Los del exterior crecemos cuando otros se encogen 

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El autor es periodista, jefe de redacción de ALMOMENTO.NET. Reside en Nueva York.

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Hay pueblos que se achican en la adversidad. Que se esconden cuando sopla el viento. Que buscan culpables cuando llega la crisis.

Y hay pueblos como el nuestro.

Los dominicanos en el exterior no conocemos esa forma de encogernos. Nosotros crecemos. Justo ahí. Cuando todo se pone difícil. Cuando otros se paralizan, nosotros avanzamos. Cuando otros cierran, nosotros abrimos. Cuando otros se quejan, nosotros trabajamos.

Esa es nuestra historia. Esa es nuestra identidad. Esa es nuestra maldita grandeza.

LA ESCUELA MÁS DURA DEL MUNDO

Nos fuimos sin nada, pero con todo.

Sin papeles, muchos. Sin inglés, casi todos. Sin familia cerca, sin conocer el tren, sin entender el frío de enero en Nueva York, sin saber lo que era pagar renta en dólares.

Pero con algo que no se aprende en Harvard ni se compra en Wall Street: con hambre. Con vergüenza. Con fe. Con una madre rezando desde Los Mina, Baní, San Francisco, Santiago, Barahona. Con un barrio entero esperando que «le vaya bien al muchacho».

Ninguna universidad del mundo enseña lo que enseña ser inmigrante dominicano en El Bronx a las 5:30 de la mañana. Ningún MBA vale lo que vale levantar una bodega en Washington Heights después de que te robaron dos veces. Ningún título pesa tanto como criar tres hijos limpiando oficinas y llegar a verlos graduarse.

Otros se encogen cuando les cambian las reglas. Nosotros aprendimos a vivir cambiando las reglas nosotros mismos.

NO SOMOS REMESAS. SOMOS COLUMNA

Nos han querido reducir a una cifra: «las remesas». Como si fuéramos una línea en el informe del Banco Central.

Somos mucho más que eso.

Somos los que sostuvimos a la República Dominicana cuando quebró. Somos los que mandamos los 100 dólares cuando no había nada en la nevera. Somos los que pagamos la operación del abuelo, la universidad de la hermana, el block del segundo piso de la casa de mami.

Pero también somos los que sostuvimos a Nueva York.

Cuando la ciudad se vació en la pandemia, ¿quién se quedó atendiendo? El dominicano. El taxista, la enfermera, el bodeguero, el delivery, el policía, la maestra. Cuando otros hicieron home office desde su casa en Connecticut, nosotros estuvimos en la línea de fuego, con una mascarilla y un rosario en la guagua.

Somos el motor económico de Lawrence, de Paterson, de Providence, del Alto Manhattan. ¿Cuántos empleos genera una sola calle de negocios dominicanos en la 181? ¿Cuántos impuestos paga un dominicano que llegó indocumentado y hoy tiene tres empleados americanos?

Dejen de vernos como los que se fueron. Empiecen a vernos como los que expandieron el país. La República Dominicana no termina en Cabo Rojo. Empieza de nuevo en Queens.

CRECER CUANDO OTROS SE ENCOGEN ES UN ACTO DE DESOBEDIENCIA

En un país donde te dicen que el dominicano es vago, el de afuera trabaja 12 horas.

Donde te dicen que somos desunidos, el de afuera hace una asociación de 200 para traer una ambulancia a su campo.

Donde te dicen que somos bullosos, el de afuera se organiza para elegir un concejal, un asambleísta, un congresista.

Crecer cuando otros se encogen no es suerte. Es desobediencia cultural. Es negarse a aceptar el guion que otros escribieron para nosotros.

El americano promedio cambia de trabajo cuando no le gusta el jefe. El dominicano abre su propio trabajo.

El sistema te dice «no calificas». El dominicano lleva a su primo como co-signer y califica.

Te dicen «aquí no se puede». Y el dominicano ya lo hizo.

Por eso incomodamos. Porque somos la prueba viviente de que no hay excusa. Si un tipo que llegó sin hablar inglés, sin papeles, con 200 dólares en el bolsillo, pudo montar una empresa de camiones, ¿cuál es tu excusa?

LA NUEVA GENERACIÓN NO PIDE PERMISO

Antes veníamos a sobrevivir. Ahora venimos a competir y a dirigir.

Ya no somos solo la mano de obra. Somos la voz en Revista de Noticias, Entre Líderes, que entrevistan al senador. Somos la concejal de origen banilejo que decide el presupuesto de educación. Somos el doctor dominicano jefe de departamento en Mount Sinai. Somos la abogada que defiende a los nuestros en la Corte de Inmigración. Somos el muchacho de Villa Duarte que ahora es dueño de 10 edificios.

Antes queríamos que nos aceptaran. Ahora no pedimos permiso para ocupar espacios.

Y esa es la clave del próximo paso: dejar de pedir que nos valoren y empezar a valorar nosotros mismos lo que somos.

Nosotros no somos la diáspora que extraña. Somos la diáspora que construye.

EL PAÍS QUE NOS NECESITA

República Dominicana no va a despegar sin nosotros. No puede. No debe.

No solo por los casi 12 mil millones de dólares que enviamos cada año. Sino por lo que aprendimos afuera.

Aprendimos lo que es un sistema que funciona. Lo que es una inspección que no se compra. Lo que es un servicio al cliente real. Lo que es pagar impuestos y verlos. Lo que es el orden, la disciplina, la competencia.

Y cuando regresamos, aunque sea de vacaciones en diciembre, lo traemos en la maleta. En la forma de exigir. En la forma de no conformarnos con el «así es que se hace aquí».

El dominicano en el exterior es el dominicano más exigente con su país. Porque lo ama desde lejos y lo compara con lo mejor del mundo.

AL FINAL, SOLO QUEDA ESTO

Nos fuimos llorando en el aeropuerto. Dejamos a mami con un pañuelo. Juramos volver en dos años y llevamos veinte.

Pero no nos encogimos.

Nos hicimos grandes en cocinas pequeñas. Nos hicimos profesionales en trenes llenos. Nos hicimos empresarios con las uñas. Nos hicimos ciudadanos sin olvidar la bachata. Nos hicimos americanos sin dejar de ser dominicanos.

Por eso, cuando escucho a alguien decir que la comunidad dominicana en el exterior está pasando por un momento difícil, me río.

¿Difícil? Difícil fue llegar.

Lo de ahora es cosechar.

Nosotros no nos encogemos. Nunca lo hemos hecho. No está en nuestro ADN.

Cuando el mundo se achica por miedo, nosotros crecemos por fe. Cuando otros se esconden, nosotros damos la cara. Cuando otros calculan, nosotros trabajamos.

Esa es la diferencia entre los que están de paso y los que llegaron para quedarse.

Y nosotros, señores, llegamos para quedarnos.

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