Las ondas expansivas del fenómeno político Donald Trump, contrario a la creencia de que, con la derrota de Marine Le Pen, sufrió un revés, no es del todo cierto si comprobamos que Emnmanuel Macron bien encaja en la definición de un outsider, pues aunque de exitosa trayectoria burocrática, cercanía con François Hollande –fue su ministro de Economía- y boy-scoutsdel filósofo-pensador Jacques Attlie, para lograr la presidencia fundó tienda aparte (su movimiento): “La República en marcha”.
Lógicamente, el símil Trump–Macron tiene líneas paralelas, pues, el primero viene de los negocios; y el segundo, de una periferia política-laboral no tan lejana de la política -y su ejercicio-, pero si lo suficientemente abismal para plantearse-creerse el epicentro de un punto de inflexión-ruptura política-paradigmática de un espectro político –el francés- hecho triza. Igual -¿o peor?-, Trump, hizo añico a los liderazgos demócratas y republicanos: a los añejos y a los emergentes.
Es un fenómeno político-electoral que está cambiando las clásicas vías para llegar al poder, que eran: los partidos políticos, los golpes de Estados, las coaliciones, los clanes-hegemonías de las clases políticas, o, en algún momento, algún académico de prestigio y de paso efímero (Leslie Manigat-Haití o Fernando Henrique Cardoso-Brasil). El caso es, que, cada vez más, como lo presagió Moisés Naím (El fin del poder), los políticos están perdiendo el poder.
Tal fenómeno pone en el tape –del análisis académico-científico- qué estará pasando que, en poco tiempo, las vías clásicas de acceso al poder se están quebrando hasta hacerse vaporosa e impredecible de un continente a otro y sin que medie, aparentemente, ninguna coincidencia política-ideológica digamos planificada u estratégica de algún poder fáctico-estratégico:Trump, ultraconservador o indescifrable política e ideológicamente;Macron, centrista.
Sin embargo, pienso que, más que la definición política-ideológica, preocupa si las clases políticas y los partidos políticos –en todo el mundo- están haciendo las lecturas correctas y, de paso, haciendo los ajustes para conjurar los estragos del fenómeno-moda. Me temo que no. O peor, que los políticos profesionales, sus “aparatos” y su club de clase siguen en su zona de confort confundiendo los signos de la Historia con nubarrones y chubascos. Pero, ¡allá ellos!
No sé, se me ocurre que, así como Samuel Huntington y Giovanni Sartoriplantearon sus tesis sobre el choque –o conflicto- de Civilizaciones y el Homo Videns (La sociedad teledirigida), entre otros fenómenos globales, creemos que el auge o irrupción del fenómeno Trump–Macron (en sociedades altamente desarrolladas) guarda una relación, si se quiere apriorística, con el descrédito –promesas incumplidas, corrupción, cansancio o desgate de poder, etc.- de los políticos y los déficits de democracia en esos “aparatos” –en América Latina más visible-sintomático, pero en Europa y en los Estados Unidos, también, por la concentración de un régimen político-electoral en gigantes corporaciones políticas y altibajos abstencionistas).
Habría también otros aspectos históricos-sociológicos y culturales que probablemente, o quizás, expliquen mejor la debacle de las vías clásicas de acceso al poder, fenómeno que Moisés Naím y Niall Ferguson (Civilización Occidente y El resto) han bosquejado con magistral pertinencia histórica –en su evolución- y cruda actualidad.
JPM

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