Tal vez nuestro país no sea el único donde política y periodismo se han mezclado de tal forma que, si no fuera por algunas excepciones -de medios, directores y respetables periodistas- podríamos afirmar que la línea divisoria, entre ambos oficios, es tan vaporosa que ya no sabemos cuando estamos frente uno u otro. Al respecto, un amigo periodista -radicado en New York- me dijo, con dejo de frustración-indignación, que la degradación es más que crisis deontológica para ser mercado-subasta.
Cierto que en los tiempos de Balaguer, Bosch y Peña-Gómez la ligazón-relación política entre líderes, partidos, medios y periodistas era, en primer plano, la búsqueda de la noticia o primicia (amén del periodismo romántico o contestatario-ideológico); sin obviar, por supuesto, una que otra afiliación o identificación con algunos de ellos; pero solo en contadas excepciones había algún compromiso político o beneficios subterráneos (consultaría-“secreta” o, gatilleros periodístico –“hacedor de opinión pública”- al servicio de un determinado proyecto-político), como se puede observar hoy bajo el cliché de periodismo-“objetivo”.
De esos extravíos, infiero, es que nace el fenómeno de las bocinas (megáfonos) que son de dos categorías: las pro gubernamentales y las pro oposicionistas con el distintivo de que ninguna de las dos especies son de gratis. Aunque algunas, de poca monta, se afilian a promesas futuras.
Y la empresa o fenómeno del ‘bocínaje’ ha crecido tanto y es tan rentable en nuestro país que las hay de zafras electorales, de farándula-peaje, de líderes políticos, de empresarios; incluso hasta de medios -de línea editorial- cuya parcialidad política no resiste ni una pizca de duda. Por supuesto, es derecho de cualquier medio identificarse con cualquier candidato o proyecto político; pero, mínimo, debería hacerlo de dominio público como se hace en algunos países democráticos desarrollados.
Pero, hay otra arista del fenómeno -‘bocínaje’- que ya no solo arropa a periodistas y enganchados, sino también a otros “especialistas” (profesionales), entre ellos jurisconsultos, politólogos, sociólogos e intelectuales que han sido capaces de hacer filosofía-política bajo el prisma de lo científico-epistemológico (investigación) y, al mismo tiempo, irse en correrías partidarias -marchas, piquetes, protestas, firma de manifiestos-políticos, etcétera- tirando al cesto sus análisis “académicos”-periodísticos. Y son incontables los ejemplos de esa metamorfosis (intelectual), pero, para el caso citemos dos: a) El de un ex juez de la JCE que nunca dejó de ser vocero de un proyecto presidencial y, al mismo tiempo, jurisconsulto disidente; y b) el de un periodista y un vate, cuyos “análisis” o crónica de “perspectiva” semanal es fijación de un ataque político-electoral teledirigido. Por supuesto, tal fijación es su derecho; pero también, patología política-intelectual.

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