No reciclemos lo que no funcionó
La política dominicana atraviesa un momento decisivo. El país ha cambiado, la sociedad es más informada, más exigente y menos tolerante a las promesas vacías. Sin embargo, una parte importante del liderazgo político insiste en comportarse como si el tiempo no hubiera pasado, reciclando figuras, discursos y prácticas que ya demostraron sus límites. Ahí radica uno de los principales obstáculos para el desarrollo institucional y democrático de la República Dominicana: la negativa de algunos líderes a entender que su ciclo histórico ya concluyó.
Durante décadas, varios dirigentes tuvieron la oportunidad real de conducir el Estado. Ocupaban posiciones de poder, manejaron presupuestos históricos y contaron con respaldo político suficiente para impulsar transformaciones profundas. No obstante, los resultados, medidos en niveles de satisfacción ciudadana, calidad de los servicios públicos, reducción de desigualdades y fortalecimiento institucional, quedaron por debajo de las expectativas sociales. Esa es una realidad que no puede maquillarse con nostalgia ni con campañas de marketing político.
Aun así, lejos de asumir una retirada digna, muchos de esos actores se resisten a la idea de pensionarse políticamente. Continúan ocupando espacios, controlando estructuras partidarias y bloqueando el surgimiento de nuevos liderazgos. Esta conducta no solo es un acto de egocentrismo político, sino una forma de irresponsabilidad histórica: impide la renovación, desalienta a las nuevas generaciones y perpetúa una cultura política anclada en el siglo pasado.
El reciclaje político no es sinónimo de experiencia; muchas veces es simple repetición del fracaso. No se trata de negar los aportes que algunos líderes pudieron hacer en su momento, sino de reconocer que el país del siglo XXI demanda otras respuestas. Hoy se requieren dirigentes con visión tecnológica, sensibilidad social, comprensión del mundo globalizado y capacidad para gobernar con transparencia, datos, participación ciudadana y ética pública.
La nueva generación política dominicana no pide improvisación ni aventuras. Pide oportunidad. Pide espacios reales de decisión, no cuotas simbólicas. Pide romper con el caudillismo, con el personalismo extremo y con la idea de que la política es patrimonio de apellidos, grupos o generaciones específicas. La democracia madura cuando quienes ya cumplieron su rol saben dar un paso al costado y facilitar el relevo.
Pensionarse políticamente no es desaparecer; es un acto de grandeza. Es pasar de protagonistas a referentes, de aspirantes eternos a consejeros responsables. Es comprender que el liderazgo verdadero también se mide por la capacidad de dejar legado, no por la obsesión de permanecer.
La República Dominicana no necesita reciclar lo que no funcionó. Necesita apostar por una política renovada, audaz y coherente con los desafíos del presente. El futuro no se construye mirando constantemente al retrovisor. Se construye abriendo camino, dando paso a nuevas ideas y entendiendo que, en política como en la vida, saber retirarse a tiempo también es una forma de servir al país.
jpm-am

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