La dimensión de Oswaldo Guayasamín

El maravilloso mundo de la plástica, de los colores y del pincel cobra vida y germina alentador como la semilla que se desarrolla hasta convertirse en una planta. Esa labor del artista viene siendo similar a la flor del aire que se para a mitad de la pradera, similar a aquel poema de Gabriela Mistral. El arte pictórico que desarrolló Oswaldo Guayasamín estuvo impregnado de una transparencia y de una sensibilidad que emocionó e impactó sutilmente la dirección de su pensamiento permitiéndole al artista expresar su técnica a través de los colores. Ya lo había expresado el afamado pintor francés Henri Mattisse: «Hay que dejar a cada color su zona para que se extienda». La viveza que caracteriza los colores en la pintura simula objetos de la realidad. Carlos Pérez-Bermúdez, diseñador de la portada del libro La loca del desván, de la escritora Susana M. Gilbert, nos confirma lo mismo cuando dice que el «color alude a otra cosa más allá de sí mismo». Por eso habría que aceptar como una realidad lo que ha quedado demostrado en la práctica que la percepción es un proceso dinámico y que por tanto cada color posee una cualidad que afecta directamente el cerebro a través de estímulos nerviosos. Desde temprana edad Guayasamín despuntaba ser un joven portentoso como artista de la plástica, con un futuro luminoso y prometedor por su dedicación y la disciplina que ya enseñaba desde muy temprano en su carrera. Esta probabilidad se hizo patética a sus 23 años cuando expuso sus dibujos por primera vez en Quito. Según las reseñas periodísticas de la época la exposición rivalizaba con la muestra presentada por la Escuela de Bellas Artes. Fue tan elocuente la obra artística de Guayasamín en ese momento que produjo un efecto formidable y un empeño enorme en Nelson Rockefeller por adquirir sus pinturas; además, la impresión provocada por la expresión artística y el carácter mismo de la obra del pintor y escultor ecuatoriano en el magnate estadounidense que éste se ofreció amablemente para ayudar a impulsar la carrera artística y asegurarle a Guayasamín un futuro promisorio. Como resultado de sus afanes por el arte, Guayasamín consigue remontar ríos, montañas y océanos y llega felizmente a los Estados Unidos pernotando en la tierra grandiosa de Bruce Neuman, Cindy Sherman, de Robert Gober y otros por espacio de dos años. Maravillado quizás por el vuelo libre de las aves migratorias reúne algunos recursos económicos y orienta su proa hacia México. Parece que este país estuvo siempre en sus sueños y en su ruta artística, semejante a la fantasía de los dioses cuyas alas le permiten volar hacia el infinito del deseo y la imaginación. No era extraño oír en el pensamiento inquieto del artista el batir de sus alas anhelantes, pues en el suelo atractivo de México se encontraría con el genio sublime de Orozco, de Sequeiro y José Guadalupe Posada, cuyos grabados iban a acentuar y a definir su arte y, sobre todo, la pintura mural. Durante su estancia en México Guayasamín adquiere conocimientos de técnica de pintura y de teoría de los colores. Estudia y observa minuciosamente los dibujos sobre cuadros de la Revolución de Orozco, cuya pintura encanta su musa, sobre todo, El hombre en la encrucijada, cuya obra es una imagen del conflicto violento entre el hombre moderno y el mundo mecanizado que lo rodea y al mismo tiempo lo esclaviza. Guayasamín cae seducido aún más por la pintura cuando va a la Universidad de México y observa en su cúpula una iconografía del hombre de Orozco haciendo énfasis en los beneficios de la educación y de la investigación científica. Conoce y entabla relación de amistad con el poeta chileno Pablo Neruda, autor del poema «Crepusculario» y de «Tentativa del hombre infinito». Sus viajes por varios países del Cono Sur lo llevan a entender que en todos ellos, Chile, Brasil, Perú, Uruguay y Argentina, la sociedad indígena continúa viviendo bajo el influjo del sistema esclavista. Este problema es motivo más que vigoroso para que en muchas de sus pinturas posteriores aparezca el tema indígena como un reclamo de desaprobación de ese cruel sistema de dominación de los pueblos originarios. Es precisamente después de haber recorrido Latinoamérica que pinta otra de sus magnificadas obras de corte social: Huacayñan, con la cual resume una serie de 103 dibujos que retratan de manera extraordinaria y expone al mundo lo que Guayasamín con legitimidad denomina «El camino del llanto». «El camino del llanto» debe asumirse como una protesta contra el sufrimiento padecido por los pueblos indígenas. Oswaldo Guayasamín pasó por un instante de dolor y de resentimiento con la muerte de su amigo de infancia, Manjarés, durante los disturbios que antecedieron al gobierno de Juan de Dios Martínez Mera, en la llamada «Guerra de los cuatro días». Resultó ser un acontecimiento tan terrible que le produjo al artista una sensación de pesar imposible de descifrar que del desconsuelo brotó la creatividad del artista y como respuesta de ese lamentable hecho de sangre plasmó en aquel lienzo de lo absoluto, de la unidad y de la inocencia, una de sus obras más famosas, que dibujó el dolor y el malestar de los desheredados de la suerte, titulada: Los niños muertos. Con esta obra de Guayasamín quedó evidente que la creatividad es la verdadera esencia de la vida. La edad de la ira es otra de sus grandes obras producida en el extranjero; significa el realismo social en la cual caricaturiza a los opresores y la violencia, lo que el hombre hace en contra del hombre. Es al mismo tiempo una obra de apreciación sobre los resultados de las guerras en el mundo. Podría afirmarse que este trabajo del artista ecuatoriano posee un gran contenido de crítica política y social. Guayasamín, de La edad de la ira, para tratar de superar la indignación que le ocasiona la guerra a su espíritu sensible, reaparece con un trabajo con enormes adherencias en lo puramente sentimental como es la obra Mientras vivo siempre te recuerdo, dedicada a su madre y a las madres del mundo. En esta magnífica obra pictórica de colores vivos como símbolo de amor y ternura, el artista emprende un vuelo íntimo en el que pretende retomar ese mundo infantil maravilloso en el cual la inocencia intenta reacoplarse de nuevo con su nave nodriza, en este caso, representada por la madre y a la vez toma a todos los hijos del mundo y nos envuelve en su obra en una especie de alegoría con la idea de regresar por un instante en su nave imaginaria al regazo de nuestras madres. Hay una obra del artista francés William Bouguereau titulada Admiración maternal, que refleja de forma patética el amor y la ternura de las madres y que Guayasamín en Mientras vivo siempre te recuerdo reverbera con tonalidades y formas de expresión artística diferentes. He querido destacar en este trabajo esta obra de Oswaldo Guayasamín, como una manera de reconocer en él su enorme sensibilidad humana que en el artista tiene un significado muy importante para percibir una realidad a través de los sentidos.

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