La genio de Madame Curie

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Madame Curie

«La señora Curie es, de todos los seres célebres, el único que la gloria no ha corrompido, siguiendo como una extraña el curso de su propia vida, intacta, natural, casi insensible a su sorprendente destino». Albert Einstein.

Ciencia, mujer y desafíos

¿Por qué en la lista de los grandes científicos figuran pocas mujeres? ¿Cuál es el motivo de que en más de cien años la Academia Sueca de Ciencias, ha otorgado el premio Nobel de Física a 206 hombres y apenas  a dos mujeres (1%)? ¿Por qué en Francia las damas tuvieron que esperar casi siete siglos (del año 1218 al 1906), para poder impartir docencia en la universidad la Sorbona de París? ¿Es el cerebro femenino inferior en inteligencia al masculino?

La científica polaca nacionalizada francesa, Marie Curie (1867-1934), responderá algunas de estas interrogantes, no con palabras, sino con el testimonio de su talento y el de una existencia fraguada en la investigación. Madame Curie, es la primera persona en la historia en lograr la gigantesca hazaña de recibir dos premios Nobel.

EL AUTOR es abogado y escritor. Reside en Santo Domingo.

Madame Curie se lo ganó en Física (1903), y luego en Química (1911). Igualmente, es la primera mujer en dar clase en la Sorbona.  Llegó a la capital francesa desde su patria (Polonia), donde a las mujeres les estaba prohibido estudiar en las universidades.

 

Hay en la historia de la humanidad una injusticia inmensa, es una sombra interminable, un eclipse de sol que oscurece sin razón el papel de la mujer en una sociedad que pretende ocultar a quienes conjuntamente con los hombres, han alado el carro de la civilización desde los tiempos inmemoriales. Para la escritora francesa Simone de Beauvoir (1908-1986), el fenómeno “es la consecuencia de la lucha entre los dos géneros, por imponer el hombre su poder a la mujer”.

 

La discriminación de la mujer en los principales aspectos, pero sobre todo en el área de las disciplinas científicas, sigue siendo la peor de todas las iniquidades. Por eso y todas las formas disimuladas y sin escrúpulos de desequilibrio de género, en este mismo instante camino hacia la cúspide de la más alta cima, para proclamar con la voz del trueno, un rotundo: ¡Ya basta! Ellas no son menos, aunque siendo más, no existe igualdad, en un mundo donde la palabra “macho”, sigue siendo una “catedral desde muchacho”.

 

Un desafío en dos maletas

 

La ciudad de Varsovia es la capital de Polonia. Para el año de 1867, esta urbe de la Europa nórtica, es considerada una de las más bellas del mundo: “El París del Norte”, se le solía llamar, pese a que las botas de los militares rusos de la dictadura zarista marchitaban su suelo con una arbitraria ocupación.

 

 

En esta metrópolis, donde los otoños son duros inviernos, es donde nace un 7 de noviembre de 1867, Marie Salomea Skłodowska (Marie Curie), la quinta hija del matrimonio de Władysław Skłodowski (1832-1902) y la señora Bronisława Boguska (1835-1878). Los hijos de la familia Skłodowski fueron criados con valores cristianos y éticos: 1. Zofia (1862-1876), 2. Josef (1863-1937), médico, 3. Bronia (1865-1939), médico de la Sorbona, 4.  Helena (1866-1961) y 5. Marie (1867-1934).

 

 

Su padre era profesor de física, química y matemáticas en el liceo, y su madre profesora de piano. En su hogar, la bonanza económica no logró abrir las puertas porque la pobreza le hacía fuerte resistencia. Probablemente nunca pasaron hambre, ellos aprendieron a resistir con estoicismo todas las precariedades, sin incluir la de no satisfacer las ansias de conocimiento, que se convirtió en el diario desafío o en la franja que debía ser saltada a riesgo de perecer en la ignorancia.

 

¡Y eso jamás! Debió haber dicho muchas veces Marie, con sus libros en manos como si fuesen dos piedras dispuestas para romper las ventanas del destino. La adolescente Marie, a los dieciséis años terminó el bachillerato con “medalla de oro”, y como no podía entrar a la universidad, se ganaba el sustento dando clase a niños como institutriz. Para esos fines, se hospedada en las casas de las personas adineradas donde ella trabajaba. La joven prodigio a esa edad manejaba cinco idiomas (ruso, alemán, inglés, francés y polaco).

 

Varsovia era una prisión y la única opción era escapar de ella en búsqueda de lo que más libera a las personas: el conocimiento, la ciencia estudiada a profundidad de genio. Ese fue el credo elegido por Marie, cuando con el corazón burbujeante de nostalgias, tomó el rumbo hacia el París de la luz y la educación sin barreras “visibles”.

