La frontera dominico-haitiana: materia pendiente en la seguridad nacional

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EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.

Por RIGOBERTO BELLO
Todo país que se considere libre, independiente y soberano se abroga el derecho de decidir cual tipo de personas extranjeras acepta en su territorio, eso al menos en teoría, aunque en la práctica sea un poco difícil de aplicar.
Planteado de esta manera daría la sensación de que hoy día, a pesar de las alharacas que se escuchan en los medios de comunicación, no somos ni libres, ni independientes ni soberanos, ya que todavía no hemos podido establecer como nación una política migratoria correcta que defienda de manera real los verdaderos intereses nacionales que en ocasiones peligran cuando nos gastamos autoridades que nunca ven en esas amenazas un real peligro para el país.
Es cierto, los países  que tienen un sistema migratorio ajustado a su realidad social  se desarrollan en lo económico, cultural, social, etc., pero lo hacen con reglas claras y regidos por una normativa que no da lugar a interpretaciones foráneas de como se deben hacer las cosas.
Es una verdad indiscutible que mientras muchas personas están preocupadas por lo que ocurre en nuestra frontera, instituciones llamadas ONGS, sectores de mi santa madre iglesia y otras denominaciones religiosas e incluso autoridades que están llamadas a ser los centinelas de la frontera, algunos de sus miembros se convierten sin saberlo en tontos útiles al permitir practicas que riñen con nuestras leyes y costumbres.
Los niveles de confrontación e inseguridad que se registran entre habitantes de ambas naciones a lo largo y ancho de la línea limítrofe son muchos, pero los que se llevan la peor parte son los de la parte este de la isla española, los cuales sufren a diario robos de ganados, actos vandálicos, agresiones que en ocasiones llevan al asesinato de soldados de nuestras fuerzas armadas como la reciente muerte de un capitán del ERD.
Creemos en el fortalecimiento de los lazos de amistad, desarrollo de las actividades comerciales, intercambios culturales  y deportivos, pues somos dos pueblos que a pesar de sus diferencias culturales, religiosas, idiomáticas, y su pasado de  confrontaciones bélicas deben prohijar buenas relaciones basadas en el respeto mutuo y la autodeterminación de cada pueblo.
Los modelos importados nunca han sido ni podrán ser la solución a males ancestrales. Con la sentencia 168-14 el Tribunal Constitucional sentó jurisprudencia, y muchos pensaron que sería una solución definitiva al problema, pero los miedos y titubeos a la aplicación de un reglamento tiran por el suelo las esperanzas de algunos que pensábamos que este sería un tema cerrado.
Es momento de revertir esta penosa situación de dejar abandonada nuestra frontera y de  inyectar desde el gobierno y el sector privado mayores recursos económicos que generan fuentes de trabajo dignas, recuperación de la flora, evitar la depredación de los bosques de la zona para que dejen de ser vistos como potenciales recursos para hacer carbón por parte de nuestros vecinos.
Es tirmpo de aplicar la ley con puño de hierro envuelta puño de seda, pues para ello contamos con unas fuerzas armadas que están dispuestas a realizar el trabajo siempre y cuando el poder político le permita actuar en defensa de los intereses nacionales.
De continuar actuando de manera tan timorata, en poco tiempo no tendremos soberanía para actuar en nuestro territorio. Aunque quizás se escuche un poco apocalíptico nuestro razonamiento, muchos son los países que han actuado de espaldas a sus intereses y han pagado caro el error, por lo que consideramos que aunque no estamos llamados a sembrar miedo pero sí a crear una conciencia crítica de replantear los planes y estrategias a corto mediano y largo alcance para que la frontera dominico-haitiana deje de ser una materia pendiente en el ámbito de la defensa y seguridad nacional.
jpm
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