Volver ya no es volver. Es aterrizar. Uno pisa Las Américas con el corazón en la maleta y la cédula en la mano, pero la sensación es otra. El olor a café recién colado sigue ahí, el “bienvenido a casa” del oficial de migración también, y la bachata del taxi no falla. Cambió el país. O cambiamos nosotros. O ambos. El resultado es el mismo: para los que vivimos fuera, República Dominicana se está volviendo un lugar que visitamos, no el lugar al que pertenecemos.
EL RITUAL DE LA DISTANCIA
Antes éramos “los que vinieron de Nueva York”. Había coro en la galería, sancocho al mediodía y preguntas que duraban toda la estadía. Hoy somos “los de allá”. Nos reciben con cariño, claro, pero es un cariño que marca distancia. Nos preguntan cuándo nos vamos antes de preguntarnos cómo estamos. Nos cuentan del primo que se casó, del vecino que murió y del colmado que cerró, como quien pone al día a un turista.
Y uno asiente. Asiente sin entender del todo. Porque los precios ya no son los que dejamos. Las calles tienen nombres nuevos y los viejos ya no llevan a donde iban. El “dime a ver” suena distinto. El tapón tiene otra lógica. La queja tiene otro tono. Nos convertimos en turistas con acento propio.
EL IMPUESTO INVISIBLE POR HABERSE IDO
Irse no fue un capricho. Fue una ecuación. Salario contra alquiler. Miedo contra tranquilidad. Futuro de los hijos contra promesas vacías. Nos fuimos porque quedarse dolía más. Pero regresar ahora tiene un peaje que no sale en el boleto de avión.
Es el peaje de pagar la cerveza más cara “porque ustedes ganan en dólares”. Es el peaje de hacer tres filas para renovar la licencia porque “el sistema ahora es así”. Es el peaje de no saber quién es el nuevo ministro, ni qué ley aprobaron ayer, ni por qué el parque donde jugábamos ahora es un parqueo.
La culpa es el otro impuesto. La culpa de no haber aguantado como aguantó mamá. La culpa de no entender el nuevo vocabulario de la calle. La culpa de llegar con maletas llenas y salir con el orgullo vacío. Y lo peor: es una culpa que no pedimos, pero que nos cobran en cada conversación.
UN PAÍS QUE NO MANDA CARTAS
República Dominicana avanza. Nadie con dos dedos de frente quiere que se quede estancada. El problema no es el cambio. El problema es que el país cambia sin narrarse hacia afuera. Sin incluir a los que se fueron con el cuerpo pero se quedaron con la cuenta de banco, con el nicho del abuelo, con la llamada diaria a la vieja.
Nos enteramos de la nueva ley por un titular. Del nuevo impuesto por un estado de WhatsApp. De la tragedia por un video que nos reenvían. Quedamos fuera de la conversación nacional y luego nos reclaman por opinar “sin saber”. Si hablamos, “tú no vives aquí”. Si callamos, “a ustedes ya no les importa”. Es un callejón sin salida con bandera dominicana en la entrada.
LA DIÁSPORA NO ES UN CAJERO AUTOMÁTICO
El país nos quiere en diciembre con maletas y regalos. Nos quiere en verano con dólares para la economía. Nos quiere para la foto del “dominicano ausente que nunca olvida”. Pero nos quiere menos en abril cuando preguntamos por qué subió la gasolina. Nos quiere menos cuando exigimos un plan real contra los feminicidios y no comunicados. Nos quiere menos cuando pedimos que la alerta verde del COE venga acompañada de drenajes que sirvan.
Ser de la diáspora no puede significar solo remesar y aplaudir. También es doler. Es indignarse porque el río que se desborda en San Cristóbal pasa por el patio donde aprendimos a nadar. Es exigir porque la escuela donde estudiamos sigue sin techo. Es reclamar porque el barrio que nos vio crecer hoy no deja dormir a los que se quedaron.
LA CÉDULA NO SE VENCE EN EL EXTRANJERO
Hay trámites que nos recuerdan que seguimos siendo dominicanos. Hay otros que nos gritan que ya no. Votar es una odisea con fechas imposibles y centros a cuatro horas. Invertir es un laberinto de permisos que desaniman al que más quiere poner un peso aquí. Heredar es un pleito que dura más que el duelo. Y al final, muchos tiran la toalla. No por falta de amor. Por exceso de trabas.
Nos piden que no olvidemos de dónde venimos. Nosotros pedimos que no nos traten como si nunca hubiéramos estado. La identidad no se renueva en la JCE. Se renueva cada vez que el país nos habla de frente y nos incluye en la oración.
VOLVER A TENER CASA
Nadie de afuera quiere privilegios. Queremos pertenencia sin factura escondida. Queremos que “dominicano ausente” deje de sonar a “dominicano ajeno”. Queremos que el Estado nos vea más allá de las estadísticas de remesas del Banco Central.
Volver a sentirnos de aquí pasa por cosas concretas. Pasa por consulados que resuelvan en vez de tramitar. Pasa por una ley electoral que entienda que la distancia también es territorio. Pasa por medios que cuenten el país completo, no solo el país que conviene. Pasa por familias que no nos midan el amor en libras de comida ni en pares de tenis.
El exilio más duro no es el que cruza el Atlántico. Es el que se vive en el barrio que te vio nacer, cuando saludas y te responden como a una visita. Cuando preguntas y te miran como si ya no tuvieras derecho a la respuesta.
Los de afuera seguimos diciendo “mi país” sin que nos tiemble la voz. Solo estamos esperando que “mi país” lo diga de vuelta. Sin condiciones. Sin reproches. Sin hacernos sentir extranjeros en la única tierra que sabemos llamar casa.


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Ustedes los de la diaspora tienen su arma de disuacion y no las usan «las remesas»
Envíen ese dinero en bítcoin u otra forma de envío y verán como les hacen casos los que mas se benefician son los que quieren que todo siga igual