 

Sus dos maletas eran de espacios breves para prendas personales, pero amplias para cargar el desafío de sus sueños. Quizás por eso, su real equipaje, más que sus ropas,  eran sus libros. Su llegada a Francia no fue un paraíso, pero cuando se sale de un infierno como el padecido en Polonia, cualquier lugar se siente como un cómodo purgatorio, pues todo emigrante ve en su pasaporte una amenaza como para no volver la vista atrás. Para Marie, la recién llegada a París, no hay ayer, el pasado murió pisoteado por un porvenir sembrado de esperanzas.

 

Marie, con un rostro exótico y de inteligencia superior, llamó la atención de sus profesores, entre ellos: Henri Poincaré (1854-1912), consagrado filósofo de la ciencia y considerado uno de los últimos genios universales, por su extenso dominio de varias materias. Otro de sus catedráticos es el reconocido científico Gabriel Lippmann (1846-1921), premio Nobel de Física.

 

En la lista de sus catedráticos estaba el profesor Pierre Curie (1859-1906), el cual le invitó a compartir el laboratorio de física y terminaría haciendo “buena química” con Marie, hasta enamorarse de ella y llevarla al matrimonio. La pareja era inseparable en el trabajo y en los quehaceres cotidianos. De su unión nacieron dos niñas: Irène (1897-1956) y Ève (1904-2007).

 

Existían duros  prejuicios en la universidad, en el sentido de que, “las mujeres son brutas para la física, la química y las matemáticas”. Entre los 776 estudiantes de la Facultad de Ciencias, en enero de 1895, solo había 27 mujeres (3%). De hecho. en las aulas de 30 estudiantes había regularmente una mujer. Sin embargo, no era incapacidad mental, sino que esas carreras exigían un tiempo que las mujeres, como cabeza de familia, no tenían.

 

Marie Curie, en esas circunstancias, estudiaba de día y trabajaba parte de la tarde y la noche. Ella defendía su opción de estudiar ciencia, independiente de la opinión que de eso tenían muchos hombres. Justificando su vocación por la investigación, dijo una vez: “Era como un nuevo mundo abierto para mí, el mundo de la ciencia, por fin se me permitió conocerlo en toda libertad”.

 

¿Quién podía pensar que esta estudiante extranjera, con dificultades para manejar con nivel de ciencia  el francés y  quien con frecuencia padecía de mareos en el aula (sus recursos no eran suficientes para una alimentación adecuada), iba a graduarse con las calificaciones más altas de su promoción? Ella era la figura heroica del valor del esfuerzo, el hierro templado en el sacrificio, la mina inagotable del oro del saber.

 

Descubrimientos científicos

 

Desde un principio, la naturaleza y el universo eran una especie de laberinto indescifrable. Los primeros hombres de indagación y de sabiduría,  fueron desvelando esos misterios que siempre inquietaron las mentes profundamente curiosas, como la de Pitágoras, Arquímedes, Eratóstenes, Galileo, Hipatia, Ptolomeo, Da Vinci, Newton, Émilie du Châtelet, Caroline Herschel, Pasteur, Lavoisier, entre muchos.

 

Los espíritus descubridores son invencibles, como generales y aventureros de la mar. Nadie podía detener a Alejandro Magno en su viaje a Persia, había en el filo de su espada la voluntad y la paciencia hercúlea del que espera el momento de un descubrimiento. Su pasión de lucha era más sólida que su arma de guerra. Ni Colón ni Magallanes pensaron nunca en devolverse, su afán por descubrir nuevos caminos fue indoblegable.

 

Igualmente, entre los descubridores de la ciencia encontramos guerreros en la férrea batalla por buscar soluciones nuevas a dificultades de siempre. El sujeto de ciencia tiene celo pasional por lo que investiga y pocas veces abandona el campo de la contienda (laboratorio). Pero el ejemplo de Marie Curie es un caso que bordea la locura,  la entrega global por el trabajo de la investigación científica, pues al parecer cuando una mujer en un experimento de ciencia desafía la adversidad solo hay un riesgo, el que la adversidad sea derrotada y humillada.

 

Se recuerda que en el año 1798, el químico alemán Martín Heinrich Klaproth (1743-1817), descubrió un metal al que llamó uranio, por el planeta Urano, avistado  por esa época. En el año 1896 Henri Becquerel (1854-1908) , hombre de 43 años, era profesor de física en la Escuela Politécnica de París, además de ser miembro de la Academia de Ciencias de Francia. Becquerel estaba haciendo un experimento para explicar la fluorescencia del Uranio. En 1896 descubrió una nueva propiedad de la materia que posteriormente se denominó “radiactividad natural”.

