Esta bien establecido en el mundo el principio constitucional sobre la perpetuidad del origen nacional.
Es que ninguna nación quiere desintegrarse con la emigración masiva de sus hijos. Por el contrario, toda nación moderna procura perpetuar su raza y perseguir la nacionalidad de sus ciudadanos hasta el fin del mundo.
Por esa razón no importa en qué lugar del mundo haya un ciudadano dominicano, si le nace un hijo, ese hijo es dominicano. Así lo consagra la constitución. Lo mismo sucede con los haitianos, y con la mayoría de las naciones, el hijo de haitiano es haitiano, no importa el lugar del mundo donde nazca. Será así hoy, mañana y siempre hasta que ese ciudadano llegue a la mayoría de edad y decida la nacionalidad de su preferencia, pero siempre manten6iendo su nacionalidad original.
El concepto es universal. Es lógico que el constituyente piense primero en la preservación de la raza original y la unidad de cada nación.
Partiendo de ese criterio, el presidente Martelly no puede hablar de los hijos de haitianos nacidos en la República Dominicana como apátridas o como extranjeros. Sencillamente son haitianos. Haitianos porque la constitución de Haití así lo establece para bien y fortalecimiento de esa vecina nación. Ahora bien, si a los 18 años ese hijo de haitiano decide adoptar la ciudadanía dominicana o de cualquier otra nación, ese es su derecho, pero nunca dejará de ser haitiano.
Para preservar la nacionalidad de sus hijos, la República Dominicana aprobó el concepto de la doble ciudadanía. Eso significa que nadie dejará de ser dominicano porque se convierta en ciudadano americano, español, francés, chino, ruso, canadiense o haitiano. Es bien interesante que el presidente de Haití guardó silencio absoluto sobre este tema durante todo el debate sobre el Plan de Regularización de Extranjeros en la República Dominicana.
Y habla ahora, cuando venció el plazo para la regularización de los indocumentados, para decir que no recibirá a los “apátridas” deportados. Haití debió participar en el proceso de una manera activa desde el principio cuando el presidente Danilo Medina aprobó la ley 168-14 para darle un instrumento legal justo a los extranjeros residentes en el país.
Haití, que es el segundo socio comercial de la República Dominicana, debe velar por la buena suerte de sus hijos de una manera más responsable y diligente. Sin dejarlo todo para última hora, como hicieron muchos de sus ciudadanos que ahora decidieron el regreso voluntario a su país para recoger sus papeles y volver a regularizarse en la República Dominicana.
Si lo medimos por sus resultados, el hecho de que haya unos 300 mil haitianos regularizados es un éxito rotundo del plan. Si son 700 mil haitianos indocumentados y hay ya 300 mil con sus papeles, el plan comenzó con buen pie. Se trata de una experiencia sin precedentes, ya que por primera vez hay un segmento de la población haitiana totalmente legal en la República Dominicana.
Estamos seguros que esas familias están hoy más tranquilas y mejor protegidas que nunca, y que podrán vivir en paz, por el tiempo que quieran en la República Dominicana, sin que nadie les moleste. Creo que de ahora en adelante todo será ms fácil, y que haitianos documentados y dominicanos podrán convivir mejor. Claro, falta mucho por hacer en ese camino. Pero el buen comienzo habla muy bien del futuro de ambas naciones, y sobre todo del gran aporte a ese esfuerzo del presidente Danilo Medina.

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