La humillación de la edad (OPINION)

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El autor es abogado. Reside en Santo Domingo.

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POR RAMFIS RAFAEL PEÑA NINA

Nadie nos prepara para el día en que dejamos de ser los que sostienen… y empezamos a necesitar que nos sostengan.

La humillación de la edad no es el paso del tiempo, es el silencio que se instala cuando la dignidad comienza a depender de otros, cuando el cuerpo ya no responde y la mirada pide ayuda sin palabras.

Sentado, esperando un turno médico rutinario, desfilan ante mis ojos historias vivas: rostros cansados, pasos lentos, miradas perdidas; muchos solos, cargando no solo años, sino el peso invisible del abandono.

Otros pasan acompañados, empujados en sillas de ruedas por hijos e hijas que, en ese gesto, escriben una de las páginas más humanas del amor: devolver cuidado por cuidado, presencia por presencia.

Y entonces surge la pregunta inevitable, incómoda, profunda: ¿cuál será mi destino? ¿Seré de los que esperan en soledad o de los que encuentran una mano firme sosteniéndoles?

La memoria no tarda en responder, trayendo escenas que no se olvidan: cuidar a los padres, bañarlos con respeto, caminar al ritmo de su fragilidad, correr desesperado por salvarles la vida, alimentarles como ellos lo hicieron antes.

Y también, ese instante que quiebra el alma: ver a un padre llorar de vergüenza, sentir su humanidad expuesta, su orgullo herido, su dignidad temblando en manos de quien antes protegió.

“Papi, soy tu hijo… el mismo que tú cuidarías sin dudarlo”, se dice con firmeza, pero aun así, el llanto no se detiene, porque hay heridas que no son físicas, sino profundamente humanas.

El viejo principio de “hoy por mí, mañana por ti” se diluye en una sociedad donde la prisa ha reemplazado el compromiso, y donde la indiferencia se vuelve más frecuente que la gratitud.

Y sin embargo, cada acto de cuidado, cada gesto de amor hacia quien envejece, no es una carga, es una inversión silenciosa en la dignidad propia, en el reflejo de lo que un día seremos.

Como dijo Muhammad Ali, las cosas buenas que hacemos en la tierra son el precio por nuestro lugar en el cielo, y quizás, también, la medida real de nuestra humanidad.

¿Cuántos hijos estarán dispuestos a pagar ese precio con amor verdadero y no con excusas?
jpm-am

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