 

Este fenómeno se produjo durante su investigación sobre la fluorescencia, al colocar sales de uranio sobre una placa fotográfica en una zona oscura, comprobó que dicha placa se ennegrecía. Las sales de uranio emitían una radiación capaz de atravesar papeles negros y otras sustancias opacas a la luz ordinaria. Estos rayos se denominaron en un principio “rayos Becquerel” en honor a su descubridor.

 

El trabajo de Becquerel  puso en alerta a la comunidad científica mundial, y fue la investigadora Marie Curie, una de las estudiantes de Becquerel,  la que completó su investigación. Usó el tema del Uranio para la tesis de su Doctorado en Física, descubrió que la radiación era proporcional a la cantidad de elementos o partículas radioactivas presentes, y propuso algo fundamental: la radiación era una propiedad de los átomos, no solo de las sales de uranio. Entonces habló por primera vez en la historia de la física, de la “radiación nuclear”, explicando el fenómeno como una manifestación del núcleo de los átomos.

 

Una interrogante detiene esta narración: ¿Qué es la vocación? Una fuerza misteriosa que hace vibrar todos los resultes de las  emociones y nos encamina con energía vital a consumar el sueño de nuestra meta de trabajo. La vocación es entrega pasional, concentración plena por la labor que identifica las frases: “wao es lo mío”, o “nací para eso”. Cuando Madame Curie visitó por primera vez a un laboratorio, sintió un estremecimiento, cada poro de su cuerpo respiró un soplo de aire de grandeza.

 

En el instante en que tocaba los complejos aparatos, una invisible corriente despertó la más potente inspiración almacenada en su ser, nunca había sentido la descarga, el rayo calcinante de un destino persecutor del ensueño de su vida: “seré una investigadora y descubridora”. Hasta ese día aquella idea era una simple quimera: Acaba de nacer una nueva estrella del complejo  universo de la ciencia.

 

Continúo lo narrado: El esposo de Marie, Pierre Curie, testimonia a los discriminadores de siempre lo siguiente: “La idea de la investigación era de ella; nadie la ayudó a formularla y, aunque ella lo consultó conmigo, se apropió claramente de la investigación”. No obstante, Marie confiesa que, “a muchos científicos les resultaba difícil creer que una mujer podía ser capaz de una obra tan original como en la que yo estaba involucrada”.

 

Su tesis ha sido considerada como una de las más brillantes y voluminosas de la universidad la Sorbona de París. Se da inicio de esa forma, a la época de la química y la física nuclear, de la total comprensión de la constitución de la materia. Esta revolución extremadamente profunda de las ciencias, se inició en el laboratorio de los esposos Pierre y Marie Curie, como para confirmarle a los sectores ingratos de la humanidad, que una pareja trabajando en unión, sin discriminación, son dos cerebros igualmente potenciales, como radiantes soles colocados sobre los platillos que equilibran la balanza.

 

Los Curie, usaron sus conocimientos de la radiación, para proponer que se podía utilizar en la destrucción de tumores malignos, es el origen de la radioterapia.  Esto motivó a que en el año 1903, se les otorgara a Pierre y Marie Curie, conjuntamente con Becquerel, el premio Nobel de Física: «en reconocimiento de sus extraordinarios servicios por el descubrimiento de la radiactividad espontánea». Curiosamente, por decisión de Madame Curie, a Becquerel le correspondió la mitad del premio, y al matrimonio Curie, la otra mitad a partes iguales.

 

Un breve paréntesis (Cuántas diferencias entre estos servidores de la ciencia en beneficio de la humanidad y aquellos criminales perversos que usaron estos conocimientos sobre el poder del uranio para fabricar una bomba atómica que mató cerca de 150 mil personas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki).

 

No faltaron morbosos que expresaran que, “Marie consiguió el Nobel por la fama de su esposo”, quien murió tres años después en un accidente de tránsito. Sin embargo, o en irónica respuesta a los discriminadores de la inteligencia femenina, en el año 1911, la viuda Marie Curie, recibe el premio Nobel de Química, por su descubrimiento de dos elementos nuevos, el radio y el polonio. Entrando de ese modo al exclusivo salón de quienes han ganado más de un Nobel, apenas cuatro personas en 119 años, siendo ella la única mujer en lograrlo.

 

Qué vergüenza para la Academia de Ciencias de Francia, que en este mismo año de 1911, le había negado un asiento a la investigadora Marie Curie, pese a la motivación presentada por el prestigioso Henri Poincaré. La negativa de la Academia fue bajo el aberrante argumento de que, “desde la creación de esta institución en el año de 1666, ninguna mujer había sido miembro”.

 

Madame Curie, atrincherada en su laboratorio durante cuatro años,  destruyó toneladas de roca para sintetizar una décima de gramo de un polvo fluorescente que descubrió y le llamó “radio”. Había en esa nueva sustancia la energía radiactiva más poderosa conocida hasta entonces, como si hubiesen fundido las voluntades de todos los Alejandro Magno, los Colón y los Magallanes. Eso era la genio de Madame Curie: la síntesis histórica de la pasión por el descubrimiento científico.

