El adjetivo, invento de cuando las palabras se encontraban sujetas al foso de la mudez, surgió a la luz de la comunicación como un grito de la vida, a falta de palabras que se articulasen, le contaminaron en la fragua del lenguaje y le robaron su esencia. Un sustantivo no soporta la carga de tres adjetivos. Calificar al nombre resulta actividad que proviene de la aridez de la anécdota o de la intromisión del autor en lo que debe ser tarea del autor. Cuando el lector participa de la lectura sin insinuaciones del autor, el lector llega a conclusiones que el autor no sospecha, lo convierte en parte del acontecimiento y lo enriquece. Quien más apunta con el dedo al adversario ante el ejemplo de la crítica , es quien menos se esfuerza, lo que puede ser tema de discusión, se convierte en riña. En el jardín de la palabra, el adjetivo es la rosa que porta espinas, su manejo requiere tacto. El turismo conspira, nos venden un lugar que nos pertenece mediante el empleo de adjetivos que deslumbran, pareciera que nos propusieran vacaciones en el limbo. La gramática resulta el trago que hay que digerir en cuanto su aplicación al texto. No habría otra posibilidad de burlarle. Los milicianos de la lengua, los vigías, encargados de su salud, son los que la mantienen a flote. No es lo mismo irritar o convencer con adjetivos, que esgrimir la espada de la lengua mediante argumentos, lo primero desacalifica al que expone, lo segundo lo eleva. Los budistas se encerraban en los templos a discernir, manos sobre la mesa, el que las moviera, en el acto quedaba fuera del diálogo. Linneo, con su dardo de la investigación, le apuntó tanto a las flores que las deshojó en el intento. Mientras la participación del autor se diluya o enmascare, la omnisciencia de la escritura prevalecerá en el acto de crear, el texto ganará en significado mediante la poda. En la carrera hacia el encuentro con el estilo, los imitadores son los que contribuyen a que prevalezca, sin imitadores no existen precursores. Al plato de la preponderancia le sobran invitados, las mieles de la originalidad son las que más se cotizan El abuso del adjetivo predispone al lector en cuanto a interpretar o descubrir las bondades de la escritura, le coloca, en vez de, en el escenario de lo narrado, fuera del asunto. El castellano, lengua que no envejece a causa de sus sonoridad, préstamos, historia del triunfo o de la adversidad, merece que se le rescate de los vicios del contacto con el inglés, como el abuso del gerundio, acomodo de su fonética, empleo de su sintaxis y otras invasiones que la ignorancia, desconocimiento, provoca a tal monumento del garbo. ¿Qué no se ha dicho? Que se puede escribir un texto de las páginas que se elija sin acudir al adjetivo. El lector participará del trabajo del autor, ayudará a su esclarecimiento y el tema adquirirá relevancia más allá de lo expresado. .
Maltratos al adjetivo y entuertos de la lengua
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