La moral del Congreso

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EL AUTOR es catedrático universitario. Reside en Santo Domingo.

Sectores de opinión se han acostumbrado a enfocar el accionar del Congreso Nacional cual si fuera el patio de la escuela o del colegio de cuando eran infantes y salían borrachos de alegría al “recreo”, que es como le llamamos aquí al receso o distracción para aligerar la carga de la tarea escolar en el aula. Cual si fueran Atalaya moral, arremeten contra senadores y diputados con desconsiderada sorna e irrespeto olímpico cada vez que entienden que se les presenta la ocasión. Denigran a diputados y a senadores, a la Cámara de Diputados y a la Cámara de Senadores, al Congreso Nacional en su totalidad, sin ningún tipo de miramientos. Cuando en 2011 me presenté a las vistas públicas e hice uso de la palabra como aspirante a ser uno de los propuestos en ternas para escoger al Defensor del Pueblo y a sus Adjuntos, un periodista que “cubre” las incidencias congresuales desde más de una década atrás estuvo a bien echarme un “boche moral”. Aproximadamente me dij -Carajo, mi profesor querido, ¿cómo usted, un hombre serio, le da la oportunidad a estos rastreros diputados a desconsiderarlo? ¿O es que usted no sabe lo que sabemos todos? Esos tipos carecen de principios, y no respetan ni leyes ni reglamentos. Usted lo va a ver al final. Al final los diputados comisionados y los demás de la Cámara de Diputados y luego la Cámara de Senadores hicieron no los que les dio las ganas, sino lo que entendieron que iba acorde con sus intereses políticos y legislativos y en base a negociaciones “ocultas” aprobaron una de las ternas presentadas. -¿Usted ve? Un hombre como usted no tiene ningún valor para ellos- me dijo a posteriori mi distinguido admirador. Los Diputados y sus pariguales Senadores actúan dentro del contexto de su atmósfera sociopolítica, del mismo modo y maneras –asimismo, “del mismo modo y maneras”- que los legisladores de otras latitudes. Sus ideas dominantes son las ideas dominantes del tinglado político social dominicano. No me tuvieron en cuenta ni para suplente de adjunto, pero no por bandidaje de ellos, sino porque “no me supe mover”… Luego de conversar con Leonel Fernández sobre mis aspiraciones, debí hacerlo con Hipólito Mejía y con Miguel Vargas Maldonado y con Quique Antún y con Reynado Pared Pérez y con el eficiente Abel Martínez Durán, y desatar un accionar de imagen pública parecido a como lo hizo el doctor Cruz Jiminián, asistido por la tormenta humana de nombre Nemen Nader. (Un ser biónico, inimitable, quien en una ocasión de la transición de 1982 llegó ante el escritorio del Presidente Jacobo Majluta, abrió un maletín y sacó una ametralladora Thompson, calibre 45, y le dij -Esto es para demostrarte que tu seguridad es una mierda). De nuevo hacedores de opinión pública se han ido a su patio de recreo preferido, el Congreso Nacional, desde que el Presidente de la Cámara de Diputados, Abel Martínez, presionado por una cháchara mediática nacida en Suecia, unos, y en Suiza, otros, anunciara la eliminación del “barrilito” de los Diputados, quedando pues a merced de lavadores de dinero, de los microtraficadores de drogas pueblerinos y de “empresarios” de cierta jaez que irán en su auxilio para que respondan mínimamente a las presiones de sus electores y en lo adelante pasen a ser sus seguros servidores. Aunque aplaudieron la entereza de Martínez Durán al tomar esa decisión, de inmediato le reprocharon que no eliminara otros privilegios como los de dietas, exoneraciones de vehículos. Sólo les faltó exhortarlos a que los dejara sin ropa de vestir. Y se fueron de recreo al patio del Senado porque Reynado Pared les salió respondón y defendió “el barrilito”, las asignaciones a oficinas políticas de senadores –como en los Estados Unidos y otros lugares- reglamentadas y supervisadas financieramente. …Pero lo más grave de todo es que también esta vez del seno del congreso surgieron algunas voces de diputados y senadores haciéndose los simpáticos con los echadores de boches morales en manifiesta coincidencia con políticas supranacionales de desmoralizar a las instituciones que podrían eventualmente ser un valladar a sus pretensiones hegemónicas. Palabras ha habido, pues.

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