta tendrían oportunamente su iglesia.
Significativamente –o por mero azar—se escogió para edificar el templo en espacio abierto en la esquina de la calles Marx y Lenin. Allí, en una vecindad formada por edificio multifamiliar para trabajadores, se alzó una cruz de madera, simbólica del lugar de adoración que se levantaría después.
Eso fue en 1957. Tres años más tarde, sin embargo, todavía no había iglesia, y las autoridades comunistas empezaron a hablar vagamente de escasez de material de construcción y de la necesidad de usar el poco disponible para nuevas escuelas.
La promesa empezaba asi a derrumbarse. Como en todos los países gobernados por demagogos. Las esposas de los trabajadores de Nowa Huta vieron a un piquete de obreros de obras públicas municipales acercarse ominosamente al lugar de la cruz. Captando instantáneamente que respondía a una orden oficial de remover aquel único y humilde asidero de su fe, se lanzaron a las calles cantando himnos y agitando improvisados cartelones en que se leía «Libertad de Religión».
Cuando la policía totalitaria llegó para restablecer el orden tuvo que usar gas lacrimógeno para disolver la multitud de más de 3.000 almas que se habían congregado en la pequeña plaza. Hubo lanzamiento de proyectiles callejeros; hubo lastimados de ambas partes. Y hubo, por supuesto, medidas de censura para evitar que se conociera el incidente.
El episodio es tan elocuente en su estricta veracidad y en su sencillez que casi no resiste el comentario. Es como una parábola evangélica trasladada viva a los tiempos actuales. Allí en Polonia, en una ciudad industrial modelo bajo el mando rojo del totalitarismo, se escenificó un choque trascendental entre las dos potencias que se disputaron el predominio de la conciencia humana.
Pero cuidado con las palabras. En este caso lo de «potencias» no alude precisamente a los poderes políticos del llamado mundo democrático y del bloque internacional comunista, por más que también hayan asistido al episodio. Se refiere a las filosofías –o formas de pensamiento—que inspiran una y otra posición en la vida.
Ahí está el meollo de la cuestión. De un lado la savia espiritual que alimenta en el hombre los sentimientos de moral, del amor, de la justicia; del otro, el materialismo que lo convierte en una máquina sin sentimientos.
La clásica lucha a muerte del rayo de luz contra la amenaza envolvente de las tinieblas.
Pero hay una lección más en el incidente/parábola de Nowa Huta. Y es que a la fuerza brutal del totalitarismo sólo puede hacérsele frente con la fuerza invencible de la fe. ¿Qué fe? Para aquellos trabajadores y sus mujeres, la que recibieron generación tras generación por las vías devotas del catolicismo. Gracias a ella, se sintieron con valor y decisión suficiente para desafiar, por una cruz de madera la policía totalitaria de Gomulka. Pero fue, en puridad de cuentas, la misma fe que cuatro siglos antes había sostenido a Lutero frente al emperador Carlos V para decirle en la cara: «Yo en esto creo. . . »
El sentido de la libertad le entra a Occidente por la puerta del cristianismo. Las estructuras jurídico-políticas que la convierten en vivencia real y tangible tienen necesariamente que fundamentarse en las razones espirituales de la fe. Donald Trump el norteamericano presidente está consciente de esa realidad. Por eso su vista a Polonia.
Ese, ni más ni menos, es el mensaje que los campesinos y mujeres de Polonia nos envían de nuevo hoy. Autenticado por el signo de la cruz.
JPM

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