La pedagogía del desastre duradero  

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EL AUTOR es Politólogo. Reside en Santo Domingo.

Según el Global Risks Report 2019 publicado por el Foro Económico Mundial, la Cuarta Revolución Industrial está marcada por una línea borrosa entre lo humano y lo tecnológico. En este marco, diversos fenómenos, como la crisis del 2008, los atentados terroristas o la gran oleada migratoria, han ido confluyendo en un punto que genera determinados posicionamientos ideológicos.

Muchos occidentales, arrastrando una cada vez más profunda inseguridad laboral, terminan atemorizados, solos y confinados en una voluble capsula que recorre un confuso magma de desinformación plagado de noticias falsas, las cuales a su vez circulan con una velocidad asfixiante; la interacción de estas con las noticias confirmadas produce una mezcla en un plano de inmediatez tan estrecho que todo empieza a hacerse indemostrable. De esta forma, se disminuye tanto la capacidad de discernir como la empatía y surge una tendencia a la polarización.

El enojo de los aislados que se conectan solo virtualmente y en grupos muy compactos en cuanto a  la afinidad ideológica, nubla los criterios, uniformiza los pensamientos y engendra una ansiedad cada vez más incontrolable que muchas veces se traduce en opciones políticas radicales.

Ahora bien, la paradoja aparece en los instrumentos para superar esta conmoción, los cuales se encuentran dentro de sus consecuencias: gradualmente se pueden reajustar los fundamentos de esta ruptura social, pues el valor pedagógico de la vergüenza ajena, el despropósito político y la mentira desnudada, junto a la misma interconexión impulsada por la tecnología, tienen que ir despejando ideas frágiles apuntaladas por nexos endebles.

De norte a sur emergen el laberinto del brexit y la larga crisis de Venezuela, mientras que por el este sobresale el auge y la caída del fanático Estado Islámico, ejemplos actuales de la pedagogía del desastre.

La hecatombe de la Segunda Guerra Mundial, el fascismo, el nazismo o el derrumbe del bloque comunista fueron muy ilustrativos en las contraproducentes potencialidades de la acción política. Hoy parecería que todo sucede más rápido, pero los desastres continúan siendo dilatados. La institucionalidad va a un ritmo más lento y eso mitiga la velocidad de la tecnología de la información y la impaciencia de sus usuarios que opinan infundadamente. Por ende, el Estado de derecho, con todos sus defectos, debe seguir siendo el principal filtro que atenúa los errores del ciudadano.

Diversos eventos económicos e innovaciones comunicacionales convergen hasta atizar comportamientos irreflexivos. Sin embargo, la historia enseña que los traumas sociales originados por las revoluciones tecnológicas tarde o temprano se canalizan parcialmente a través del Estado. Dado que la política y la tecnología suelen representar la causa y la solución de la mayoría de los infortunios humanos, en ese fecundo circuito se va forjando paulatinamente el progreso.

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