En 2016, el señor Roberto Salcedo Gavilán cumplirá catorce años al frente de la Alcaldía de Santo Domingo. Justo es pensar que estuviera recogiendo sus bártulos para retirarse, y hasta pareció que así
fuera, dado el silencio en que se mantuvo hasta hace poco. Pero de unos días para acá se ha comprobado que el abnegado funcionario quiere sacrificarse otros cuatro años en el cargo.
El ánimo se lo ha inyectado un acuerdo firmado a lo interno del Partido de la Libración Dominicana, según el cual, en dación de pago por aprobar la reelección del Presidente, los legisladores recibirán, entre otros beneficios, la repostulación. Por extensión, el acuerdo impuesto por el comité político incluye repetir en sus puestos a los alcaldes.
“Mantener a los actuales incumbentes de las alcaldías y de los distritos municipales, siempre y cuando se demuestre un buen posicionamiento electoral en sus respectivas comunidades. En este caso se excluyen las candidaturas reservadas para fines de alianzas”. Este punto, el quinto, animó a Salcedo a colmar de su propaganda la ciudad.
Salcedo no ha sido el más gracioso de los comediantes, pero sus logros en esa labor superan ampliamente los méritos acumulados en su gestión como ejecutivo de la ciudad más antigua de América. En más de
500 años nunca se vio más sucia y abandonada la urbe que fuera sede del primer cabildo, el primer arzobispado y la primera universidad.
En Santo Domingo, algunos opinan que el alcalde gobierna a contracorriente: sólo emprende acciones que puedan generar rechazo de los munícipes, mientras descuida cuestiones elementales como el aseo
de la ciudad. Los desperdicios abundan por doquier, sin excluir escuelas ni hospitales ni los lugares visitados por turistas.
Pregúntele al alcalde por los mercados y le hablará de cuantos bobillos encenderá en la “brillante navidad”, un parque de luces muy costoso y molestoso, abundante de ruido y entorpecedor del tránsito en
un punto céntrico de la ciudad. O hablará de las piscinas con las que emboba a los pobres en Semana Santa, los mismos que viven entre desperdicios y aguas negras.
Sin importar el atropello al Conservatorio Nacional de Música, restándole espacio y tranquilidad, Salcedo hizo construir un anfiteatro cuya instalación motivó amplio rechazo en la población.
Pero el alcalde no se percató de que era una obra improcedente, que nadie estaba esperando. Pregúntele de los árboles sacrificados, de las zonas verdes eliminadas.
La gestión de Roberto Salcedo ha sido una burla contra los munícipes, y tanto lo ha sido que en su propaganda proclama que “Roberto es cambio”. ¿Cambio? De verdad, los capitaleños quieren cambio, por
eso, ante la abrumadora contaminación visual puesta por el propio alcalde, muchos han exclamado: ¿Más Roberto? Ufff.
rafaelperaltar@gmail.com
of-am

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