Por RAMFIS RAFAEL PEÑA NINA
Quien hereda no siempre es quien merece heredar.
El derecho debería ser consecuencia del cumplimiento de los deberes. Sin embargo, heredar no equivale necesariamente a merecer. Nuestro ordenamiento jurídico lo consagra como un mandato casi automático, sustentado únicamente en el vínculo biológico, como si el ADN bastara para justificar un privilegio.
Así, se diluye el derecho de quien construyó los bienes. Se limita su facultad plena de disponer libremente de lo que con esfuerzo, sacrificio y visión logró edificar a lo largo de su vida.
Las leyes nacen en contextos históricos determinados; responden a realidades concretas y a necesidades de su tiempo. No son inmutables. He consultado el tema con colegas, y muchos se amparan en el Código Napoleónico, al que consideran casi perfecto, como si no requiriera revisión ni actualización.
Pero la historia demuestra lo contrario. Hubo épocas en que el “ojo por ojo” fue norma aceptada, y hoy lo vemos como un principio superado. Incluso en el ámbito religioso, el Nuevo Testamento se entiende como una evolución del Antiguo, suavizando su rigidez y adaptando sus principios a una visión más humana y compasiva.
En la actualidad, cabe preguntarse cuántos herederos son verdaderamente merecedores de los derechos que reciben. ¿Dónde queda la consideración hacia quienes dedicaron su vida a construir un patrimonio con la esperanza de ser acompañados en la vejez?
Muchos de esos padres y abuelos enfrentan el peso de los años en soledad, marcados por el abandono y la amarga sensación de ser olvidados, sin que quienes habrán de heredar asuman el deber mínimo de brindarles cuidado, respeto y dignidad en sus últimos días.
Se les niega incluso la posibilidad de premiar a quienes sí cumplen con ese deber moral: quienes acompañan, cuidan y ofrecen afecto en los momentos más difíciles, cuando más se necesita la presencia humana y la solidaridad genuina.
Ignorar a quienes nos dieron la vida y lo entregaron todo se asemeja a una forma de abandono cruel, casi a empujarlos a una muerte emocional desgarradora, donde la ausencia pesa más que cualquier enfermedad.
Reconocer el derecho de premiar a quien verdaderamente lo merece podría convertirse en un mecanismo disuasivo frente al maltrato y la indiferencia. Sin embargo, la experiencia demuestra que los bienes, más que unir, con frecuencia generan división y conflictos.
En sociedades más avanzadas, se reconoce con mayor amplitud la libertad de disposición patrimonial, permitiendo que quien ha construido un legado decida, con justicia y conciencia, a quién corresponde heredarlo, no por inercia, sino por mérito.
jpm-am

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Hoy hay muchos viejitos olvidados porque no tienen nada y otros que tienen fortuna solo esperan que se mueran para repartir los bienes.
“El mérito debe pesar más que la sangre”