 

Pero para quienes no se apaciguaron con los reconocimientos mundiales y los premios otorgados a esta dama de la ciencia, y continuaron criticando su condición de mujer por estos galardones, su hija Irène Curie, se alzó igualmente con el premio Nobel de Química, en el año 1935, al cumplirse el primer aniversario de la muerte de Madame Curie.

 

El matrimonio de Irene y su esposo Frédéric Joliot (1900-1958), recibió por su trabajo conjunto, el referido premio. Nueva vez se confirmaba la igualdad de la inteligencia femenina y masculina. Estas son bofetadas sin manos a todos los que aún persisten en la estupidez de la discriminación de la mujer.

 

La genio del vestido negro

 

Marie, muchos de los que asistieron a tu boda (12 de julio de 1895), te recuerdan por aquel hermoso vestido negro, que hizo de ti una reluciente diosa, cuyo brillo resaltaba como los nuevos elementos, el polonio y el radio, que tú misma descubriría más tarde. Eras la humana presencia de la radioactividad, el núcleo de una inteligencia alfa, beta y gamma, como los protones con carga eléctrica positiva.

 

El mismo vestido negro con el que acudiste a recibir tu primer premio Nobel. Y por desgracia, el vestido negro con el que fuiste a enterrar a tu marido, luego de perder la vida en ese accidente fatal. El vestido negro con el que llegaste al Aula Magna cuando leíste el discurso porque te iniciabas como catedrática de la Sorbona. Y aunque parezca increíble, el vestido negro con el que recibiste tu segundo premio Nobel.

 

El vestido negro con el que en 1911, estuviste en la Primera Conferencia Solvay, que reunió a los más connotados hombres de ciencia, y tú eras la única mujer presente, sentada cercana a los científicos alemanes Max Planck (1858-1947) y Albert Einstein (1879-1955). Quizás las luminarias de mayor vigor del momento, ambos premio Nobel en Física.

 

También estuviste en la Conferencia Solvay del 1927, que entre 29 científicos presentes, ya había 17 premios Nobel. Esa foto es considerada como la muestra de mayor contundencia de la ciencia física en toda su historia. Tu presencia era el símbolo universal que representa a las científicas discriminadas y olvidadas de todo el mundo.

 

Tú seguías siendo la mujer solitaria entre tus colegas científicos. Solo en la versión de la Conferencia Solvay del año 1933, había dos mujeres, tú y tu hija Irène, científica igual que su progenitora.

 

El vestido negro con el que tú dabas clase de Física en la Facultad de Ciencias de la Sorbona. Los estudiantes de otras carreras acudían a verte porque fuiste la primera mujer en impartir docencia, y decían entre risas de asombro: ¡Vengan a ver a la genio del vestido negro!

 

Esa prenda negra, con encajes bordados a manos, es el símbolo de una humildad sin límites en la historia. El dinero recibido por tus premios lo donaste. Tu riqueza no alcanzó para comprar otro vestido. La noche de tus triunfos  es una sola, pero llena de estrellas y nubes de galaxias, idénticas a los surtidos encajes de tu inolvidable vestido negro.

 

El vestido negro con el que tú deseabas que te enterraran, pero que tu familia decidió llevarte al lecho sepulcral con una prenda blanca, para con la claridad de tu vestido despejar la oscuridad del trayecto definitivo hacia la gloria. Mis ojos empañados de lágrimas de emoción leen el título de tu libro de física al que llamaste con una sola palabra: RADIOACTIVIDAD. Pero que a partir de este viaje sin regreso cambiará por: RADIOETERNIDAD.

 

Madame Curie, llegas desde ese cementerio humilde y solitario hasta el sagrado y memorable Panteón de París, donde descansan tus restos y los de muchos genios de Francia, para revivir las palabras pronunciadas por el presidente François Mitterrand (1916-1996), que recordó que estabas ahí por “méritos propios”. Quiso desagraviarte al perverso recuerdo de los indolentes que siguieron repitiendo que eres grande por tu esposo.

 

Marie Curie, estoy soberbio, siento rabia e indignación. Tu lucha como mujer, no se trata de una batalla por espacios que se le han hurtado sin descaro a la mujer. No. Es poner en marcha para superar el desafío superior de todos los pueblos: borrar sin que quede una onza de vestigio, toda manipulación engañosa que use la palabra “mujer” para referirse a “cuota”, “porcentaje” o cualquier otro vocablo que pretenda justificar un robo milenario, al derecho de la mujer por la igualdad de su género.

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Luis De New York
5 meses hace

Dr. Leonel. Manifico articulo, lo felicito.